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15/06/2018

Yo me casé por culpa de un bar

Experiencias

Como para no amar los bares

Por | 15/06/2018 | 2 min, 18 seg

Era un domingo más de abril, abril del año pasado. La tontería de la mañana, la luz (esta luz) y las ganas de barra nos llevaron hasta, basta de intrigas, la maravillosa barra color caoba de Casa Montaña en pleno Cabanyal-Canyameral; 182 años custodian estas maderas, que se dice pronto.

Era domingo y algunos domingos andamos el camino de vuelta hasta el corazón de la València marinera en busca de sus anchoas de Santoña, sus habas estofadas y un par de copas de Jerez. Aquel día hablamos de la belleza de aquel texto de Anthony Bourdain (el cocinero fallecido hace tan solo unos días, ahorcado en el hotel Le Chambard de Alsacia) acerca de los viajes —acerca de viajar: “Travel changes you. As you move through this life and this world you change things slightly, you leave marks behind, however small. And in return, life - and travel - leaves marks on you. Most of the time, those marks - on your body or on your heart - are beautiful”. Yo ahora pienso lo mismo sobre el amor.

Tras la segunda manzanilla pasada de Juan Piñero llegaron las alcachofas y las clóchinas de temporada, y hablamos también de una de sus mejores amigas; se casaba un poco por sorpresa al otro lado del mundo sin más compañía que su (futuro) marido y entonces sucedió eso que pasa tan pocas veces. La certeza. La pregunta transformada en respuesta: ¿por qué no? 

La verdad: habían pasado pocos días de su '', pero la boda era todavía un constructo lejano y difuso. Sabíamos que llegaría, pero no cuándo ni (mucho más importante) cómo. El cómo surgió aquel domingo frente a las barricas eternas de Emiliano García: sería en Menorca y serían trece personas, gastronomía local, vinos para la memoria y no más reglas que las nuestras. 

Es una cosa bonita que tienen tantos bares y restaurantes y casi cualquier casa de comidas honesta: que pasan cosas. Pasan cosas porque tras ellas hay personas que curran con las manos pero también con el corazón; pasan cosas porque allí es más fácil desnudarse y dejar la mierda tras persiana. Porque en torno a un mesa la vida es más intensa y más lúcida, y es más factible entender aquello que escribió Borges, que no hay día en el que no podamos pasar al menos unos instantes en el paraíso. El mío lo fue aquel domingo. Y este, también.

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