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la librería

La ‘Eterna España’ de anarquistas, místicas, toreros y poetas vista por Marco Cicala

El periodista y escritor italiano Marco Cicala compone esta galería de protagonistas nacionales en la que caben Quevedo y Miguel Bosé, Santa Teresa, Ana de Mendoza, Amancio Ortega o Rafael Chirbes.

4/05/2020 - 

VALÈNCIA. Hay una historia de los procesos y hay otra de las personas y los personajes que se agitan dentro de ellos; como el sueño que va sobre el tiempo, vamos nosotros montados sobre los acontecimientos: ahora mismo estamos ocurriendo. Cualquier país o nación no es más que un relato que se puede escribir o contar de muchas maneras distintas: por seguir con las citas, hay quien diría que la patria es un invento porque puede ser muchas cosas y también nada, y todas las respuestas ser correctas. Hay también que se toma a sí mismo demasiado en serio, y quien considera que lo humano es santo y las convenciones verdades pétreas. Por eso parece que es necesario ir con mucha precaución para no herir sensibilidades cuando uno se refiere a la extensión de la aldea que nos agrupa y que puede llamarse Valencia, Comunitat Valenciana o España, pero también Campanar o Europa, porque en realidad de lo único que estamos hablando es de animales que conviven, mejor o peor, según sea el caso. Animales que en su ilustre insignificancia cósmica pueden llegar a ser destacados protagonistas de una buena antología, versículos microscópicos -en ocasiones muy divertidos- de ese libro al que hemos querido llamar humanidad, y que por el momento y pese a todo, se sigue escribiendo. Es un tema complejo ese de la pertenencia y la identificación con un colectivo o con un constructo: uno puede nacer en Benicalap y decidir ser del Real Zaragoza, o en Londres y decir orgulloso viva er Betis manque pierda, como James Rhodes. Las afinidades son así. Con el tiempo, el pianista Rhodes será un versículo en el capítulo del Real Betis Balompié.

Es innegable que existe algo llamado España, y también se sospecha que puede haber algo llamado españoles, aunque esto segundo no está del todo comprobado. La idea de España se asienta sobre una historia en la que no faltan los mitos y las confusiones, algunas de ellas interesadas, pueblos de varios colores y creencias, por supuesto guerras, fascinantes travesías marítimas y truculentos desembarcos en tierras lejanas, reyes y reinas, papas, torturadores con sotana, poetas maravillosos, matadores de toros, militares antiguos y militares modernos, anarquistas, comunistas, socialistas, fascistas, socialdemócratas, conservadores o neoliberales, religiosas místicas, en general muchos artistas y algún que otro tétrico general. Esto son solo algunos ejemplos, claro. La idea de España reposa sobre una historia que habla de mucho más, pero no podemos glosarlo todo ahora mismo, y además hay quien ya ha realizado un spanish digest por nosotros para que podamos comprender mejor qué es eso de la españolidad a la vez que pasamos un buen rato, y por si fuera poco, ese destilado ha sido producido desde el exterior, desde la no-españolidad que te granjea la italianidad -más o menos-: el periodista y escritor romano Marco Cicala puede presumir de cierta independencia a la hora de configurar y escribir esta Eterna España que publica Arpa con traducción de Jaime Moreno Delgado. Cicala, desde su posición de vecino, puede eludir con agilidad las acusaciones de ser pro o o anti, sobre todo porque en la galería de personajes patrios que da forma a este libro encontramos un poco de todo, y sobre todo, contado de una manera diferente a la habitual. Dicen que no hay nada mejor para entender dónde vives que verte desde fuera, y eso es lo que hace el autor, que como explica en el prólogo, tampoco había planteado esta antología de personajes nacionales para un público español. Cicala quería dejar por escrito su fascinación por España, sembrada en su primera visita durante un agosto abrasador que imprimió para siempre en sus meninges un sentimiento que tiene mucho que ver con esa eternidad del título, que según Cicala hace alusión a la persistencia de la imagen de España en la memoria y no a las gestas de un imperio, ni nada por el estilo.

Hay que aplaudir el trabajo del italiano, que además de resultar conmovedor, está muy bien hecho: el libro arranca con los acondroplásicos de los cuadros de Velázquez y termina en la muerte de Paco de Lucía, no sin antes pasar por las fake news vertidas sobre la Armada Invencible, las temerarias aventuras del macarra Quevedo, Al-Ándalus, los banqueros Fuggers mal llamados Fúcares y lo que queda de ellos en Almagro, la controvertida figura del extremeño de Medellín Hernán Cortés, la vida desprejuiciada de la parcheada Ana de Mendoza, la arrebatada Teresa de Ávila, la explosiva Rosa de Foc, la vida valenciana en Villa Amparo de un Machado en fuga, el de veras polifacético Ignacio Sánchez Mejías [dramaturgo, aviador, piloto de automóviles, jugador de polo, presidente de la Cruz Roja y del Betis y mecenas, pero sobre todo, torero] al que lloró Lorca tras ser corneado en la plaza de Manzanares, los talibanes de la paella y la malaria en los campos de arroz, el Rey de la Rumba de apellido Cugat, la señora Rius aka Lydia Artigas Peña, el indómito comanche José Bergamín, el enigmático penúltimo asesinado en el garrote vil a la sombra de Puig Antich de nombre Heinz Chez/Georg Michael Welzel, el fenomenal Miguel Bosé, el forbesiano Amancio Ortega, o el amargamente irónico Rafael Chirbes. La selección es fantástica, bravo por Cicala, quien además, en todas las ocasiones que puede, escribe desde la cercanía del haber conocido de primera mano a esos protagonistas de la Eterna España que vista así, desde el ángulo cicaliano, se nos puede antojar desconocida, y no solo por no conocer la vida y obra de quienes pueblan estas páginas, sino por la distancia desde la que escribe el autor, una distancia que tiene menos que ver con el desapego -Cicala se siente muy apegado a España- que con la voluntad, como decíamos al principio, de no tomarse tan en serio lo que existe y no existe en ninguna parte. 


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