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viva el amor, hedonistas

Fornicio en San Valentín

Vamos a dejar las cosas claras: San Valentín solo es un excusa para retozar y aparearse cual perrillos en celo; eso es así y hasta es bonito, así que aquí van un buen puñado de restoranes valencianos donde celebrar el amor. Y el fornicio.

Por | 08/02/2019 | 4 min, 3 seg

San Valentín de Terni fue un obispo romano al que, fiel creyente en el amor (y el cepillo, seguro) le dio por casar en secreto a jóvenes reclutas allá por el Siglo II, cosa que estaba terminantemente prohibida por obra y gracia de Claudius Aurelius Marcus Gothicus; menuda pieza sería Claudio. Total, que ajusticiaron al obispo romanticón y su cráneo se conserva dentro de una urna de cristal (a la vista de los fieles) en la Basílica de Santa Maria en Roma; como el cipote de Rasputín. La mitología pagana dice que nanai, que lo cosa no va de sotanas sino de los ritmos de la naturaleza y el emparejamiento de los pájaros. Yo qué sé.

La cuestión es que somos hijos de nuestro tiempo (¡el momentum!) y nuestro Zeitgeist emocional dice que toca celebrar el amor, echar a patadas a Sofía Suescun en Gran Hermano DUO y ponerse guapos el día catorce de febrero; enchufar los churumbeles a la yaya de turno y empotrar a la parienta, al pariente o a quien se ponga chulo, pero empotrar. Rellenar el pavo; buscar a Nemo; Waka Waka, tú eres el imán y yo soy el metal; suave, suavesito. Joder, ya me entienden. Y comprar regalos cursis (no me quiero imaginar las colas en Tous, amigos), decirnos cosas bonitas y pasar por la caja de algún restaurante cuqui en el Cap i casal. Y ahí es donde entra vuestro hedonista de cabecera, tortolitos. Exactamente ahí.

Y eso que a mí me gusta (mucho) que me pregunten porque tras cada pregunta intuyo cariño, pero como las demandas en plan “¿Dónde la llevo en San Valentín, bro?” ya rozan lo alarmante creo que es momento de plantar negro sobre blanco e iluminar vuestros titubeos gastronómicos de una vez por todas —aquí está el tete para soplaros qué y soplaros dónde. Así que marchando un puñado de restoranes valencianos donde celebrar el amor. Y el fornicio.

Restaurantes para una primera cita. ¿Primera cita en San Valentín? Sois unos valientes, qué digo valientes: esto roza el suicidio sentimental pero vamos a lo que vamos: el atardecer desde la maravillosa tercera planta de Veles i Vents, que da cobijo a La Sucursal (y ese gran maître que es Javier de Andrés, cómplice de más de una y más de dos noches romanticonas) y a una fantástica bodega donde dejarte los cuartos en champán: es que debes hacerlo, tarugo. Más cenas galantes en Nozomi bajo ese cielo regado de bellísimas flores de cerezo a modo de origami, el jardín interior de Komori y en Ricard Camarena, relucientes sus dos Estrellas en Bombas Gens. Pero qué más darán hoy.

A comer ligero que luego hay mambo. Este punto es importante; porque para qué tanto esfuerzo si luego te vas a meter veinte platos entre pecho y espalda —y caer rendido en el sofá. Era Cyrano de Bergerac quien decía que hay que vivir con panache (literalmente, “pluma”): bravura modesta, vitalidad y ligereza. Cenitas ligeras, y ácidas, en Vuelve Carolina, Ameyal, El Observatorio, Oganyo o Bouet.

Festival pantagruélico, y del amor si eso ya hablamos otro día. Yo, que soy ateo como Buñuel (gracias a Dios) siempre pensé que lo inteligente, puestos a pasar por el aro, era aprovechar este Pisuerga pasando por Valladolid y pegarme el catorce un festival excesivo y visceral: comer y beber como un pirata beodo o como un concejal de la Gürtel tras un PAI bien gordo; zapatilla de la buena en Llisa Negra, Merkato, Q´Tomás, El Poblet o Askua.

Como en casa. El arriba firmante es de los que creen que si te llaman por tu nombre al plantar un pie en el restaurante ya hay un buen trecho de placer gastronómico ganado: “Buenas tardes, Terrés; ¿lo de siempre?”. Ella (o él) caerá rendida (rendido) ante esa familiaridad, y ese afecto, y ya no serás nunca más la piltrafa que retrasa cuatro (¡cinco!) veces la alarma del iPhone por la mañanas —más bien 'the man in the room', el Russell Crowe de Arrancapins, ese Vikingo de la Malva. Ya lo sé: se me va. Pero qué fácil es sentirse como en casa en Rausell, el Gastrónomo, Saiti, La Salita o Ca Pepico.

San Valentín veggie. ¿Estáis de puta broma?

Besis.

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