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cuadernos de campaña

Debate enlatado

18/04/2019 - 

VALÈNCIA. El viernes tuvimos el primer encuentro entre candidatos a la presidencia de la Generalitat en el debate organizado por la Cadena SER. Ayer el segundo, en el Canal 24 Horas de Televisión Española. El primer debate resultó un tanto aburrido y carente de ritmo. El segundo no se salió de esta tónica: también fue aburrido, con el agravante de que los candidatos dijeran a menudo las mismas cosas y mismas expresiones que ya dijeron en el anterior debate. Tiemblo ante la perspectiva del tercer debate, previsto en la televisión pública autonómica À Punt el jueves que viene. O tal vez podría mezclar en un mismo vídeo fragmentos de los dos primeros debates y ya es como si hubiera visto el tercero.

Había una duda inicial al respecto de si los candidatos hablarían en castellano o valenciano, pero la incógnita quedó despejada muy pronto: en concreto, cuando al candidato socialista, Ximo Puig, se le ocurrió empezar su primera intervención en valenciano. Inmediatamente se superpuso a su voz, cual malvado demiurgo invisible, la del traductor simultáneo, con ese tono irreal que le hace pensar a uno que está viendo una rueda de prensa conjunta del presidente del Gobierno con el primer ministro de Bielorrusia; la cosa tiene bastante glamour, pero desde el punto de vista de transmitir el mensaje es funesta. Así que nadie lo volvió a intentar, hasta que, justo al final del debate, Isabel Bonig intentó decir algo en valenciano y... ¡zas! De inmediato, saltó la traductora para hacer saber a los señores de Burgos que estuvieran viendo el debate qué quería decir cuando decía "els valencians". Pocas veces he visto un trabajo menos lucido (y mejor pagado) que el de estos traductores.

En teoría, el debate de TVE tenía la ventaja, respecto del anterior, de que el formato es mucho más ágil: cada candidato tiene tres minutos por bloque, y se los administra como él quiera. Es la única forma de articular un debate entre más de dos personas y que la cosa funcione y no se haga pesada. Pero para que el debate sea ágil, mucho me temo que es imprescindible que alguien haga de animador del mismo, aunque sea en sentido negativo. El día anterior, también en TVE, con el mismo formato, la aspirante a diputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo logró animarlo. Lo animó a puñetazos, con sus marrullerías. Probablemente salió trasquilada. Se inmoló en pro de dos horas de espectáculo (espectáculo espeluznante, pero espectáculo).

Ayer, en el debate autonómico, nadie adoptó ese papel. Comprensiblemente, claro. Pero no pasa nada por interrumpir alguna vez, establecer un diálogo, que la cosa sea un poco más viva, sin necesidad de caer en el lodo de Álvarez de Toledo. Los candidatos valencianos estuvieron siempre, o bien muy envarados e inseguros, o bien muy reservones.

Si tuviera que hacer un ranking (y en puridad no tengo que hacerlo, no me lo piden en Valencia Plaza, pero voy a hacerlo: ¡me encantan los rankings!), el ganador del debate fue Rubén Martínez Dalmau. Sorprendentemente, dado su papel más bien menor en el debate anterior, y que es un neófito en política. Pero, precisamente por eso, y porque tampoco tiene que defender la acción del Botànic ni de los gobiernos del PP, posiblemente pueda permitirse sonar más fresco, más suelto que los demás. Dalmau asestó los golpes más certeros tanto a Bonig como a Cantó, y fue el animador de un debate que, en cualquier caso, dio poco de sí. Le siguió Toni Cantó, con una actuación de buena factura, como en el primer día: siempre claro y preciso en sus propuestas y críticas, manejando el tiempo, y los tiempos, a la perfección. Isabel Bonig se fajó bien con las cifras y no rehuyó responder a los ataques. Los dos más flojos, desde mi punto de vista, Mónica Oltra y Ximo Puig. Por ese orden: a la candidata de Compromís se le vio a veces nerviosa y dubitativa, y en ningún momento se la vio con la soltura que acostumbra a tener en los debates (y en la televisión). Y otro tanto cabe decir del socialista Ximo Puig, que pareció un tanto ausente todo el debate. Como el viernes, pero en mayor medida, deteniéndose a menudo en su discurso, repitiendo conceptos... No fue su mejor día.

He mencionado antes que el propósito de la traducción simultánea era que la gente de España que no entendiese el valenciano pudiera seguir el debate. Pero esa es una pregunta que cabe plantearse. ¿Realmente hubo alguien que no viva o vote en la Comunidad Valenciana que viera este debate? Y, de ser así... ¿Por qué se hacen ustedes esto? En todo caso, si es que ha habido algún incauto, dudo muchísimo que haya sobrevivido al primer bloque.

Desde ese punto de vista, no es mucha la visibilidad que ha ganado la Comunidad Valenciana, nuestros problemas y particularidades, ante los habitantes del resto de España. Ni en este debate ni en lo que llevamos de campaña. Aunque a veces, es mejor no tener visibilidad que tener visibilidad a base de dar según qué espectáculos.

Aquí no hubo apenas espectáculo, y sí mucha contención. También en las formas. No fue un debate de guante blanco, pero, desde luego, uno tampoco tenía la sensación de asistir a una batalla sangrienta. Tuvimos, por supuesto, acusaciones mutuas de corrupción e incompetencia, encontronazos,... Pero como cada uno esperaba educadamente a su turno para responder (o para eludir la respuesta), la cosa quedaba un tanto diluida. Incluso los clásicos de los debates, como sacar un folio y ponerlo ante la cámara, quedaban desvaídos. Aquí nadie sacó un gráfico manipulado para tirárselo en la cara al rival. Lo más cercano fue una página de periódico para aludir al escándalo de Divalterra, que Toni Cantó mostró en dos ocasiones. Y si había un poco de mala baba no era por sacar la página, sino porque el titular decía que se habían malgastado dos millones de euros para contratar a militantes de los partidos sin ninguna cualificación. Y si uno miraba a la parte inferior de la página se encontraba un faldón de publicidad de... Ximo Puig, con el eslogan "Seguir sumando". Punto implícito para Toni Cantó.

El mejor momento de Oltra llegó con el debate sobre la financiación autonómica, cuando evidenció lo que ya hemos tenido ocasión de ver repetidas veces: los problemas territoriales en la democracia española pueden solucionarse o aliviarse si se ejerce el poder territorial. Y dicho poder resulta efectivo si los votos en el Congreso de los Diputados son decisivos. Es lo que lleva décadas haciendo el PNV, y antaño hacía CiU. Compromís quiere hacer lo propio, y así lo proclaman, por tierra, mar y aire, para intentar que el voto dual no les perjudique demasiado (es decir, que les vote mucha menos gente en las Generales que en las Autonómicas). También se anotó aquí un punto Toni Cantó, recordando lo que todo el mundo sabe: la credibilidad de PSPV y PP en esta materia es muy escasa, porque ambos han gobernado el país durante décadas, incluso muy recientemente, a veces con mayorías absolutas, y su desempeño en la materia es el que en última instancia nos ha llevado a donde estamos.

El balance de este segundo debate no permite encontrar apenas novedades respecto del primero: los bloques siguen tan claros como al principio. Puig y Oltra no se lanzaron absolutamente ninguna crítica ni comentario desabrido; al contrario, a menudo reiteraron los mismos datos y comentarios. En ese sentido, el Botànic funcionó al unísono. Cantó y Bonig no hicieron lo propio, pero en todo momento estuvo clara su voluntad de pactar y repetir la experiencia andaluza. Sin mencionar a Vox, claro. Vox, para ellos, no existe. Vox es una presencia etérea apenas mentada (fue nuevamente Puig quien sacó a colación al partido ultraderechista). El formato no sirvió para que los candidatos se quitasen el corsé, salvo en el caso de Dalmau, mucho más ágil e incisivo que el primer día, y cuya actuación podría decirse que permitió que el Botànic no quedase en evidencia ante el bloque conservador.

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