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Kishida o una nueva oportunidad para Japón

Foto: POOL / ZUMA PRESS WIRE / DPA
2/01/2022 - 

La salida precipitada del super primer ministro japonés, Shinzo Abe, por motivos de salud (desde su juventud ha padecido una perturbadora y debilitante colitis ulcerativa que nunca le abandonó) a finales de agosto de 2020 supuso sin duda un cambio importante en el mundo político japonés. En efecto, la figura de Shinzo Abe dominó la escena política nipona en los últimos siete años. Fue el mandato de un primer ministro más largo de la historia. Su legado ha sido especialmente consistente. 

En el plano económico desplegó las célebres Abenomics que supusieron reformas relevantes a través de una vigorosa política monetaria que supuso la reducción de la tasa de interés y una cierta devaluación del yen orientada a fortalecer la potencia exportadora de la industria japonesa. Sin embargo, entre sus fracasos, no consiguió reducir la deuda fiscal de Japón que continua siendo de las más altas del mundo alcanzando al 267% del PIB de acuerdo con los datos del FMI. 

Por otro lado, Abe promovió incrementos de impuestos, políticas (de resultado desigual) para que la mujer mejore su situación laboral (Japón sigue siendo uno de los países industrializados donde la brecha de género es más dramática) y medidas destinadas a paliar los efectos de potencialidad devastadora derivados del envejecimiento de la población (es uno de los países con la esperanza de vida más alta del mundo donde 36 millones de sus ciudadanos tienen más de 60 años). 

Por otra parte, por lo que se refiere a la política exterior, la actividad de Shinzo Abe ha resultado de una intensidad especial habiendo visitado más de 80 países entre ellos nuestro país en el que ha estado hasta dos veces. También se caracterizó por una relación astuta con la complicada administración de Donald Trump (de hecho fue el primer jefe de estado que se reunió con el mandatario norteamericano incluso poco antes de que ocupara la presidencia) y actitud de cautela frente la creciente asertividad del gigante chino. Sus últimos meses al mando se vieron marcados por una acertada gestión de la pandemia de Covid-19 que hizo que Japón sufriera, al menos en su momento inicial, menos muertes que muchos otros países no llegando a afectar a su economía tanto como el en caso de los Estados Unidos y Europa.  A pesar de estos buenos resultados, la situación le provocó una sorprendente pérdida de popularidad.

Foto: GREG MARTIN / IOC / DPA

Cuando llegó el momento de su relevo, se especuló que su sucesor natural sería Fumio Kishida de 64 años. Y esto por variadas razones. En primer lugar por su relación de cercanía y amistad. De hecho, Kishidia fue ministro de exteriores del Gobierno de Abe. Ambos provienen de estirpes políticas japonesas (el abuelo de Abe y su padre ocuparon los cargos de primer ministro y ministro de exteriores respectivamente; el abuelo y padre de Kishida fueron muy activos parlamentarios en la Dieta, el congreso japonés) e iniciaron sus carreras políticas de forma simultánea tras ser elegidos en las elecciones de 1993 por el Partido Liberal Democrático (PLD) al que ambos pertenecen. 

Sin embargo, Abe prefirió designar a otro candidato, Yoshihide Suga de 72 años que no pertenece a la élite política de Tokio y sus orígenes son más bien rurales (su familia es propietaria de una próspera plantación de fresas en la región rural de Akita). Quizás secretamente Abe pensaba que su legado se encontraría más a salvo en las manos de Suga que en las de Kishida. Y por lo que veremos, no se equivocaba del todo. En un principio, Suga accedió al cargo de primer ministro con una pandemia controlada y con el apoyo de una opinión pública que veían en él a una persona íntegra y menos asociada a los círculos de poder tradicionales. No obstante, a medida que los efectos del coronavirus resultaron más virulentos con el consiguiente impacto negativo en la economía (especialmente golpeada por los sucesivos estados de emergencia que tuvieron que ser decretados), Suga fue perdiendo apoyos hasta provocar su dimisión en septiembre de 2021.

Y es en esta fecha que tiene lugar el momento decisivo de Fumio Kishida. Tras unas primarias en el PLD en las que desplazó al segundo favorito Taro Kono (que ostentó cierta popularidad por su condición de ministro de vacunación y por su dinamismo twittero) accedió al cargo de primer ministro, concretamente el número 100, tras su victoria en las elecciones generales el 31 de octubre pasado. Como he adelantado antes Fumio Kishida es un político veterano. Se le conoce entre la opinión pública por una personalidad moderada y pragmática lo que para otros puede resultar poco carismático. Su cargo de ministro de asuntos exteriores de Shinzo Abe entre 2021 y 2017 lo puso en primera línea de la política y le ha dado una potente experiencia gubernamental. Kishida (Hiroshima) estudió derecho y trabajo hasta 1993 como banquero.

Yoshihide Suga. Foto: POOL / ZUMA PRESS WIRE / DPA

Ya desde su toma de posesión Kishida ha querido hacer patente, sin llegar a posiciones rupturistas, determinadas diferencias con su antecesor. Kishida es consciente de muchos de los grandes retos de Japón, los estructurales y aquellos derivados de la pandemia, y no parece que, en este momento, una respuesta ultraliberal resulte la más adecuada. ¿Cuál es el proyecto de país de Fumio Kishida? Se proyecta en dos ejes esenciales, por un lado el de política exterior y por el otro el económico-social. Ambos están interrelacionados. 

Por lo que respecta al primero, a la dimensión de política exterior, su experiencia como Ministro de Asuntos Exteriores le hace especialmente sensible a la relevancia que tiene el aspecto geoestratégico y el impacto en la política interior. Kishida se encuentra a gusto en estos temas y se sabe mover bien. Su primera preocupación es la de definir la posición de Japón en el ámbito del Pacífico y sobre todo respecto a China. Encontrarse justo en medio de la complicada relación China/Estados Unidos es vivir en un campo de minas lo que obliga a Kishida a ser extremadamente prudente. Tiene que cuidar las tradicionales relaciones con Washington que le garantiza su escudo protector militar en la región siendo su principal aliado frente al gigante asiático pero tampoco puede olvidar que China ya se ha convertido en su socio comercial más importante y su vecino más poderoso. Esta situación no es nada cómoda para Tokio. Sobre todo cuando China se está volviendo cada vez más exigente en su forma de hacer diplomacia y en sus aspiraciones: tanto en la antigua controversia sino-japonesa en relación con las islas Senkaku como en la renovada presión china sobre Taiwán. 

Es cierto que la llegada a la presidencia de Biden, ha hecho más cercana la relación con los Estados Unidos ya que se caracteriza, frente a su predecesor Trump, por una apuesta decidida por las alianzas estratégicas y la vuelta de cierto multilateralismo esencialmente orientado para contener el expansionismo chino que ya es una realidad incontestada. No obstante, esta cercanía puede forzar a Japón a decantarse por el bloque pro-americano asumiendo un rol con el que ha estado incómodo en los últimos años de policía regional monitorizando a China y a Corea de Norte y haciendo que tenga que desplegar una presencia benevolente frente a Corea del Sur y los países del sudeste asiático.

Foto: POOL / ZUMA PRESS WIRE / DPA

Además, un mayor protagonismo económico chino puede amenazar a la propia subsistencia económica del Japón. Por eso resulta prioritario reducir y controlar el endeudamiento desbocado al que hice referencia antes del 267% sobre el PIB y dinamizar la economía a través de una modernización reformista para hacerla salir de un preocupante estancamiento en la que lleva sumida demasiados años. Kishida abandera un nuevo modelo de capitalismo a la japonesa que implique una mayor distribución de la riqueza posibilitando un nuevo robustecimiento de la clase media (que es la argamasa que, como en todas partes, garantiza la paz y la estabilidad necesarias para la prosperidad de los países) asegurándose de esta forma el suficiente crecimiento económico. 

Por oposición, implica aparcar las políticas más liberales de su antecesor que entre otras cosas han contribuido a incrementar la desigualdad aumentando la brecha entre los muy ricos y los pobres. Esta nueva doctrina se ha denominado la Kishidanomics. Es cierto que en una primera fase resulta difícil que se despliegue totalmente sobre todo teniendo en cuenta que en los próximos meses se deberán adoptar todavía medidas para gestionar la situación de crisis sanitaria y de pandemia en la que lamentablemente todavía nos encontramos. Aunque es previsible que sea por pocos meses. 

Por lo tanto, el gasto fiscal seguirá siendo contenido, la política monetaria igualmente relejada pero ya empezando a poner los cimientos de reformas estructurales inaplazables como las medidas que contribuyen y que hagan más ágil la incorporación de la mujer a la actividad económica o aquellas orientadas a digitalizar una administración pública sorprendentemente anquilosada en determinados sectores. 

Además, en relación con el asunto muy espinoso en el debate político japonés relativo al uso de la energía nuclear (por el antecedente cercano del grave asunto de Fukushima), Kishida ha adoptado una posición valiente y realista al manifestar su apoyo a la reapertura de las centrales nucleares (contra el parecer de cerca del 40% de la población nipona) por entender que es la única forma en la actualidad de asegurarse un abastecimiento eléctrico estable, limpio y económicamente eficiente. Finalmente, Kishida ha anunciado la adopción de una política tendente a  reformar el sistema sanitario japonés mediante la subida de salarios de su personal y la innovación tecnológica.

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