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crítica de concierto

Orquesta del Mozarteum en el Palau: corrección sin entusiasmo

En otras dos ocasiones, como mínimo, ha dirigido Leopold Hager en el Palau de la Música. La primera, en 1992, al frente de la English Chamber Orchestra. La segunda, en 2003, con la Orquesta de Valencia. Y esta vez con la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo, su ciudad natal. Pero la impresión, en términos generales, no ha variado demasiado

28/04/2018 - 

VALÈNCIA. A pesar de su brillante currículo como director, muy centrado, aunque sin exclusividad, en el repertorio de la Primera Escuela de Viena, no ha despertado en ninguna de sus visitas grandes entusiasmos, aunque su labor siempre ha sido valorada como correcta. No podía ser menos tratándose de una batuta que ha estudiado, precisamente, en el Mozarteum, y que llegó a ser director principal de la orquesta de esta institución. Se ha puesto también al frente de las Filarmónicas de Viena y de Berlín, orquestas del Covent Garden, Nacional de Praga, Deutsche Oper Berlin, Metropolitan de Nueva York o Freiburg/Breisgau, entre otras. 

La Orquesta del Mozarteum, ni qué decir tiene, cuenta asimismo con una larguísima historia donde se compagina el clasicismo vienés con autores contemporáneos, y participa en el famoso festival salzburgués. El programa que traían esta vez a València incluía la Segunda Sinfonía de Beethoven, el motete Exultate, jubilate y la Misa de la Coronación, ambos de Mozart. Para el primero contaban con la soprano Claire de Sévigné, que también actuó como solista en la Misa, junto a Valentina Stadler (mezzosoprano), Maciaj Kwaśnikowski (tenor) y George Humphreys (bajo). Actuó también en esta obra la formación coral “El León de Oro”, que desarrolla su actividad, sobre todo, en el norte de España.

Foto: EVA RIPOLL

La Segunda de Beethoven es, probablemente, la menos programada del ciclo sinfónico del compositor, a pesar de su interés. Siempre se destaca en ella la coda del primer movimiento, realmente novedosa. Pero no lo es menos, aunque de otra manera, el segundo. Como señalaba Gonzalo Badenes, este Larghetto “viene a ser como una última mirada al mundo galante de los divertimenti mozartianos”. Mirada melancólica y serena al tiempo, de una sencillez olímpica, tan radical como profunda, con la cuerda y los vientos funcionando muchas veces a modo de pregunta-respuesta. También es muy seductor el carácter misterioso que cobra –y no sólo en el Adagio inicial- el primer movimiento, que no se privará luego, sin embargo, de enérgicas pinceladas de acentos típicamente beethovenianos. Y encantadores resultan, asimismo, la picardía del Scherzo y el colorido tímbrico del Allegro final. 

Esta sinfonía no tuvo, en la lectura de Hager con la Orquesta del Mozarteum, la calidad sonora que se esperaba de tales intérpretes, especialmente en el movimiento inicial. Las trompas se escucharon ácidas, y el ajuste en los comienzos de frase, aun siendo bueno, no tenía la perfección que exige una textura musical tan transparente como ésta. La versión, por otra parte, resultó algo desvaída y hasta rutinaria.

Las cosas cambiaron mucho en el Larghetto. Cuerda y vientos mimaron en extremo la delicada música que tenían en las manos, y Hager compaginó a la perfección expresión y sutileza. Tanto aquí como en el Scherzo se brindaron unos reguladores perfectos, y, cuando tocaba, un pianissimo modélico. Del último Allegro cabría destacar los incisivos contrastes tímbricos y dinámicos, así como las diversas intervenciones solistas, aunque los cobres, al final, volvieron a decepcionar en cuanto a sonoridad.

Foto: EVA RIPOLL

Tras el descanso llegó Mozart, con dos obras religiosas que, como siempre, plantean la cuestión de la sinceridad del compositor en tal temática. Aunque, en realidad, la pregunta debería ser otra. ¿Por qué Bach emociona al oyente más agnóstico con su Pasión según San Mateo (por citar el ejemplo más sublime) y Mozart, sin embargo, gusta pero no emociona en este campo? Estos interrogantes nos llevarían demasiado lejos, y no podrían resolverse en cuatro líneas. Porque tampoco la respuesta es uniforme. Mozart tiene partituras de corte religioso –la música masónica, pero no sólo la música masónica- que conmueven al oyente  hasta el fondo. También lo hace, por ejemplo, el muy católico Laudate Dominum, de las Vesperae solennes de confessore,  que nos deja absolutamente colgados (“prendidos”, en castellano más clásico) del mensaje mozartiano. Se llega con estos pentagramas, y por la vía directa, al paraíso, terrenal o celestial, según las creencias preferidas de cada uno.

 No es el caso de la Misa de la Coronación, con todas sus bellezas. Mozart, un profesional hasta el fin de sus días, le dio el carácter ceremonial que le convenía, estuviera destinada a la coronación tradicional de la Virgen en la iglesia, próxima a Salzburgo, de María Plain. o -como parece actualmente- a la de Leopoldo II. Se trata, en cualquier caso, de  música con una instrumentación brillante y una factura que se acoplaba sin problemas a lo uno y a lo otro.

Foto: EVA RIPOLL

Los cuatro solistas se colocaron a la derecha del escenario, sobre una pequeña tarima cuya ubicación favorecía la proyección de las voces. Ya en el Kyrie, la voz de la soprano sonó con algo más de cuerpo que en el motete anterior. El coro, a pesar de ciertas brusquedades y de un empaste problemático entre las cuerdas, lució una entrega, un ajuste y una afinación importantes. Pero, sobre todo, exhibió un buen gusto y un intento de aproximación a la obra -aun sin grandes sutilezas- que deberían hacer reflexionar a muchos profesionales. También fue así en el Gloria y en el resto de números donde intervenía. A destacar sus prestaciones en el Benedictus, donde, por el contrario, el tenor prometedor del Kyrie, quedó sepultado por la orquesta. La mezzo y el bajo cumplieron, mejor aquélla que éste, en el cuarteto solista. 

La soprano tiene en esta obra un papel hegemónico. Dio la talla en el Agnus Dei, cantado con gusto y expresión, pero la voz resultó pequeña para el cometido encomendado, sobre todo en los extremos del registro. Sin embargo, estuvo más firme y con mayor entidad vocal que en el Exultate, jubilate precedente, del que cabría salvar el intencionado fraseo del recitativo, y, de alguna forma, la fluidez en las agilidades.   

Foto: EVA RIPOLL 

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