Buen producto

Pilsener

Manolo Haro

Lo mío con la casa de Manolo Haro y su hijo Manolo (que anda ya prácticamente al mando) ha sido una historia de amor cocinada a fuego lento, poc a poc. Nada de fuegos artificiales ni epatar por epatar: una casa honesta en la que se come fabulosamente bien —en pocas casas manejan un producto así— y una sala que rinde tributo al comensal. Unos mimbres, quizá, no sorprendentes pero, desde luego, convincentes.


En confianza: Manolo (padre) sigue al pie del cañón en la cocina y es su hijo quien anda al mando de la sala (y del negocio, más pronto que tarde). Aquí lo suyo es encomendarse al fuera de carta y a los caprichos del mar: gamba roja, cocochas, carabineros, espardeñas…


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Angulas, por Dios santo