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no todo iban a ser flores

Los peores errores de los restaurantes en València

Hoy la cosa no va de regalaros los oídos, queridos chefs; la cosa va ir más bien de poner los puntos sobre las íes

Por | 01/02/2019 | 4 min, 42 seg

Que sí, que en esta casa somos hedonistas a más no poder (como para no serlo) y amamos la gastronomía y a sus gentes por encima de todas las cosas, pero precisamente por eso también tenemos derecho a patalear y gritar bien alto esas cosas que nos sacan de nuestras casillas.

Y es que eso que afirma Elliot de que “el camino para llegar al corazón de una mujer pasa por la puerta de un buen restaurante” yo creo que es también aplicable a uno mismo: es imposible ser feliz en un restorán si algo (o alguien) me jode la comida y es que algo que pasa, me temo, más a menudo de lo que nos gustaría. Vamos con el mambo.

Ese olor a fritanga. De verdad, es que no puedo; de todos los pecados más o menos veniales en lo que puede caer una casa de comidas, esta es con la que no trago. Mi red line coquinero. Mi 'hasta los cojones' que activa el Defcon 4 de '¡No vuelvo más, coño!' —me pasó hace no tanto en el Mercado de Colón y por eso tengo algo que deciros, queridos cocineros: haced lo que sea, pero que no tenga que llevar mi ropa a la tintorería. 

El cocinero monologuista. Yo cuando quiero que me coman la cabeza voy al psicoanalista o de visita a ver mi cuñado, pero desde luego no a un restorán —porque a un restorán voy a ser feliz, a hacer feliz a mi mujer o a quien me plazca; pero esta costumbre (especialmente en los 'gastronómicos') de que el chef de turno me relate, ¡plato a plato!, cada parte de su interminable menú, como que no. Para empezar, no es tan interesante. Y para terminar (y mucho más importante) es mi tiempo y soy yo el que decide lo que hacer con él.

La eterna espera. No puede ser (¡no puede ser!) que pasen más de cinco minutos desde que planto mi soberano culo respingón en tu casa hasta que alguien se nos acerca a preguntar si queremos algo, una cerveza, una Coca-Cola o algo: ¡pues claro que queremos algo! Que sí, que hay muchas mesas y sois pocos en sala y desde luego no es tu culpa sino del tarugo de tu jefe: pero desde luego tampoco es la mía.

El servicio; parece un lugar común pero es que qué desastre es tantas veces el servicio en València —va a ser que tenían razón los chicos de Fierro en aquella maravillosa charla: el buen servicio es la asignatura pendiente de la restauración valenciana, “es muy difícil para nosotros encontrar a gente de sala; nadie saca la cabeza por la sala, todo el mundo quieres ser cocinero. Tenemos claro que es la revolución que está por venir…”. Ojalá.

Y casi peor que el servicio antipático, el ‘colega’. Ese tipo de espécimen (más masculino, todo sea dicho; que en dárnoslas de amigos de toda la vida y hacer el gilipollas nos llevamos nosotros la palma) que te trata como si hubiésemos vuelto de parranda del Suso´s, que te magrea y te cuenta su vida y te vacila un pelín más de lo debido porque, claro, piensa que es tu bro. Y no lo eres. Ya ni os cuento si el amigo es argentino. O italiano. O italoargentino.

Servicio de sala sin puta idea de lo que hay en carta. Yo quiero pensar que si trabajas en DiverXo y tienes que memorizar doscientos platos nuevos cada dos por tres pues vale, la cosa tendría un pase; ¿pero en serio tan difícil es hacerlo con tu carta de diez entrantes, cuatros carnes y tres postres? Te aseguro (os aseguro, porque esto tiene que ver con la sala pero también con cocina: tiene que ver la comunicación interna en el restaurante) que merecerá la pena el esfuerzo, porque canta mucho el “ahora pregunto en cocina”

Ya puestos, cartas de vino sin actualizar. Pero a ver, ¿tanto cuesta imprimir un folio en blanco encartado en un separador marrón? (hacedme caso en esto punto, ante la duda: mejor un 'no diseño' que un mal diseño) ¿A que no? Basta ya tanto 'justo de ese no nos queda' o 'es que estamos a puntito de renovar la carta' y ya que nos ponemos nunca más el latiguillo fácil de “¿Seco o afrutadito?” que nunca nos lleva a ninguna parte. O peor, que nos lleva a un Verdejo perrero.

Esos restauradores que viven plácidamente instalados en el medievo. Como una suerte de diplodocus de la tecnología (“es que la tecnología no es para mí” —¿y qué es para ti, alma de cántaro?) que se resisten al cambio y prefieren morir con las botas puestas, viendo cómo se hunde el barco: pues vale. ¿Pagar con tarjeta? “Son unos ladrones los bancos”. ¿Reservar vía web? “Y una mierda, a mí me gusta que me llamen; si tienen interés, ¡llamarán!”. Pues no, colega, no llamarán.

Y con esto, creo que mejor dejo la ciudad un par de años. Besis. :)

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