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Fierro

Germán Carrizo y Carito Lourenço

Era sábado, y era una cena de amigos; era València, pero podría ser Nueva York. Un restaurante en formato íntimo, con música suave, risas fuertes y tintineo de copas. Fierro se paladea de otra manera si estás rodeado de rostros familiares, porque la vivencia se transforma en un juego de miradas cómplices.

La charla se despega de la formalidad para abrazarse a Carito Lourenço y Germán Carizo, mientras los platos marcan los ritmos: un bouchot como ola que empapa la mesa, una chirivía que cada temporada afina sus posibilidades, una espuma de cebolla que es una reconciliación con la infancia. El menú se mueve cómodo entre bocados informales y pequeños, por más que termine en rape y pato. El comensal acepta el reto de descubrir los ingredientes guiado por los maestros de ceremonias, que le recompensan con la perfección de los postres. Este Fierro —que ha tenido que transformar su mesa única por esta pandemia mundial, pero ojalá vuelva pronto— cada vez es más argentino y tiene un carácter más peculiar.

Algunos no terminan de entenderlo y otros lo aman descarnadamente, pero así es como funcionan nuestros corazones. Nosotros solo fuimos otra de tantas historias que habrá escuchado esa mesa.


¿Qué puedo encontrar?

  • Vinos

  • Creativa

  • Fusión

¿Qué pido?

Crema aérea de sopa de cebolla