EL JOVEN TURCO / OPINIÓN

Pisar el freno

20/11/2023 - 

Yo nunca he sido un observador imparcial, incluso defiendo que no es posible serlo. Siempre he visto la sociedad desde una óptica progresista, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que no haya cambiado nunca de punto de vista. Pero, aún así, cada cual tenemos nuestro esquema de valores. Y yo no voy a ocultar que creo que los míos son los correctos, porque si no lo pensara, como es lógico, tendría otros. Ni voy a ocultar que defiendo y vivo esos valores, a veces con vehemencia. Y como todo el mundo con contradicciones.

Pero, junto a mi forma de ser y pensar, siempre he tenido claro la obviedad de que mis ideas no son las únicas. Aunque eso no excluya el querer tener razón e, incluso, pretender convencer al que piensa distinto. Ni siquiera implica asumir que todas las ideas sean respetables o tengan el mismo valor. No me lo parece.

No creo aceptable, desde un punto de vista ético, pensar que el nazismo sea una ideología legítima, equiparable a cualquier otra. Solo por poner un ejemplo muy evidente para todo el mundo, menos para el portavoz de Vox en el Ayuntamiento de València. No soy un relativista de los que dicen ‘fascismo es excesivo y democracia también’.

Pero no ser un equidistante o tener un esquema de valores propio, no está reñido con militar en el respeto del que piense diferente. No está reñido con la obligación democrática de rechazar el odio. Que existe y sí, obliga a todo demócrata.

Por eso es tan grave lo que está pasando, estas últimas semanas, en nuestro país. Precisamente, por eso es tan peligrosa la actitud de los dos partidos políticos que se han apartado de su primera obligación. Del que representa a la extrema derecha y del que hasta la fecha ha representado a la derecha democrática y que, espero, sinceramente, siga haciéndolo en el futuro.

Lo es porque han decidido que estar muy en contra del nuevo Gobierno de España, de los acuerdos que se han producido para hacerlo posible, incluida la amnistía, o por la frustración de no haber alcanzado un poder que tocaban con los dedos, están facultados para dejar de respetar democráticamente al de enfrente.

Que se puede abrir la puerta a justificar, alentar o incluso a practicar ese odio.

No ha pasado de repente, ni por combustión espontanea, pero cuando parecía que la tensión era excesiva descubrimos una nueva habitación.

De hecho, de las reiteradas veces que se ha negado la legitimidad al Gobierno, pese a estar elegido por el parlamento tal y como establece la Constitución, se nutre el caldo de cultivo de que vivimos en la fase inicial de una dictadura.

De la demonización personal de la figura del presidente se llega a que una presidenta autonómica le pueda decir ‘hijo de puta’, en un arrebato que podría haber solucionado mejor pidiendo disculpas, pero del que ha decidido enorgullecerse. Incluso para decir que es lo menos que se merecía. La pregunta sería entonces, ¿qué es lo más que se merece si eso es lo menos?

Del convencimiento de que ellos son España y el resto, en el que ya se incluyen 8 partidos de 11 representados en el Congreso de los Diputados, la antiEspaña se pasa a identificar como traidores a los de enfrente.

Se llega al hostigamiento a las sedes del Partido Socialista, al señalamiento público y personal de cada uno de sus diputados y diputadas. Se ven los mensajes desde cuentas oficiales del Partido Popular en los cuáles aparecen las caras y nombres de quienes han votado a favor de la investidura. ¿Con qué objetivo?

Y de todo ello, llegan las amenazas o a la violencia que, posteriormente, se condena o se condenará. Pero ¿se puede señalar a alguien como traidor, poner su cara, su nombre, convertirlo en el blanco de cualquier descerebrado y luego lamentarse o preguntarse cómo se ha llegado a esto, si ocurre algún episodio violento? ¿Basta con ser el que condena a posteriori, cuando antes se abona, se les da relato y motivo a las actitudes violentas?

Porque claro que Miguel Tellado, vicesecretario de organización del Partido Popular, no meterá en el maletero del coche al presidente del Gobierno, aunque dijera que lo merece. Pero decirlo es dar un paso más para que cualquier descerebrado pueda llegar a pensar que, llegados a este punto, cualquier acción está justificada.

‘El que pueda que haga’. Como dijo José María Aznar.

Y en esta escalada hiperbólica en la que se lanzan frases grandilocuentes y se solemnizan discursos sobre salvar a un país de sí mismo, sobre salvarlo de lo que el mismo país ha votado, lo más difícil será frenar.

O, ¿no serán las instituciones europeas cómplices de los enemigos de España cuando en lugar de sumarse al #HelpSpain, digan que no hay ningún problema de legalidad, ni mucho menos de quiebra democrática en nuestro país? ¿No será el Tribunal Constitucional el siguiente en ver cuestionada su legitimidad si decide que la norma de amnistía cabe en nuestra carta magna?

De hecho, ¿no serán las sedes del PP las siguientes en ser territorio de protesta, cuando por ejemplo cumplan con la obligación legal de tramitar en el Senado la ley de la amnistía? ¿No les pasará como al Rey, también acusado por los más ultramontanos de traidor por cumplir con su mandato Constitucional?

¿Alguien cree que se puede mantener controlado el odio?

Si uno cree que puede hacerse valer un rato de esa rabia y apagarla cuando no le sirva, tarde o temprano acabará devorándolo. Y el PP o el espacio de derecha demócrata será el siguiente.

Yo soy consciente de que hace falta mucha valentía. De esa valentía que no consiste en ponerse del lado de la turba. Que no se necesita para estar susurrando argumentos al que te apoya, valiéndose de comportamientos antidemocráticos. De esa que se requiere para ponerse entre ellos y quien no piensa como tú, para defender su derecho y legitimidad para hacerlo.

De esa que requiere renunciar al aplauso fácil de los más hooligans y aceptar el resultado en lugar de llamar a parar un inexistente golpe de Estado.

Sé que quien pida en alto frenar asumirá el coste de ser señalado como un traidor. Será acusado de blando, cobarde o vendido, pero ¿y si nadie lo hace? ¿dónde acaba esta deriva?

Estimados adversarios del Partido Popular, entre los cuales conozco a gente estupenda, nosotros y nosotras no somos sus enemigos. Somos sus contrarios en muchos asuntos. Pensamos de forma distinta. Por supuesto. Entendemos este país de una manera diferente. Y aunque espero que en algún momento podamos ponernos de acuerdo en algunos de sus asuntos, no aspiro a convenceros de lo bueno que traerá un gobierno socialista. Respeto que no lo compartáis. Incluso me gustaría que hubiera una conversación productiva al respecto, en un momento tan complejo. Pero lo que tengo claro y creo que compartiréis la mayoría es que es mejor perder en democracia, que negar la democracia.

De hecho, no hace ni medio año que nosotros perdimos en València. Claro que creo que mi ciudad estaría mejor con otro proyecto al frente, pero no pienso que estuviera mejor si yo negara su legitimidad, les señalara y obstaculizara por todos los medios el normal funcionamiento del Ayuntamiento. Yo, al menos, no quiero un poder, ni una sociedad, que implique negar al otro e impedir la alternancia y las miradas múltiples. No quiero una ciudad solo a mi imagen y semejanza, ni quiero un país en el que sólo quepan los míos. Creo que es lógico, sano y sincero querer ganar, pero no querer vencer.

Por eso, en su propio interés y en el de todos, quien reúna la valentía necesaria que pida pisar el freno.

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