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beatriz esteban habla de la realidad que ocultan las prisiones

'Presas', la novela que se comenzó a escribir en una cárcel

Foto: KIKE TABERNER
29/04/2019 - 

VALÈNCIA “No vayas a la cárcel, hay gente peligrosa”, le dijeron. “Y fuera también”, respondió ella. Beatriz Esteban (València, 1997) es escritora y acaba de publicar su tercera novela, Presas (Nocturna Ediciones, 2019), tras Seré Frágil (Planeta, 2017) y Aunque llueva fuego (La Galera, 2018). En ella se aproxima al mundo de las reclusas comunes a partir de su experiencia como voluntaria en la cárcel de Picasent. Una vivencia que le cambió y le enseñó a mirar el mundo sin prejuicios de ningún tipo. Porque la realidad de las presas comunes tiene muy poco que ver con los clichés, es más difusa e inasible. Algo de lo que dan fe proyectos como el de Impresas de Pilar Almenar.

El caso de Esteban es peculiar por su precocidad. Con sólo 19 años, esta estudiante de Psicología eligió dedicar sus vacaciones de verano a acompañar y escuchar a los internos de la cárcel de Picassent, una de las prisiones más grandes y conflictivas de España. Pero frente a la inquietud general de su entorno y conocidos, ella descubrió que la realidad es menos inquietante cuando se la mira de frente. “El miedo me duró lo que tardé en ponerles cara [a los presos]. Es curioso cómo cuándo dejas de hablar de presos y delincuentes como un grupo y empiezas a llamarles por su nombre, cuando conoces sus vidas y su dolor, la historia que te cuentas a ti mismo sobre la cárcel también cambia”.

Presas es una novela en la que, como en anteriores trabajos, Esteban parte de sus experiencias y emociones y las vuelca sobre personajes de ficción, en este caso una voluntaria (Leire) y una presa (Azahara) —“presa en todos los sentidos de la palabra”, puntualiza— que se encuentran entre rejas. Además de tener su edad y estudiar Psicología como ella, Leire, el personaje de la voluntaria, parece en ocasiones representar la voz de la autora. “Quería dejar de contar presos y empezar a ver personas; pero no dejaba de sentirme culpable”, reflexiona en un momento de la novela este personaje. 

Pero lejos de jugar con la metaficción, Esteban ha apostado por distanciarse y así revela que el personaje central está inspirado en una compañera de voluntariado, “un pequeño homenaje”. Algo que no es óbice para que admita que las dos tienen en común muchas cosas. Por ejemplo: “Las dos compartimos todo el proceso de cambio que uno vive cuando se conoce la realidad dentro de las cárceles”, explica. “Escuchamos las noticias, vemos las caras de los delincuentes, pero olvidamos que, muchas veces, esos rostros son menos del 10% de la población carcelaria. Y el resto está ahí. En unas condiciones que preferimos no ver para que no nos molesten. Con niños. Con drogas. Sin esperanza, sin recursos”, enumera. 

“Es muy difícil separar la persona del delito”

“Conocer la realidad que ocultan las cárceles no es una experiencia fácil”, prosigue. “No es algo a lo que puedas acercarte con la mente cerrada, o tendrás que estar preparado para que todos los cimientos en los que te apoyabas al juzgar a esas personas se derrumben. Leire y yo vivimos las dos el dilema de querer amar y servir con caridad, dejando los prejuicios atrás, y sentir el dolor que había detrás de cada preso… y de sus víctimas. Es muy difícil separar la persona del delito. Y la realidad a la que nos enfrentábamos todos los voluntarios era la de poner la humanidad por delante de la violencia, creer en la persona más allá de su pasado”.

Por eso se decidió por aquel voluntariado: porque, dice, no faltará gente para ayudar a quien más lo necesita, a los pobres, a los enfermos, “pero cuando esos pobres y esos enfermos están entre rejas la historia cambia”, dice. “Es mucho más fácil dar la espalda a quien crees que no merece tu ayuda. La experiencia de voluntariado en la cárcel es un golpe de humanidad y humildad”, sentencia. “Por una vez, no quería ser la persona que les diera la espalda”, señala poco después.

Para entender todo lo que estaba viviendo no le fue suficiente con volver a casa y contarle a su familia todo lo que había visto. Ella sintió que tenía que darle voz a aquellos rostros anónimos y a todas las historias olvidadas, y unirlas todas ellas en Presas, donde están cosidas en torno a siete narradores. “Quise hablar de ellos, pero no pude dar nombres, quise hablar de sus historias, pero no quería creerlas. Porque esperaba encontrarme a asesinos, violadores y psicópatas en las cárceles. Y, aunque los haya, no pude olvidar la otra cara de la moneda”, señala, esos otros reclusos, esas otras presas.

“Quise que el mundo conociera a aquella mujer que habla con tu voz pero no tiene libertad, a otra que canta como si se le desgarrara el alma”, explica Esteban. “Quise plantarlos a todos frente a la concertina, sólo a unos metros de una pared pintada con motivos infantiles, y hacerles ver a todas esas mujeres con sus bebés en brazos. A madres cuyo único consuelo es encontrarse a sus hijos fuera algún día. Hombres con su familia a kilómetros. Dolor, culpa, ganas de volver a creer en sí mismos, de ser otra persona y de limpiar la sangre en sus manos. Sonrisas tímidas, miradas desconfiadas. Metadona y tabaco de liar. Cárceles dentro de la cárcel bajo el nombre de enfermerías. Conveniencia. Miedo. Esperanza. Fe”.

La prisión no puede ser una venganza

Esteban es consciente de que vivió “la cara más amable de la cárcel”. Ello no es óbice para que se percatara de cómo el mundo se conformaba con abandonar a aquellas personas, “porque tirarlas a la basura estaría mal visto, porque creer en ellos era un esfuerzo que no merecían”. “Fueron castigados con una privación de la libertad, pero el problema empieza cuando nos damos cuentas de la cárcel les ha arrebatado mucho más”, apunta. Sin olvidar que los internos han dejado daño detrás, han causado dolor a otros, “la solución”, dice, “nunca será tratar la pena de prisión como una venganza social”.  

 “Esa fue la otra razón por la que quise escribir Presas: necesitaba que la gente abriera los ojos a un problema que muchas veces pensamos que no nos incumbe. Cuando vemos que el sistema falla, que los delincuentes vuelven a delinquir, que los delitos aumentan, creemos que la solución es todavía más brutalidad, todavía más aislamiento y un castigo mayor. Y con ello sólo conseguimos un efecto rebote: quien entra en la cárcel, sale peor. Porque saldrá, y esa es la parte que a muchos se nos olvida”, dice.

“La cárcel está llena de luces y sombras“, asegura. Fue por eso que organizó la novela en torno a todas las cosas que quería explorar, lo bueno y lo malo, lo claro y lo oscuro. Los personajes fueron surgiendo como arquetipos de aquellos que vio durante su experiencia de voluntariado, igual que las tramas que se desarrollan que están basadas en muchos casos, insiste, en historias reales que han ocurrido en presidios de todo el país. Y eso es importante porque es lo que verdaderamente conmociona, lo que hace que la emoción traspase la piel. Como dice la propia Esteban: “En Presas la línea entre la realidad y la ficción es muy fina. Eso siempre asustará más que las personas que encontré entre rejas”.

“Quizás, el primer paso para quitarnos la venda de los ojos es empezar a escuchar a los propios presos”, apunta, “apartar por un momento la vista del delito y empezar a preguntarnos qué podemos hacer para que los presos se sientan personas, no basura. Porque son personas que volverán a la sociedad. Personas que lo han perdido todo. En la cárcel nada es blanco o negro; cada uno cuenta su historia desde lo que conoce, desde lo que ha vivido. Nuestro papel no es juzgar, ellos ya han sido juzgados, es escuchar”, explica. Algo que hizo ella cuando le miró al abismo a los ojos y, tras ello, como dice el personaje de Leire, escribió “la historia que no quería olvidar”.

Foto: KIKE TABERNER

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