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agosto en la ciudad

Un verano hedonista

Pensat i fet, l´esmorzaret y mi recurso vital favorito del Mediterráneo: el meninfotisme, el noble arte de no mirar a nadie por encima del hombro y esta manera de entender el mundo entre la despreocupación y el dejar las cosas pasar. Yo cada día lo veo más inteligente.

Por | 26/07/2019 | 3 min, 40 seg

Así que van un puñado de razones para defender lo nuestro y trazar la ruta de un verano que será inolvidable porque todos lo son, porque es responsabilidad tuya (y de nadie más) ser plenamente consciente de tanta suerte que tenemos en este punto exacto del planeta: hay luz, hay huerta, hay mar, hay presente. La alcachofitas a la plancha con sal gorda del bar Richard, las bravas de Ricardo y unas clotxinas en Taska La Reina; los libros de saldo en Railowsky y el cine de verano de la Filmoteca (Blade Runner) o la Rambleta ('La ventana indiscreta’ en pantalla grande). Clotxinas y un cine de verano, eso es la vida.

El pulpo a feira de Tino y Letizia en el Marvi, el Podcast de ‘Las Entendidas’ (en Plaza Radio) y esa pedazo de obra maestra que se acaba de sacar de la manga Manuel Jabois: Mala Herba, perfecto para las tardes de verano porque la arena (casi siempre) es cómplice de la nostalgia y el libro es un monumento a la nostalgia. Ópera Prima de Fernando Trueba, la brascada del Aquarium, los conciertos al aire libre de la Berklee College of Music y el salpicón de centollo en ese monumento al hedonismo que es Llisa Negra de Quique Dacosta.

El pollo karaage en Hikari, las cocochas de merluza y guisante lágrima en Napicol (y los jueves de verano, además, con música en directo en esa maravillosa terraza interior en plena huerta del Barrio de Roca en Meliana) y un pisco sour, que es puro verano, en Oganyo. Las albóndigas de Chimi-Curry en Doña Petrona, la pasta fresca de Mario Tarroni en L´Alquimista y los arroces perfectos de Goya Gallery en ese maravilloso espacio equidistante entre la Ruzafa hipster y la burguesía secular de Cánovas.


Hay que volver (bueno, lo suyo es no haberse ido nunca) a El Cabanyal-El Canyamelar porque el verano es más verano cerca dels poblats martítims: El vermú de La Paca, las bravas en Casa Montaña y el pollo cajún de los chicos de Fumiferro; el morro con anguila ahumada y frutos secos en Anyora (y los vinos naturales de Nicola Sacchetta, también), los atardeceres que se intuyen en Mercabanyal, el arroz amb fesols i naps de La Aldeana 1927 o la pelota de puchero en Sofoko Food. El Cabanyal es presente y liturgia. L’ Esmorzaret de La Pascuala, la titaina de atún de Ca La Mar o la paella perfecta de Toni Novo en Casa Carmela, refugio totémico y perfecto de aquella València de Manuel Vicent: “Por la tarde nos fuimos paseando hasta el final de la playa. (…) Pasando la línea de los chalets al final de la playa estaba Casa Carmela junto a una villa pompeyana que era del escritor Blasco Ibáñez. Bajo el cañizo de Casa Carmela sirviéndose de una silla de enea como caballete Julieta comenzó a pintar y juntos tomamos unos caracoles de mar y mejillones”. Es exactamente la mía.

Los libros de viajes de la editorial Círculo de Tiza (Constantinopla, Egipto, Japón o Cuba) y esa mirada hacia el descubrimiento entre el asombro y la literatura: “ten siempre a Itaca en tu mente / llegar allí es tu destino / mas no apresures nunca el viaje” (Kavafis). El arte en la ciudad; Fernand Léger, Jean Dubuffet y el Equipo Crónica en el IVAM: “todos los artistas llevan la impronta de su tiempo”, escribió Matisse en 1908 al tiempo que estallaba la luz de Sorolla en las mejores pinacotecas del mundo, por eso hay que volver siempre a Sorolla y este verano es un fabuloso momento para hacerlo gracias a ‘El inicio de la pintura moderna en España: Joaquín Sorolla y su tiempo’ en el Museo De Bellas Artes San Pío V. La piscina natural de La Marina y la consciencia de que este verano será como todos los veranos: nuestro.

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