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reflexionando en frío / OPINIÓN

Los países catalanes no existen

11/10/2022 - 

Estoy hasta las narices de todo lo que tiene que ver con el secesionismo catalán, su fanatismo, y sus ansias supremacistas de ver la estelada en cualquier lugar de España. Me cansa que consideren a la Comunidad Valenciana, Aragón y Baleares parte de su reino distópico inspirado en las historias de Tolkien y R.R Martin. Los países catalanes no existen. Y no hace falta que 50.000 personas firmen un manifiesto para que la historia sea la que es y deje el anhelo de una nación catalana trasfronteriza en una húmeda ensoñación. Memoria que no puede escapar de la verdad pese a que muchos pongan todos sus esfuerzos en manipular el legado.

Cuando se cumplen cinco años de la performance de la declaración de independencia decretada por Carles Puigdemont, el independentismo está más muerto que nunca. Algo previsible si tenemos en cuenta que su supervivencia dependía de nutrir el falso relato de que Cataluña podía emanciparse. Era todo mentira. Hasta pesos pesados del secesionismo como Joan Tardá reconocieron que la desconexión no era posible al no contar con una mayoría social que la secundase. Renqueante, las constantes vitales del catalanismo rancio dependen de un sistema educativo sectario y de la exageración activista de parte del constitucionalismo. Es de traca que el Estado central no tengan ningún tipo de competencia arbitraria con la que intervenir en las aulas para evitar la manipulación de nuestra historia y garantizar que se aprenda el castellano como obligación constitucional; debe existir un mecanismo intervencionista sin hacer uso del artículo 155 de la Constitución. Es surrealista que el Gobierno de un país no tenga poder de decisión en su propio territorio.

No me creo ciertas cosas que cuentan las malas lenguas sobre lo que pasa en Cataluña. Me cuesta imaginar que como dijo Pablo Casado -lo que le hicieron a él sí que fue un golpe de estado y no lo del 1 de octubre- los profesores no dejen ir al baño a los alumnos si no lo piden en catalán.  Suena a intereses ocultos para revitalizar la industria de los pañales. Fuera bromas; me parecería una escena sacada de la serie The Office. El caganer se llama el episodio. El independentismo se aprovecha de estas exageraciones del constitucionalismo para seguir amargando la vida de los catalanes. 

Adoctrinados y narcotizados su fanatismo se nutre de esas ocurrencias y manipulaciones. Hipérboles con pizcas de victimismo que impiden que todos esos soñadores de una República Catalana se caigan de la cama y despierten del letargo. Hace unas semanas a una allegada, influyente activista constitucionalista, le pisaron en el Cercanías en Barcelona por llevar una bandera de España. Le hicieron entrevistas para varios medios nacionales y en todas decía haber sido atacada; al escribirla para preguntarle por su estado, me reconoció que no había sido una agresión. Es decir, me confesó implícitamente que estaba exagerando. Craso error. Hannah Arendt ya advirtió de la peligrosidad de la banalización del mal y de la dulcificación que sufren los verdaderos pecados cuando se simplifica la tiranía. Si un pisotón es una agresión, una paliza es un magnicidio. Aquellos que quieren derrotar a la mentira no lo harán con más engaños, sino con la verdad y la honestidad.

Ocurre lo mismo con estos que se empeñan en ver en Compromís y Joan Baldoví a unos independentistas enfermizos primos de Quim Torra. Tengo un buen amigo diputado de las Cortes Valencianas que muchas veces se refiere a la gente de la cuadrilla de Mónica Oltra como ‘indepes’. Si me apuras ignorantes de su propia historia, pero equipararlos a los iluminados que hay en Cataluña es pasarse de frenada. En la era de polarización el crear un frentismo con el que piensa diferente es garantía de cosechar votos. En contraste con el paniagüadismo del PSC; PP, Vox y Cs buscan seguir sacando rédito de un conflicto que existió precisamente porque se hizo demasiado caso a los deseos de unos. Quizá, cuando se establezca la justicia educativa, será hora de no hacer ni caso a los fantasmas secesionistas. Pasarán, su proyecto caducará y los catalanes les echarán cuando la miseria en Cataluña sea más grande que las esteladas. 

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