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el callejero

Juan está preparado para el apocalipsis

Foto: KIKE TABERNER
1/05/2022 - 

VALÈNCIA. Juan Ferrer ve improbable que suceda un apocalipsis zombi en València, pero dice que improbable no es imposible. "A ver, yo creo que no, pero yo qué sé...".  Juan es soldado del Ejército y 'prepper' y viste con botas militares y una gorra de camuflaje. Juan tiene una mujer y una niña de cinco años y le gusta salir al monte con ellas para que se vayan familiarizando con el material que guarda en un par de mochilas por si un día pasa algo grave y tienen que salir de casa escopetados. 

Es lo que hacen lo 'preppers', aunque él asegura que un 'prepper' simplemente es una persona previsora. Y él debe serlo, pues llega al parque de la Rambleta, en San Marcelino, con dos mochilas y media hora de adelanto. Una es la que usa a diario y contiene algunas cosas que le pueden resultar útiles. La otra la lleva en el maletero del coche por si les asalta una urgencia y no les da tiempo a pasar por casa. Y con lo que lleva en esta, podría sobrevivir algunos días en mitad del monte o atrapado en una carretera.

Juan no es un chalado, solo un tipo previsor. Entre los preparacionistas hay de todo, gente normal que le gusta eso, estar preparada, y tipos que se hacen un búnker y que no te dicen dónde viven porque piensan que si sucede una catástrofe irás a su casa a arrebatarle su kit de supervivencia. El cine ha hecho mucho daño. O no y quizá un día estalle la central nuclear de Cofrentes y yo salga corriendo hacia Patraix en busca de las mochilas de Juan Ferrer.

Este 'prepper' valenciano tiene 34 años y lleva desde los 18 con el uniforme. Casi siempre en el Regimiento de Caballería Lusitania nº 8, que hunde sus raíces hasta principios del siglo XVIII. El hijo de un tornero que quería ser informático porque lo asociaba a los videojuegos y que acabó dejándolo porque se dio cuenta que era algo mucho más tedioso. Su madre, hija de militar, le sugirió que igual podía encontrar su sitio en el Ejército. Y se alistó.

De joven se dejó obnubilar por la literatura fantástica, los videojuegos y las películas de zombis, y ya de adulto, cuando se extendió el virus del ébola, en 2014, habló con su mujer y decidieron que valía la pena tener una pequeña despensa llena de comida que tardara en caducar, productos básicos como agua, leche en polvo, arroz... "Cosas que te permiten estar un tiempo sin salir de casa. ¿Y si de sopetón no podemos salir? Teníamos un cuartito en la cocina y lo llenamos". 

Da la sensación de que Juan siente más curiosidad que miedo, y por eso le gusta aprender a hacer fuego, primeros auxilios, descender por una cuerda... Además tiene un puntito friki que le hace interesarse por todo tipo de material apto para el preparacionismo, que es un mundo. Y luego está su colección de cuchillos. "Sí, me gustan mucho; sobre todo, la cuchillería española, y me voy comprando".

Mochilas llenas de material

La mochila grande, la que lleva en su vehículo, un viejo Seat Ibiza que lleva 21 años levantando polvo, es la que se recomienda en los grupos preppers y que se conoce como mochila de 72 horas; es decir, una bolsa con material para sobrevivir durante tres días. "Aunque hay muchos que la quieren cargar tanto que la hacen inviable. Yo llevo esta, pero si pasara algo dedicaría un tiempo a hacerme una específica", reflexiona Juan, que empezó a adquirir conocimiento cuando descubrió Preppers España, un grupo de preparacionistas fundado por Samuel

"Me ha enseñado muchísimas cosas y encima me presentó a mucha gente en mi provincia con la que vas adquiriendo nuevas habilidades. Un sanitario te enseña conocimientos más avanzados de primeros auxilios; otro chico que es electricista te da unas nociones sobre su oficio; otro trabaja en seguridad para trabajos verticales y con él aprendes a escalar un poco...". 

Las mochilas llevan, pegadas con velcro, unas etiquetas. En la de su hija, Sara, pone 'Pelusita' y en la suya, 'Mura de Bambú'. Es el nombre de su cuenta de Instagram -centrada en el preparacionismo- porque ya se sabe que lo que no sale en Instagram, no existe. "Llevo también un dibujo con una planta de bambú por todas partes. Es por mi mujer, que lo lleva tatuado en el tobillo y nos parece que es una forma de estar conectados". Su esposa se llama Paula, es pastelera y trabaja en una cafetería. A ella le vuelven loca los ponis de 'My Little Pony' y su cuenta de Instagram es Misuky.

En la mochila está todo ordenado por estuches o dentro de bolsillos, de donde saca un silbato que advierte que es de los más potentes. Le pido que lo sople y se resiste. No le gusta llamar la atención. Pero al final accede y suena un pitido que cruza el parque de punta a punta. Y después, utensilios prácticos como una bolsa, un vaso plegable, pastillas (paracetamol, ibuprofeno y algo más), bolsas de basura, mudas para la niña... Aunque la niña tiene su propio material, que acarrea él, y que es todo de color rosa: una linterna, walki tolkie, prismáticos... 

De otro estuche sale un pequeño botiquín con vendas, pomada para quemaduras, unas tijeras, calmante para picaduras, pegamento para las heridas... Y aún hay más cosas: una batería externa, cables, una toallita, una linterna diminuta, pinzas, imperdibles, una navaja, un mechero soplete, parches para ampollas, una navaja multiusos y cerillas antitormenta, unas cerillas más gruesas con una cuerda alquitranada, que se deshilacha para hacer la yesca. De la mochila siguen saliendo objetos: una manta térmica, saquitos térmicos para meter en los guantes o en los bolsillos y evitar la hipotermia, un kit de costura... Juan cae de repente en un olvido: "Tengo que meter también una lupa. No pesa, ocupa poco espacio y es muy útil".

A pesar de parecer el sombrero de un mago, esa mochila del día a día no pesa más de cuatro o cinco kilos. La clave es que todo es de tamaño reducido, como el ferrocerio, una barrita hecha de una aleación de metales que produce una gran cantidad de chispas. Juan la lleva sujeta, a modo de mango, con la vaina de una bala. Luego saca una especie de tabaquera, un estuche de lona tratado con aceite para que se haga impermeable, que contiene corteza de chopo seca. Juan la coge, mira a izquierda y derecha para ver que no viene nadie, la deposita en el suelo y con una especie de púa empieza a rascar el ferrocerio. Las chispas caen de inmediato sobre el nido que ha hecho con la corteza de chopo y en unos segundos prende una pequeña llama que, de inmediato, sofoca con una de sus botas. 

De un bolsillo le asoma un llavero atiborrado de llaves y un curioso objeto: un tubito, parecido a uno de esos frascos de perfume que regalan de muestra en las tiendas, con una tira fosforescente. La mochila de su hija lleva otro. Es una luz fluorescente que brilla en la oscuridad.

Comida del ejército estadounidense

Pero aún falta la mochila grande, la de 72 horas. Esta contiene un techo que te puede proporcionar sombra en un gran atasco en la autovía -imagine el escenario de una ciudad aterrorizada de la que intenta huir toda la población-. "O si tienes que abandonar el coche, con el techo y una manta térmica tienes un refugio. O una manta americana, que es una especie de saco para temperaturas suaves que evita que el relente te haga pasar frío". También lleva un filtro para el agua por el que puede potabilizar tres mil litros. Luces químicas, que se parten y brillan durante horas, otro tipo de cerillas, pastillas para hacer fuego y raciones de comida del ejército de los Estados Unidos. 

Cada uno lleva alimento para todo un día. Una es de macarrones con tomate, otra lleva ternera con salsa barbacoa y la tercera, ragú de ternera. Una madeja de cuerda capaz de soportar 250 kilos. Bridas, cinta aislante, coleteros para su hija, que en la suya solo acarrea el peso justo, más que nada entretenimiento: una libreta, material de dibujo, una navaja multiusos de plástico para que vaya aprendiendo su uso, un walkie y gafas de sol. Todo rosa, por supuesto.

La mochila también lleva una pulsera. Este complemento tiene su truco porque parece una simple pulsera de colores, idéntica a la que lleva Juan en su muñeca derecha -en la izquierda lleva uno de esos relojes inteligentes con una correa verde militar, que si la niña está obsesionada con el rosa, él lo está con el verde militar-, pero en realidad es una cuerda muy resistente enrollada con gracia para llevarla puesta como un adorno.

Juan mete la mano en la mochila grande, de camuflaje -aunque con un patrón distinto al del ejército-, y extrae un cuchillo metido dentro de una funda de piel. Es un cuchillo discreto, no demasiado alarmante, que ha elegido adrede para no aparecer en esta historia como si fuera Rambo. En casa sí tiene uno como el de Rambo, pero asegura que está obsoleto, que ahora se hacen armas blancas mucho más sofisticadas. "Tengo muchos enterizos, que la hoja coge también la empuñadura. Puedes abrir troncos y con lo de dentro hacer un emplumado con el que prender fuego.

Si ha llovido y la madera está mojada, lo abres y la parte de dentro esta seca y permite hacer fuego". No contempla cazar con ninguno de ellos. Juan Ferrer es militar de profesión y, además, tiene licencia deportiva de tiro al plato. Así que no necesita cuchillo ni uno de esos arcos de los que tanto presumen muchos 'preppers'. "Y tengo nociones de trampear, de poner trampas. Hemos hecho alguna práctica en el salón de casa, pero nunca nos hemos puesto a cazar porque no está permitido. Si la ley no me deja, yo no lo hago. Y si un día me hace falta, me buscaría la vida de otra forma".

"Yo no vivo obsesionado"

Juan tampoco se ha planteado cuál sería su destino si tuviera que escapar de València. Uno piensa que esta gente conoce un monte perdido donde refugiarse en caso de emergencia, pero Juan ya ha advertido que él es muy práctico. "Depende del evento", comenta. Y hace gracia que llame 'evento', así, tan aséptico, a una catástrofe. Quizás porque, en verdad, él lo contempla como un juego y no como algo probable. "Dependería de si Marruecos lanzase una ofensiva o si Cofrentes se fuera al traste... Yo no vivo obsesionado con lo que pueda pasar. Porque está bien vivir preparado, pero no obsesionado".

Juan cuenta todo mientras sigue sacando objetos de la mochila grande. De una cajita llama la atención que encima de todo hay una foto de carnet de su mujer. "Por si se pierde, para identificarla", responde cargado de lógica. De debajo sale un sedal, pilas, una sierra de hilo, un kit de pesca, luces químicas, bridas... Y un botiquín más elaborado con más pegamento, yodo, gasas, guantes, un torniquete, tijeras, vendas, pinzas, triángulos para hacer cabestrillos.

Foto: KIKE TABERNER

De todo esto no habla mucho en su regimiento. Prefiere ser discreto porque sabe que los 'preppers' arrastran cierta fama de iluminados. Pero Juan asegura que hay muchos más como él en el Ejército. Él opta por ir a la suya y comentar poco lo de su colección de cuchillos o la afición por reparar hachas. "Me gustan mucho como pasatiempo. Me encanta reparar herramientas. A mi mujer y a mí nos gusta mucho ir al rastro. Ella mira sus juguetes, que también restaura. Así que ella echa su ojo y yo me pego el mío y me cojo un hacha y la pongo a punto toda la semana con mis herramientas. Eso me ayuda a desconectar. Últimamente le estoy dando mucho al hacha valenciana. Limpias el mango, que suele llevar mucha porquería, la lijas, le quitas el óxido y la tratas...".

Al final da la sensación de que Juan Ferrer, más que un hombre que se prepara para el apocalipsis, es un hombre que desarrolla una afición. Un tipo al que le gustan las armas, la supervivencia y la naturaleza, pero no un loco que piensa que un día acabará en la calle combatiendo contra cuerpos sin alma que vagan renqueantes por la calle en busca del momento de hincarte el diente. Un soldado que saca los objetos de su mochila como el niño que le muestra sus juguetes a un compañero del colegio. Un tipo, en definitiva, que parece feliz con su movida.

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