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Desierto de Erg Chebbi, el Marruecos mágico

La N-13, que podría ser la Ruta 66 de Marruecos, discurre por un paisaje apocalíptico que finaliza en el Sáhara, con sus altas dunas anaranjadas y sus noches mágicas

13/07/2021 - 

VALÈNCIA.- La idea de estar sobre las dunas del desierto bajo un cielo estrellado y sin rastro de civilización era algo que me atraía desde hacía tiempo así que cuando decidí viajar a Marruecos marqué el desierto de Erg Chebbi como uno de los lugares imprescindibles a los que ir. El otro fue Chefchaouen, ciudad desde la que parto en mi aventura al desierto. Un encaje de bolillos que me lleva a conducir 635 kilómetros para cumplir con ese sueño viajero que no sé si me decepcionará. 

Un viaje que me lleva a tiempos en los que aquí se hablaba latín. Entonces, esta zona del norte se llamaba Mauritania Tingitana y era una de las muchas provincias del Imperio romano. Aquí se alzaba la ciudad de Volubilis, hoy una de las mejores ruinas romanas del norte de África. Tanto es así que, desde la carretera, diviso sus columnas, que marcan lo que hasta hace 1.800 años era la Decumanus Maximus, la vía principal que atravesaba Volubilis. En la entrada me ofrecen la posibilidad de realizar la visita guiada en español y la contrato sin dudarlo (cuesta unos 70 dirhams, unos 6,5 euros). A través de las palabras del guía viajo al año 42 después de Cristo, cuando la ciudad fue anexionada al Imperio romano y aquí vivían más de 20.000 personas. Mohamed —en un perfecto español— me cuenta que Volubilis formó parte del Imperio romano hasta finales del siglo III, cuando los romanos abandonaron la ciudad. Entonces quedó habitada por tribus bereberes e incluso fue el refugio de Moulay Idriss, considerado el padre de Marruecos, en el año 789 en su huida de Siria. Pero a partir del siglo XVIII sufrió múltiples saqueos para construir los palacios de Meknes y el terremoto de Lisboa de 1755 derrumbó gran parte de los edificios.

 

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La ciudad romana de África más fácil de ver

Mohamed me cuenta la historia dejando silencios, lo que me permite disfrutar en paz del sitio, paseando entre sus ruinas y dejando volar la imaginación. Así, esas piedras se convierten en la gran avenida que fue, con casas a los lados y grandes mosaicos, como el que representa al dios Orfeo tocando el arpa rodeado de animales. Unos pasos más y estoy en el centro de la ciudad. Lo sé porque aquí están las termas, con varias salas de baño, vestuarios, salas de ejercicio, letrinas… Es increíble cómo idearon esos sistemas de canales subterráneos para calentar el agua y disfrutar de unas sesiones de spa placenteras. Espera, ¿qué es eso? ¿Puede ser verdad? Sí, Mohamed me sonríe y me dice que no estoy delirando, que es una figura muy sugerente que marca el lupanar...

* Lea el artículo íntegramente en el número 81 (julio 2021) de la revista Plaza

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