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en sus propias palabras

Mavi Mestre: Filla de llauradors

Cómo la hija de unos agricultores de Oliva ha logrado convertirse en la primera mujer rectora en la historia de la Universitat de València. Una trayectoria contada en primera persona

18/04/2018 - 

VALÈNCIA.-Mi madre siempre me decía: «Estudia, filla, estudia, que el que tu apendràs no t'ho podrà llevar ningú». En casa continuamente era el mensaje. «El que tu sàpies ningú t'ho arrabassarà. El millor que pots fer en aquesta vida és estudiar». Mis padres siempre me apoyaron. Él era un trabajador del campo. Ella también iba al almacén de naranja y era ama de casa. Los dos me trasladaron la importancia de educarse, de saber. Esa frase de mi madre, siempre la recuerdo: «El que tu aprengues mai ningú t'ho podrà llevar. Estudia perquè si no hauràs de dedicar-te al camp com nosaltres».

Nosotros vivíamos en el barrio más antiguo y humilde de Oliva, el de Sant Roc, justo en la falda de la montaña de Santa Anna, que da nombre también a la escuela pública. Antes [Mavi Mestre nació en 1956] las cosas eran muy diferentes. Hasta lo que era el ingreso tú ibas aprendiendo a leer y a escribir. No estaban tan regladas las edades de escolarización. Si empecé a estudiar a los tres años fue porque vivíamos en la misma calle en la que estaba la escuela. Entonces las casas de pueblo estaban abiertas de par en par todo el día. Yo salía a la calle y me sentaba con mi sillita y veía pasar a las maestras. Una de ellas me dijo: «¿Quieres venir a la escuela?». Y le dije que sí. 

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En mi casa solo hablábamos en valenciano y las maestras, que la mayoría eran de Castilla, solo podían darnos clases en castellano. Todos los libros eran en castellano. Para poder estudiar me veía obligada a traducir mis apuntes. No estoy traumatizada por ello, pero sé en primera persona de la importancia de que cada uno pueda estudiar en su lengua. 

Tengo muy buen recuerdo de aquella época, de jugar en la explanada de la montaña tras las clases. También de aquella primera maestra. Se llamaba Doña Asunción y era de Valladolid. Antes de ir a clase me recogía y después de clase me dejaba en casa. Tengo una foto de ella un día que me dieron un diploma escolar, a principios de los años 60. Fue la primera pero hubo muchas.

Aquellas maestras me ayudaron a seguir estudiando. Oliva no tenía instituto público y solo contábamos con un colegio de monjas carmelitas. Las maestras fueron a ver a mis padres y les dijeron que debía seguir estudiando. Que era una pena que lo dejara con nueve años. Así que me gestionaron una beca del Ayuntamiento para poder estudiar en el colegio de las monjitas. En cuanto construyeron el instituto Gregori Mayans fui allí a estudiar los últimos años del bachiller elemental, el superior y el COU. 

Si pude estudiar en la Universidad fue precisamente por otra beca. Obtuve la beca salario y vine a València. Cuando me hablan de las becas, de la bajada de tasas, sé también de lo que me hablan. Es necesario. No podemos permitirnos como sociedad, como Universidad pública, que posibles estudiantes no puedan llegar a la Universidad por falta de recursos económicos. Tienes que dar esa oportunidad. No todo el mundo quiere venir a la Universidad, pero si alguien quiere estudiar, la falta de ingresos no puede ser una traba. Siempre seré una defensora de la bajada de tasas y del incremento de becas. Gracias a una beca yo fui universitaria.

Al principio dudé entre Historia y Psicología. En Oliva tenía de vecino al catedrático Antonio Mestre, gran especialista en Gregorio Mayans. Mestre, con el que no me une ningún lazo familiar, me animó a estudiar Historia. «Has sacado buenas notas. Lo harás bien». Pero entonces nos llegó la noticia de que se habían puesto en marcha unos estudios de Psicología. Se llamaban Filosofía, Ciencias de la Educación y Psicología. Aquella era una época en la que la psicología era filosófica, psicoanalítica. De hecho a Freud lo habíamos dado en Filosofía.

«La conciliación es uno de mis objetivos como rectora. Quiero que la gente pueda desarrollarse sin tener que sacrificar su vida personal»

Me matriculé en las dos, pero a lo largo del curso me di cuenta de que me gustaba más la segunda. Era un salto a lo desconocido, un reto, algo nuevo. Lo que nos atraía, y creo que sigue atrayendo a los estudiantes actuales de Psicología, era la posibilidad de conocer a las personas, su forma de comportarse, qué influye en su actitud, cómo se puede intervenir socialmente... Ese interés por la gente es lo que me animó.

Mi primer año de estudios fue en 1973, cuando vivimos el calendario juliano. Fue una idea de un ministro de Educación, Julio Rodríguez Martínez, quien decidió cambiar el calendario académico universitario para que los cursos fueran de enero a diciembre. Las clases comenzaban después de Reyes y las vacaciones llegaban en septiembre. Eso retrasó mi entrada en la Universidad a enero, con las ganas que tenía yo de venir, así que me tuve que pasar tres meses más en Oliva esperando. Para hacer tiempo fui a aprender a coser con la que sería mi suegra, pero no me gustó nada.

Ese año le abrieron expediente en la Universitat a mi marido, entonces novio. En total se abrieron 300 expedientes en todo el país. Se les aplicó un artículo de un reglamento franquista por el que se les podía expulsar de las clases si perturbaban, habían perturbado o se pensaba que podían perturbar el orden universitario. Mi marido no había hecho nada, así que imaginamos que se le acusaba porque pensaban que podría perturbar. No pudo volver a las aulas, solo acudir a los exámenes, y hubo profesores que se negaron a corregirle los exámenes porque no acudía a las clases.

Aquellos fueron años difíciles. Recuerdo las huelgas que se montaban, a los grises correr por Blasco Ibáñez... Más de una vez al salir de clase me encontré una manifestación y después a los grises corriendo detrás de los manifestantes, y me tuve que refugiar en la primera aula de la primera facultad que me encontraba. No tenías más remedio que esconderte. No era nada agradable sentirse perseguido por estudiar. Eso lo he vivido: ir por Blasco Ibáñez, ver a la Policía venir y tener que esconderte en una clase con otros estudiantes. Y estar ahí todos diciéndonos: «Bueno, a ver si vienen a por nosotros».

A nivel personal, desde el principio noté cierta displicencia cuando hablaba en valenciano; en la capital se te veía como la de pueblo. Tuve que vencer el techo de cristal de mis orígenes humildes, después el de ser una persona de un medio rural y por último el de ser mujer. Llegar a la Universidad en mis condiciones familiares y económicas fue complicado, pero logré poder vivir en València y acabar mis estudios. 

En la Universidad encontré lo que buscaba. Tuve suerte. Helio Carpintero y María Victoria del Barrio, marido y mujer, me ayudaron desde el principio. Carpintero me dirigió la tesis y Del Barrio, ya en segundo curso, me introdujo en un estudio sobre cómo el estrés podía provocar infartos. Estamos hablando de finales de los años 70. Fue entonces cuando me convencí de que la Psicología era lo mío. Íbamos al Hospital General y visitábamos a enfermos que habían tenido infartos para entrevistarles, evaluando su personalidad, sus variables emocionales... 

Allí tuve una enseñanza muy importante. Uno de los entrevistados era un pastor de ovejas. Recuerdo que le dije: «Pero bueno, que profesión más relajada. Seguro que usted no tiene ningún tipo de estrés, todo el día paseando con las ovejas». Y él me respondió, no me olvidaré nunca: «Ay, señorita, qué cosas me está diciendo. Yo estoy muy estresado todo el día. Usted sabe lo que es que desde que saco las ovejas, hasta que las devuelvo, tengo que ir todo el día contándolas y mirando de que no se me pierda ninguna. Imagínese si es estresante mi trabajo». Fue entonces cuando comprendí perfectamente la subjetividad del estrés. Ahí aprendí algunas lecciones prácticas de Psicología.

Mi primer curso de docencia fue hace cuarenta años. En 1981 defendí mi tesis doctoral y al año siguiente tuve mi primera hija, Pau. Ya en 1986 conseguí la titularidad. Concilié, algo que me parece fundamental. La conciliación es uno de mis objetivos como rectora. Quiero que la gente pueda desarrollarse sin tener que sacrificar su vida personal.

Cierto es que en la Universidad es más fácil pero tienes que tener también quien te ayude. Sin mi marido no habría llegado adonde estoy. Él siempre se mostró muy predispuesto a encargarse de todo. Por ejemplo, con mi hija pequeña, Anna, con la que pasamos una etapa difícil por una enfermedad crónica, me planteé dejar el decanato por la dedicación que implicaba tener que cuidarla. Y él me dijo: «De ninguna manera; tú no te lo dejes». 

Eso me permitió centrarme en mi carrera. Desde que fui titular hasta que pasé a ser catedrática pasó más de una década. En aquella época las promociones eran contadas. No había cátedras todos los años, ni mucho menos, y había mucha competencia. Me presenté a catedrática en el año 2000. No fue fácil. En la convocatoria en la que obtuve la cátedra se presentaron cinco candidatos. Entonces no podías confiar en que en dos años volviera a salir una plaza. 

Cuando echo la vista atrás no he visto una estrategia a largo plazo en mi vida, sino siempre a medio plazo. Así es como he funcionado y como quiero funcionar ahora en la Universidad. He sido una persona de marcarse objetivos factibles, buscando los apoyos necesarios en mi entorno. Me gusta plantearme pequeños retos que voy consiguiendo. Cuando tenía veinte años no pensé en ser rectora o ser decana, por ejemplo; me planifiqué primero estudiar, y es lo que hice, rendí hasta el máximo de lo que podía. 

Ya catedrática, me ofrecieron desde la Facultad ser vicedecana, y al año siguiente se celebraron elecciones. En aquel momento no lo había pensado. Hasta entonces me había dedicado a la crianza de mis hijas, a la docencia y a la investigación. No me había ocupado de la organización de la Universidad. Era entonces rector Paco Tomás y me plantearon la posibilidad de que me presentara a decana. Cuando comprobé que tenía los apoyos suficientes, decidí dar el paso y fui la primera mujer decana de la Facultad de Psicología.

Como decana tuve que dirimir si nos íbamos a Tarongers o nos quedábamos en Blasco Ibáñez. Nos propusieron o rehabilitar o un edificio nuevo. Aunque era más costoso, optamos por rehabilitar y no por empezar de cero. Nos obligaba a coordinarnos con el calendario de los estudios y tuvimos que diseñar todo un plan director de renovación del edificio que incluía la introducción de laboratorios. No era solo que había más estudiantes, sino que también la propia Psicología ha cambiado y ahora tiene nuevas exigencias. De aquel trabajo es que ahora tengamos hasta una clínica psicológica que se inauguró este año pasado. Esa decisión me describe muy bien: entre derribarlo todo y restaurar lo que hay, prefiero lo segundo. 

«La crisis vino acompañada por la imposibilidad de incorporar al mercado laboral a los egresados. No me lo tienen que contar. Mi hija está en Australia trabajando»

Recién reelegida decana, Paco Tomás me llamó por teléfono un día y me convocó en su despacho. Me ofreció que fuera con él como vicerrectora de Estudios. Mi primera respuesta fue pensar que estaba muy bien como decana. Él me insistió. Me habló de Bolonia, del reto de cambiar los planes de estudio, y yo oí la palabra mágica: reto. Y me dije: «bueno». Mi marido sostiene que soy muy fácil de convencer si hay un reto de por medio. Me incorporé a su equipo en 2006 y nos pusimos a la tarea. En el curso 2009-2010 ya implantamos los primeros títulos de grado. 

Con él perfeccioné mi forma de trabajar. Como me gusta hacer, creé un grupo de trabajo para tener muchas voces. En ese grupo de trabajo estaba por ejemplo Isabel Vázquez [actual vicerrectora de Estudios y Política Lingüística y mano derecha de Mestre]. Soy una persona que escucha. Esa es una de mis cualidades. Confío en mí misma, en mi capacidad, pero no me importa dejarme llevar si me guía alguien que sabe. Parto de la idea de que no se puede saber de todo. Hago lo que puedo y asumo solo aquello para lo que pienso que estoy capacitada, y si no busco los apoyos para conseguirlo.

Cuando Esteban [Morcillo] me pidió que fuera con él no lo dudé porque siempre hemos tenido una muy buena relación. Tuvimos que enfrentarnos a la implantación de los nuevos estudios sin medios. Cuando empezábamos a ponerlos en marcha, en abril de 2012, fecha maldita, llegó el 'decreto Wert'. Subida de tasas, incremento de la docencia del profesorado, la tasa de reposición... que es lo peor que le puede pasar a una Universidad, al no poder reponer plantilla, y eso justo cuando estás en plena implantación de los grados. ¿Qué querían que hiciéramos? ¿Que recortásemos con númerus clausus? ¿Que recortásemos clases? Pero vamos a ver, que somos una universidad pública. 

Mi último reto ha sido romper el techo de cristal para ser rectora. Empecé a pensar en presentarme antes de verano de 2017 y lo hablé con Esteban. Se lo dije a él. Esteban me había dado cada vez más responsabilidades. Estaba en Estudios y me pidió que asumiera Ordenación Académica. Y después me pidió que me encargara de Sostenibilidad. Al principio siempre me resistía, pero después lo he agradecido porque cada experiencia me ha aportado mucho. Con Sostenibilidad, por ejemplo, aprendí dos aspectos muy importantes: la incidencia en la salud del cuidado del medio ambiente, las Universidades saludables, y la prevención de riesgos laborales y riesgos psicosociales. Soy de prevenir los problemas; si los tienes, los debes resolver, pero si los previenes ahorras en todo y ganas emocionalmente.

Con la confianza que tengo con él, se lo comenté aquí en su despacho, un día, mientras tratábamos otras cosas. Era pronto para tomar la decisión, había que preparar el inicio del curso, tenía que poner en marcha el programa de estabilización del profesorado que ha supuesto organizar 315 concursos... Hasta que no estuvo todo el trabajo terminado no me decidí a presentarme. 

Durante la campaña electoral he tenido la sensación de que nos han acusado [al equipo de Morcillo] del mal que sufríamos. Si hemos llegado a esta situación de falta de medios en la Universidad ha sido porque un ministerio nos sacó un decreto con toda una serie de limitaciones. Todas las Universidades públicas hemos tenido esa losa encima. Una crisis que además ha venido acompañada por la imposibilidad de incorporar al mercado laboral a los egresados, que han tenido que emigrar. Nadie me lo tiene que contar. Mi hija se ha tenido que ir a Australia para poder trabajar como ingeniera. Prefiero a mi hija feliz, lejos de mí, que a mi lado y amargada.  

*Este artículo se publicó originalmente en el número 42 (V/18) de la revista Plaza

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