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el algoritmo es el mensaje / OPINIÓN

No disparen al milenial

6/12/2021 - 

Ridley Scott celebra en estos días su 84 cumpleaños con dos películas en las carteleras de medio mundo (El último duelo y La Casa Gucci). Él es uno de los últimos titanes del cine, ese arte del siglo XX, capaz de producir un relato carísimo (la película) para ser visto sin interrupciones y de manera colectiva (la sala) y convencernos de que esa mirada (la de un hombre blanco cuya lengua materna es la inglesa) es 'la mirada universal'. Hoy se parece más a la de El juego del calamar, suena en coreano y esto es algo que el publicista que a los 40 cambió de oficio, el creador de Alien, Blade Runner o Thelma & Louise no lleva nada bien.

El sistema de oferta y demanda en el cine funcionaba a su medida, según Scott, hasta que empezamos a relacionarnos con "esos malditos teléfonos móviles". El antiguo paradigma de la comunicación entre artista y espectador (quizá productor y quizá consumidor), ha acabado por irse a la mierda con la hegemonía comercial de una generación –la que domina la demanda–  "cinematográficamente perdida": la de los milenials, ese oscuro objeto de deseo como público objetivo, en edad de gastar e influir, y a quien disparar en caso de no responder a los estudios de mercado y test screens de los productores ejecutivos.

"No es casual la necesidad de guarecerse y encontrar oxígeno creativo en espacios virtuales (YouTube, TikTok, Twitch), lugares no ideados por quienes necesitan sostener su sistema pese a la gran decepción que les ocasionamos"

Este es el caso que nos concierne: una de esas dos últimas pelis de la factoría Scott, El último duelo, ha costado más de 100 millones de dólares y ha recaudado poco más de 30 en taquilla. Por supuesto, la culpa de este rotundo fracaso comercial es de los milenial, en quienes se ha confiado en exceso, dice el director. Los nombres de Matt Damon, Adam Driver, Jodie Comer o Ben Affleck no han sido suficientes para destapar la inquietud masiva y global capaz de rentabilizar semejante inversión. De la peli y de la interpretación de los malos resultados por parte de Scott escribió hace unos días Elena Neira en El Periódico, así que aportemos algo abandonándonos a la estéril batalla generacional:

Adscribir la responsabilidad de una debacle cinematográfica a una generación es absurdo. Que un estrato global tan heterogéneo sea quien cargue con el fin de lo establecido es una forma de interpretar otros problemas. Sorprende la falta de empatía de un narrador capaz de incorporarnos ideas profundas a través del entretenimiento (American Gangster, The Martian, Gladiator) cuando no es esta generación la que ha diseñado el tablero de juego donde él se recrea; son nuestros antecesores y es el devenir tecnológico y del sistema el que ha pintado ese paisaje de incertidumbre para los titanes como Scott. Y, sin venir a cuento, no es casual la necesidad de guarecerse y encontrar oxígeno creativo en espacios virtuales (YouTube, TikTok, Twitch), lugares no ideados por quienes necesitan sostener su sistema pese a la gran decepción que les ocasionamos.

La creación artística es aquello que, en tiempos de los padres de Ridley Scott y hoy, nos salva de ser fútiles y da cierto sentido a nuestras excentricidades morales dentro del reino animal. Milenials, patricias romanas o bolcheviques rusos, nuestra necesidad de trascender a través de relatos es ancestral y funciona de igual manera en una cueva pintarrajeada por sapiens o en uno de "esos malditos teléfonos móviles". Por eso el atrincheramiento generacional no es la respuesta y sí lo es una de las que dio Rodrigo Cortes –visiblemente vareado por la suma de jornadas de promoción de la película El amor en su lugar, también en cartelera– al compañero David Martos en el 7:52 del siguiente video:

"Hay un periodo que no habíamos vivido antes de banalización de la imagen. Hay tal sobreoferta, tal sobreconsumo también, tal acceso a tal cantidad de historias diarias que el cuerpo de alguna manera no respeta tanto lo que ve: lo banaliza. Le da la sensación de que tiene que elegir algo, uno de esos rectángulos en forma de tapiz que aparecen en cualquier plataforma, y... como ya no hay liturgia, porque no tomas una decisión, no te tomas una molestia, no accedes a un sitio desplazándote, no te encierras en una capilla que apaga el mundo durante dos horas, hay algo que, incluso en lo sensorial, el cuerpo no respeta del todo porque no deja marca y empieza a borrarse del buffer salvo que aquello sea verdaderamente bueno en el mismo instante que los créditos empiezan a desfilar".

"nuestros antepasados vivieron vidas mucho más difíciles, pero mucho menos complicadas"

Lxs milenial no solo banalizamos la imagen por sobreexposición, sino que, a la vez que sobrevivimos a una lluvia constante de impactos, hacemos de la lectura de un libro, una comida en pareja o la escucha de un podcast un añadido más en la constante exhibición de nuestra productividad. Banalizamos todo lo que hacemos, culturas mediante. Lo hacemos bajo presión, obligados a encontrar siempre un mejor yo, porque tuvimos todas las oportunidades, porque, aunque no hayamos elegido esta bulimia de historias, aunque estemos "cinematográficamente perdidos", se espera mucho de de nosotros.

Esta maldita bendición de una oferta de ficciones y no-ficciones de la que no poder escaparse, ni mucho menos quejarse, tiene algo de contrapeso en el trabajo de la periodista Anne Helen Petersen. Dos años después de su artículo viral Cómo los millennials se han convertido en la generación quemada, ha extendido ese análisis en No puedo (Capitán Swing, 2021) donde argumenta cómo estar saturados, además de provocar una banalización que ya nos gustaría no estar haciendo, resulta ser una condena irremediable. Este ensayo periodístico, eso sí, nos permite reconocernos y encajar mejor cuando un demiurgo de la talla de Ridley Scott nos acusa de no estar a la altura.

Soportamos una carga generacional mal decodificada: nuestros antepasados vivieron vidas mucho más difíciles, pero mucho menos complicadas. La distancia entre un concepto y otro es algo que nuestra formación básica nos permite distinguir. Que la vida en convivencia con las redes es agotadora, que el trabajo se ha precarizado hasta límites inimaginables hace 20 o 40 años, que el ocio ha desaparecido porque nuestro tiempo libre también forma parte de nuestro curriculum social y laboral: ¿tenemos derecho a decirlo mientras cumplimos las expectativas como público objetivo que se marcó Walt Disney Pictures para El último duelo?

El milenial vive atrapado en el entusiasmo como modo de vida (Remedios Zafra). Lejos de las guerras y el hambre, no se queja de esta camisa de mil varas donde la meritocracia no pinta nada: "nos hemos dado cuenta de que no importa cuán duro trabajes y si has seguido el camino que debías, las cosas pueden cambiar muy rápido y serás reemplazado a no ser que provengas de una familia muy rica y poderosa. Puedes haber ido a los mejores colegios, habértelo currado muchísimo, conseguir un empleo y trabajar duro, pero eso no te garantiza éxito o estabilidad". Y ni digamos para quienes no se cruzaron con alguna de las variables del privilegio en su camino.

Scott ha estrenado en poco más de un año una serie elefantiásica para HBO (Raised by Wolves) y dos películas para los cines de medio mundo. A sus 84 años, este es el ritmo que nos propone. Habría que preguntarle con qué cadencia espera que digiramos las no menos de 15 películas que llegan a nuestros cines cada fin de semana, las otras decenas que nos arrastran plataformas o qué hacer con las discografías completas a un solo click en Spotify o Amazon Music. Habría que preguntarle cómo estar a la altura de todo esto y de todo lo anterior a la vez, porque su debut (a los 40) en el cine, bien merece la pena durante hora y media. ¿Cómo lo hacemos suficientemente bien para cumplir con las expectativas de aquellos que han construido este tablero de juego en salas de cine, suscripciones mensuales y un chorro de propuestas de proporciones bíblicas sin ánimo de amaine?

Los milenials somos la franja comercialmente más deseable (por nuestra capacidad de gastar y perder tiempo en contarlo), pero también somos los que escribimos tuits que los abuelos como Scott deberían leer:

 “Los baby boomers hicieron eso de dejar un solo trozo de papel higiénico en el rollo y fingir que no les tocaba cambiarlo, pero con toda una sociedad”. 

@eugeniovinas

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