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plato de la semana

Las bravas de Amparín

En la periferia de Valencia hay una taberna auténtica donde se rinde culto a la patata melosa desde hace 40 años

Por | 20/04/2018 | 2 min, 37 seg

Dice Vicent Molins que Amparín es siempre trinchera. Una taberna de extrarradio como ya no quedan, que cumple con la tradición del letrero cutre en la puerta y los azulejos (verdes) en las paredes, además de cajas amontonadas a los lados y botellas vacías en las estanterías. La carta está compuesta por las cuatro cosas que se ven en la vitrina de la barra: sepia rebozada, morro, carracoles, magro con tomate, habas, ensaladilla rusa y boquerones (fritos o en vinagre, ambos para subir al cielo). Pero si hay un motivo para peregrinar hasta la calle Joaquín Navarro, perdida entre La Creu Coberta y L’Hort de Senabre, son sin dudas sus bravas. Con posición de honor entre las mejores de València. 

“Seguimos la receta de mi madre, Amparo, que se pasó 40 años preparándolas”, desvela Raúl Checa. Sin trampa ni cartón. Las patatas se pelan y se fríen al momento, se revuelcan en salsa de tomate caliente y mayonesa con un poco de ajo, se sirven bien pringosas y disfrutonas en un platillo que rebosa. Dan para plato de la semana, y si nos ponemos del año. Son gloria junto al vermú casero durante el aperitivo y la pre-cena (el local abre de 8.30 a 15.30 y de 17.30 a 22.30, avisado estás), pero también hay quien las encarga para llevar. Cada semana gastan entre 125 y 150 kilos de patata, que se dice pronto.

Si te acerca el plato a la mesa Julián, el octagenario fundador del bar, parece que todavía está más bueno. Aunque lleva tiempo jubilado, no hay quien lo saque del negocio que impulsó hace 47 años junto a su mujer, y en cuyo interior todavía permanece la casa familiar. El matrimonio empezó vendiendo licores y vinos, más tarde aceite y encurtidos, para acabar despachando menús y tapas. Desde que se encuentra al frente Raúl, en ocasiones ayudado por sus hermanos, prima lo último, con las recetas de siempre y en el local de toda la vida. “No quiero tocar ni una coma, sería un sacrilegio”, precisa.

Alejado de la new wave tabernaria, resiste en el bastión que le ha visto crecer. “Montar un negocio moderno es algo que ni me planteó. ¿Para qué voy a ampliar? No me interesa irme del barrio ni hacerme rico. Quizá el local necesite alguna mejora, pero a la vez me da pena, porque es muy característico”, admite. La autenticidad sirve como reclamo para peregrinos de otras partes de la ciudad, que se suman a los clientes habituales del barrio. “Llevo aquí 40 años, así que he visto pasar por la bodega a novios, que luego han sido matrimonios y que han traído a sus hijos, hasta en algunos casos a sus nietos”, relata. Para ellos, y para tantos otros, las bravas de Taberna Amparín son “las bravas de su infancia”.

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