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Manuel Garcia-Portillo, un hombre de su tierra, vinculado familiarmente a Mogente y a Jávea

Manuel Garcia-Portillo, empresario de prestigio y un mecenas de la cultura y la tierra. Fundador, creador e impulsor del Proyecto Origen que tiene en las Terres del Guerrer en Moixent su lugar en el mundo, pero también ama el Mediterráneo. 

17/07/2022 - 

VALÈNCIA. ¿Cómo recuerdas los veranos de tu infancia?

Como un privilegiado desde pequeño porque tengo una visión muy positiva de la vida y porque tuve la suerte de nacer en una familia que eran avanzados a su tiempo, y digo esto porque los cinco hermanos de mi madre eran maestros y al mismo tiempo muy emprendedores, hay catedráticos de historia del arte, doctores y abogados, como Manuel Portillo Cardona. Y de los veranos de niño guardo grandes recuerdos de mis abuelos, tanto paternos de Moixent como los maternos que eran de Valencia. Es una historia apasionante, fíjate mi bisabuelo materno Cardona y en Mogente por Garcia e Iñesta, era de Jávea y se fue a la Guerra de Cuba, allí se casó y por eso mi abuela nació en el barco en la travesía de Cuba a Barcelona.

Cuántos recuerdos y vivencias se acumulan simplemente charlando sobre los veranos de tu infancia, veo que te llevan a recordar tu historia vital y familiar. 

Nací en Cervera del Maestre en el Maestrazgo al norte de Castellón porque mi madre era maestra allí y pasábamos allí todo el tiempo, pero en verano solíamos ir a Mogente, donde mi padre además de maestro era empresario y tenía que mantener el patrimonio familiar. Porque sus hermanos eran monjas y maestros y sus padres le pidieron que conservara el patrimonio. Así que mi padre en verano dejaba los hábitos de maestro y se dedicaba a trillar el campo, controlar el trabajo del casero y preocuparse por el campo. En mi familia el verano era una mezcla de disfrute y trabajo.

Manuel junto a buenos amigos en Mogente donde sigue viviendo intensamente el territorio

¿Hay alguna historia o anécdota que guardes en tu retina de aquellos años en los veranos en el campo?

Hay alguna que no puedo contar, porque dentro del mundo del pastoreo está la idea de los trueques o intercambios y a veces suceden cosas inesperadas. Pero lo más intenso es la esencia de una vida familiar donde lo más cercano estaba a varias horas caminando y por ello nos veíamos obligados a hacer mucha vida en común. Vivíamos con candiles y cirios, no había electricidad. Las tertulias entre familia, medieros y pastores era algo habitual y recuerdo especialmente que cuando se trillaba, yo dormía con mi padre en la era para que no robaran los sacos. 

Me estás describiendo unos veranos casi ancestrales.

Te cuento lo que he vivido y lucho por mantener, la vinculación del hombre a su tierra. En la Sierra de Mogente, en los altos de Navalón cuando hacíamos pan con el trigo recogido en la masía, era una auténtica fiesta. También hacíamos aceite y vino, todo era una vida maravillosamente básica. Venían a cortar los pinos con un serrucho de dos metros, nada que ver con los medios actuales. Se usaban los medios tradicionales. La fiesta de la corta de los pinos cuando venían los pinateros iba acompañada de una celebración cocinando una gachamiga (harina, ajos, aceite) que es la comida tradicional de la zona y se bebía vino blanco de 19º.

Manuel junto a buenos amigos jugando a golf

¿Y en algún momento cambian esos veranos que parecen idílicos?

Pues sí, cuando mis hermanos por motivos de estudios nos tuvimos que ir a Játiva para que ellos estudiaran el Bachiller, y nos fuimos todos menos mi padre que seguía de maestro en Mogente. Estábamos en Játiva, pero en verano siempre volvíamos a Mogente, en concreto a la Sierra, en la montaña donde toda la familia ayudábamos en las tareas del campo y también recuerdo como bajábamos mucho a las fiestas de Mogente en carro, andando o incluso en Vespa.

 Y cuando pasas la adolescencia y llegan los veranos universitarios ¿suponen una revolución?

Ahí sí que ya nos distanciamos un poco del territorio. Mis hermanos y yo mismo empezamos a hacer vida de ciudad, en Valencia, aunque en verano íbamos a Mogente, pero otros hermanos se quedaban en la ciudad, la verdad sea dicha, yo siempre con intentaba estar con mi madre y mi padre en Mogente donde les ayudaba a labrar la tierra y preparar los cultivos. El campo me apasiona desde joven y sigo vinculado a él.

¿El matrimonio cambia los veranos o es un mito?

Es muy real, porque siempre he sido una persona de interior y al casarme compramos una casa en Jávea, pero no sólo por el mar, sino porque mi sector profesional (citricultura) se desarrolla de manera fundamental en la costa. Por ello para mi estar en Jávea era genial porque combinaba trabajo y ocio.

Manuel considera el rugby una escuela de vida. Deporte que practicó de los 14 a los 25 años

¿Cómo eran esos veranos?

Pues siéndote sincero, tomando el sol y en la playa. Buscando la paz, la familia y la tranquilidad total, no eran veranos de gran sociabilidad. Me gustaba comprarme varios periódicos y leer en la playa. También nos gustaba recorrer los pueblos de la zona porque somos unos apasionados de la gastronomía. Me acuerdo de que en Moraira íbamos mucho a un restaurante “estrellado” (porque tenía varias estrellas Michelin) y recuerdo haber vivido ahí grandes momentos.

Un hombre de interior que también disfruta cerca del Mediterráneo, gran combinación. 

Treinta años veraneando en Jávea y tal es mi pasión por el Mediterráneo que ahora vivo parte del año en el Saler, a 65 km de Mogente, mi casa, tierra, mi lugar en el mundo, puedo decir que vivo en un parque natural, donde además tengo mi despacho y mi casa.

Manuel junto a su mujer y un grupo de amigos en el puerto de Croacia

¿Cómo es para ti un día perfecto de verano en la costa?

 Comprar el periódico, tomar el sol en el Primer Montañar bajo la sombrilla y sobre las tumbonas, poder nadar un rato, volver a casa, ducha y salir a comer fuera de casa con la familia, aunque luego la siesta siempre en mi sofá. Uno de los restaurantes donde siempre me he sentido como mi casa es el Restaurante Avenida en Gata de Gorgos, ahí está mi buen amigo Jaime. Y por la tarde siesta, lectura y paseo por el Arenal.

Olores, sabores, sensaciones de verano.

 Mi madre que era un ser humano excepcional tenía una gran capacidad para la poesía y sabía crearlas e improvisarlas. Recuerdo como siempre al levantarse recitaba poesías sobre lo que vivíamos: el olor a paja mojada, el romero fresco de la mañana y la sementera, decía algo así como “arriba labrador que los campos huelen a sementera” (significa que la tierra está lista para el cultivo) y es que el territorio lo tiene todo y te ofrece todo. También me viene a la mente aquellos papeles azules y blancos que eran como una gaseosa que se diluía con agua fresca del pozo y lo tomábamos tras dar un paseo por el campo.

 

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