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PAELLAS DE POBRES

Las paellas que se fueron

Lo que el paseo marítimo -y también la ZAL, la Copa de América y el mantel de lino- se llevó: kioscos, casas de comidas, chiringos y merenderos de paella

Por | 08/02/2019 | 4 min, 41 seg

“Entre Pinedo y La Punta, ahí había un barrio que se ha cogido el mar. Pues ahí había unas casas y había como una tienda antigua antigua. Ahí puso uno una tienda para hacer pescado frito por las noches, pescado fresco de la la lonja. Y paella al mediodía. Íbamos mi marido y yo muchas veces los domingos. Desde Castellar íbamos caminando, y a la marcheta, llegábamos”. Fina, una octogenaria jovial que coge la línea 7 para bajarse en la parada del Mercado Central, rememora un tiempo antes de que la arrocería -mantel pesado, iluminación morada, centro de mesa de plástico, la pareja de la mesa de al lado, también de plástico- acabara con el merendero.  

L’Estimat, La Pepica, Casa Carmela y otros tantos establecimientos altamente posicionados en las guías de la València must see, fueron en otros tiempos, humildes baretos. Muchos otros directamente carecían de denominación social y eran simples sombrajos a pie de playa, chabolas venidas a más en las que el olor a all i pebre ascendía hasta los techos de uralita o cañas secas. El Bobo, La Herradura y Casa Isabel -hoy en día búnkers acristalados en los que Fina entraría santiguándose y temiendo por la cartilla del banco- eran postales setenteras a todo color -saturado- de una playa urbana aún no sacudida por la fritanga.

En la Malvarrosa había muchos merenderos que han desaparecido. En Pinedo había dos, al final de la carretera, con sus paellas a fuego. También un cine, y ahora no queda . También en Nazaret, cuando tenía playa. ¡Ay! La playa de Nazaret, ahí cuando estaba de novios, queríamos irnos a vivir ahí, y guardando pela a pela, nos fuimos. De todo tenías, el mercado, la escuela, la playa… y merenderos para la paella”. El recuerdo es de María Consuelo, de malnom la Espartera, vecina durante décadas del Nazaret con playa y proyección. “El Pérez Casado (alcalde socialista de València desde 1978 hasta 1988) nos la soterró bajo las piedras. Ni paella, ni caldereta, ni ”.

La Casa Negra destroy 

Uno de los establecimientos fulminados por los cambios en la fisionomía del litoral valenciano fue la Casa Negra, el modesto restaurante situado al sur de la pedanía, a la altura de la chimenea fabril de ladrillo y la playa nudista. En su generosa terraza abierta al mar se observaba de una interesante mezcolanza de reputados cañeros, padres con su prole y algún que otro connoisseur del mejor esgarraet de la contornà.  

“Cuando salíamos de la discoteca, te hablo de los 80, cuando salíamos de Spook Factory o Torero, que era un bar de almuerzos que se convirtió en discoteca, íbamos a comer o a tomar un aperitivo a la Casa Negra. Un buen revoltijo de gente había en la Casa Negra… los que habían salido de la discoteca y los que madrugaban para ir a Spook. Mezcla entre los que iban y volvían y los que comían paella con sus familias”.  

La feligresa del DJ Juanito Torpedo, en pleno o tempora, o mores! al recordar esa época de arroces sin pretensiones y synth pop, habla de una clientela bien alimentada y en armonía: “¡Era un espectáculo! La gente estaba tranquila, cordial, con su paella, con sus tapas. ¿La paella? Pues eso, paella de pollo y conejo”.

Paella con paté

¿Eran mejores los fogones de la época pre America’s Cup? Pues de todo hay. En algunos casos, el progreso supuso que Sanidad le ganara la partida a la salmonela; en otros, que la paella se afrancesara y se alejara de la órbita potajes y platos de la huerta, dando como resultado un plato emperifollado con trozos de foie gras -que no siempre lo es-, magret a precio de pato porrón -un bichejo de color pardo en peligro de extinción- y otros ingredientes para hacer sentir al comensal subido en el Ferrari azul de Camps y Barberá.

Hay casos, como Casa Carmela o Casa Manolo en Daimús, en los que la transición de chiringo a restaurante de manual corresponde a un crecimiento virtuoso y ejemplar, pero se no suele ser lo habitual. En la mayoría de ocasiones el embuste está servido y se da por foie paté del Lidl.


La arrocería adolece de usar con libertad aquello de “experiencia  gastronómica” pero para Toni, otro usual del Mercado Central que se coló en la conversación con nuestra Fina, “la experiencia era ir al que mis hermanos y yo llamábamos La Alemana, que ni era de una alemana ni se comía especialmente bien, pero la mujer del dueño, así rubia y ya sabes… generosa de formas… esto no lo pongas, ¿eh? hacía la paella ahí casi en la arena, quiero recordar que medio en bañador, y bajo la sombra que daban cuatro palos nos poníamos finos, peleábamos en el agua por llevarnos el muslo de pollo. Esos días, la Malva era nuestra casa”.

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