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Jaime Martín: "Lo que cuento en 'Jamás tendré 20 años' es duro, pero lo que me callo es peor"

Premio al mejor cómic en el Salón de Barcelona 2017 y el Carlos Giménez del Heroes Comic Con Madrid, con Jamás tendré 20 años el catalán Jaime Martín ha demostrado su gran momento profesional. Ahora trabaja en la última entrega de la trilogía que empezó con Las guerras silenciosas

26/02/2018 - 

VALÈNCIA.—Aunque lleva más de un año en las librerías, Jamás tendré 20 años sigue de actualidad. Con este libro, que también fue un éxito en Francia, Jaime Martí (Barcelona, 1966) ha alcanzado un nivel creativo que lo convierte en uno de los autores del momento. Mientras prepara la tercera entrega sobre la historia de su familia —que verá la luz en 2019— visitó Heroes Comic Con València y habló con CulturPlaza sobre esta historia de derrotados que, como escribió El Roto, son invencibles.  

— ¿Cómo nace Jamás tendré 20 años?

— Siempre he sabido que, tarde o temprano, escribiría la historia de mis abuelos y que lo haría en forma de cómic. Lo tengo claro desde que empecé en El Víbora, allá a finales de los 80. Pero también tenía claro que quería hacerlo y que tenía que esperar a contar con una experiencia que no tenía. Con eso en la cabeza un día decidí que la historia de mi padre, que también me interesaba, sería más fácil y así salió en 2014 Las guerras silenciosas, sobre su estancia en Ifni en los 60, durante la guerra contra Marruecos. Quede bastante satisfecho con el resultado, así que decidí que era el momento de hacer Jamás tendré 20 años.

— ¿Y porqué centrarte tanto en tu abuela?

— Porque su historia es fascinante. No sabía leer y sacó a la familia adelante. Mi abuelo era la fuerza bruta —de hecho fue boxeador— y ella el cerebro.

— ¿Cómo fue la tarea de hurgar en la vida de tu familia y recuperar episodios tan personales?

— Fue duro en general, no solo por mi familia. A veces me iba a la cama hecho polvo después de documentarme sobre la Guerra Civil o lo que pasó en la posguerra. Pero por lo que respecta a mi familia, la historia de mi abuela la conocíamos todos, nos la había contado muchas veces. De mi abuelo, en cambio, sabíamos mucho menos porque de la Guerra Civil solo contaba cuatro anécdotas. Así que empecé a preguntar a mis tías y gente próxima y un día mi hermano me dice que tiene una cinta con una entrevista que le hizo a mi abuelo sobre la Guerra Civil, y que se había pasado cuatro horas hablando con él. Me quedé de piedra.

— Supongo que eso es parte de lo que da tanta ‘verdad’ a tu historia.

— Sí, lo que pasa es que la cinta estaba incompleta. Mi hermano fue con una cassette de 90 minutos y, poco a poco, mi abuelo le iba contando cosas. Pero llegó un momento que tuvo volver a grabar la cara A y una parte se perdió. Suerte que se acordaba de lo que le había contado y esos recuerdos se salvaron.

—La historia de tu abuelo es casi secundaria ¿Por qué con ese material?

— En parte porque ya tenía claro el papel de mi abuela y en parte porque lo que guardaba mi abuelo en su memoria da para un cómic por sí solo que no creo que llegue a hacer. Me dicen que lo que cuento es muy duro pero lo que me callo es peor. Cuenta cosas de una crueldad que no te puedes ni imaginar, parecería que me las estoy inventando. Una anécdota: en la zona nacional, cuando los falangistas dejaron de dar los paseos y la Guardia Civil se hizo cargo de la represión fue un alivio porque aunque también te mataban, la Guardia Civil te fusilaba y apuntaba a matar, pero los falangistas disparaban en el estómago para que la agonía fuera más lenta y más dolorosa.

— Desde luego, su historia da para otro cómic

— Sí, puede ser, pero aquí me interesaba más las posguerra que la guerra. Lo que es cierto es que una guerra da para mucho, es una tragedia, pero con tintes surrealistas, como que un miliciano esté medio muerto de hambre y le mate una pata de jamón que lanzan desde un avión. Pasan cosas que no te las crees.

— Es curioso lo que cuentas de que se perdió una cara del cassette de la entrevista de tu abuelo. Me recuerda a cuando tienen que quemar todas las cartas y todas las fotos. A los perdedores de la Guerra Civil les quitaron hasta los recuerdos.

— Sí, eso es muy importante y tiene que ver con el título. No sólo mi abuela se quedó sin juventud porque la guerra le impidió vivirla, es que hasta tuvieron que deshacerse de los recuerdos de esos años. Aunque mis abuelos eran pobres, el barrio en el que vivían la gente era directamente miserable, no tenían nada, lo que les convertía en los más ricos de los pobres. La policía secreta y la Guardia Civil lo sabía y de vez en cuando pasaban para ver qué hacían y registrar, así que se tuvieron que deshacer de todos los recuerdos, hasta del papel moneda de la república que conservaban. En realidad, a lo que iban era a extorsionarles y a quitarles algo de lo poco que tenían, pero casi se llevaron su identidad.

— En ese sentido, tu libro es un poco ajuste de cuentas. La portada, por ejemplo.

— Sí, es de una foto que se hizo mi abuela de joven y que tuvo que quemar, así que la reconstruí en mi cabeza y la convertí en la portada. Pero no es solo el problema de recuperar el pasado, es mucho más. La historia de mi abuela huyendo y que descubre a sus amigos, sobre todo a Rosa, asesinados me la había contado muchas veces. Pero cuando la escribí y tuve que ponerle palabras a mi abuela se me salió una lágrima. El recuerdo no es la anécdota, es el significado.

— Y rebuscar en tu pasado también te ayudó a conocer a tu abuelo.

— Sí, como cuento en el cómic, a mi abuelo lo iban a fusilar y se salvó porque uno de los del pelotón de ejecución, aficionado al boxeo, lo reconoce y le deja marchar. Ese episodio sucede en un descampado que estaba a unos 500 metros de donde vivió hasta que se murió. Allí se construyó un centro de salud durante la Transición pero a mi abuelo nunca le gustó ir al médico. Lo veíamos como normal, porque siempre fue un tipo raro, de hecho lo llamábamos el boig. Pues la historia completa es que a sus compañeros los mataron de un tiro en la barriga y que el descampado estaba al lado de un sitio donde iban las mujeres a cocinar animales muertos para hacer abono. El olor era nauseabundo. Esas trabajadoras entraban a las seis de la mañana y les tenían prohibido hablar con los moribundos, darles agua, ayudarles… ¿Cómo no iba a estar medio loco? Por eso creo que recuperar esa época nos ayudará a comprender muchas cosas de lo que pasó después.

— Y, por supuesto, supongo que aprendiste cosas sobre tu abuela.

— Claro. La anécdota del principio es cierta. Estábamos rodando mis primos y yo una película en superocho de guerra, en la que hay un momento que unos fusilan a otros. Ella se puso a llorar y mi abuelo se enfadó mucho. Entonces no entendimos nada, pero con el tiempo aquella historia me pareció genial para empezar el relato ¿qué había detrás de esas lágrimas?

— A veces has contado que quieres hacer una tercera parte, contar tu juventud para poder retratar cómo fue ese periodo de la vida de tres generaciones. ¿Cómo va el proyecto?

— Muy avanzado, ya tengo acabado el story board. Será la historia de un grupo de jóvenes en los años 80 en un barrio de Barcelona, tiene puntos en común con la época de Sangre de barrio y Los primos del parque, pero con diferencias. El principal problema que he tenido es que Las guerras silenciosas y Jamás tendré 20 años tienen contextos muy potentes y esta nueva entrega no. Pero en realidad, es que fueron épocas muy distintas.

— ¿Te centrarás en los 80 o llegará hasta hoy?

— Empieza en el año 75, con la muerte de Franco y llega más o menos hasta 2015.

— Vamos, hasta su resurrección.

— [Risas]. No lo había pensado pero sí. Es la historia de mis amigos y de aquella época y de lo que hemos acabado siendo y cómo ha evolucionado la sociedad… o cómo se ha degradado.

— Estoy seguro de que tú, como yo, no te drogabas pero tus amigos sí. ¿Será como Los primos… o se disimulará para adecuarse a esta época de lo políticamente correcto?

— [Risas] Sí, se nota que a ti también te pasó, siempre eran los otros. Pero no, no hay nada de qué avergonzarse, las cosas fueron como fueron. Lo que sí pasa es que he hablado con mis amigos, porque algunos tienen hijos, y no sé que les va a parecer verse inflándose a porros y rayas, aunque hay dos que me han dicho que ponga sus nombres, que les da igual. Pero también en el grupo éramos ocho, y también no caben en una viñeta así que lo he reducido a cuatro personajes. Al final puede que cambie los nombres, pero la historia es la que fue. Es verdad que si a veces le pones ‘salsa’ la historia es mejor, más comercial, pero eso no me interesa. Quiero contar lo que fue y lo he hablado con Dupuis, mi editorial, y me han dicho que adelante, que no me corte y que haga lo que tenga que hacer.

— ¿Tendrá un final feliz? Tampoco te ha ido tan mal.

— El final, si te digo la verdad, siempre me importa poco. Yo lo que quiero es una historia que me absorba y que me haga olvidar mi realidad, como me pasaba cuando me inflaba a porros porque no quería ver lo que tenía a mi alrededor. Yo quería hacer una buena historia y no hace falta que sean fuegos artificiales.

— La verdad es que, visto lo visto, el panorama tampoco da para muchas alegrías. No sé cuánto se ponen los primos del parque de hoy, pero lo tienen bastante negro.

— Sí, uno de mis amigos se murió en la cadena de montaje, le dio un infarto. El problema ya no es solo la falta de trabajo, sino cómo se ha ido degradando. Somos una generación que pensábamos que íbamos a vivir mejor que nuestros padres y no siempre fue así. Pero ahora tienen claro que van a vivir mucho peor. Sin expectativas, ¿qué haces?

— El otro día tuvieron que ser los pensionistas los que salieron a protestar, mientras los jóvenes estaban tuiteando su apoyo desde casa, y la gente como yo mirando para otro lado. Curioso, ¿no?

 — Me parece alucinante y lo peor es que no sé quien está equivocado. Los mayores tuvieron que luchar, han sido el colchón de la crisis, y sigue peleando para que sus hijos y sus nietos tengan un mundo mejor. Tengo un amigo sociólogo que dice que lo que pasa es que los jóvenes saben que no pueden cambiar nada, ni por las buenas ni por la malas. Igual están en lo cierto y no vale la pena luchar. Solo espero que no.

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