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VOL 1. Una radiografía al comercio más tradicional

Paterna: el comercio de siempre resiste al coronavirus

Recorremos diez municipios de la provincia de Valencia para que sus comerciantes nos cuenten cómo han enfrentado la crisis del coronavirus. Cada miércoles y sábado un nuevo episodio

26/06/2020 - 

VALÈNCIA. Pasando la Calle Mayor, un poco más allá de la estatua que conmemora a todos los tiradores de la Cordà, se encuentra el triángulo de los invencibles de Paterna. O, dicho de otro modo, los tres establecimientos comerciales más antiguos del municipio. Ya estaban ahí cuando la ciudad todavía se hacía llamar villa y, durante décadas, han prestado su servicio a generaciones y generaciones de paterneros.

Son muchas las etapas sociales e históricas que han entrado y salido por sus puertas: sucesivas crisis económicas, el crecimiento de la ciudad, el cambio del modelo de negocio, la digitalización, el nacimiento y popularización de los grandes centros comerciales… Y, ahora, una pandemia. ¿Pero qué es lo que han hecho para sobrevivir al paso del tiempo? ¿Cómo han soportado las tiendas más tradicionales el embiste de la crisis sanitaria?

El Horno de Nuestra Señora del Rosario: supervivencia a base de secretismo

Empezamos por el hermano mayor, el primero en plantar la bandera y no moverse del sitio: el Horno de Nuestra Señora del Rosario, más comúnmente conocido en el entorno como el horno de los cachaps. Este establecimiento levantó por primera vez su persiana en el año 1829 y, en sus casi doscientos años de historia, no la ha vuelto a bajar ni una sola vez.

La supervivencia, sin embargo, es más que comprensible: este es el único lugar en el que se puede comprar el cachap, un dulce de hojaldre por fuera y crema por dentro cuya receta ha permanecido secreta por los siglos de los siglos. Tanto es así que el establecimiento tiene la fórmula patentada, y tan solo una persona viva la conoce para poder elaborarla día tras día.

Sin embargo, ni siquiera el más dulce, viejo y sabio de los establecimientos de ha librado de las duras consecuencias del coronavirus: “Somos tres trabajadores y un encargado” explica Paloma, la dependienta que por la tarde se ocupa de atender a los clientes. Varios de ellos entran y salen en busca de una golosa merienda. “Nosotros pudimos abrir porque también vendemos pan, pero está claro que las ventas han bajado mucho. Los trabajadores estuvimos en reducción de jornada durante toda la cuarentena, y fue la familia la que se tuvo que hacer cargo de todo esto” relata.

La caída de las Fallas y de la Semana Santa también hizo mella en los beneficios atribuidos al cachap, y el ritmo ni siquiera ha vuelto a ser el mismo para uno de los establecimientos más frecuentados y demandados de la localidad. Ni siquiera después del estado de alarma. “No vendemos igual que antes” declara Paloma. Al parecer, no queda hueco para la dulzura en tiempos de pandemia. Aun así, en el Horno de Nuestra Señora del Rosario lo tienen claro: van a sobrevivir, como lo han hecho desde principios del siglo XIX.

Ferretería León: cercanía ante todo

Justo enfrente del Horno de Nuestra Señora del Rosario se encuentra la Ferretería León, el segundo establecimiento abierto más antiguo de la localidad. Su apertura data del año 1908, y detrás del mostrador ya han figurado tres generaciones de la familia Pons: abuelo, padre y nieto. Jaime, el actual regente de la ferretería, lleva ya treinta años a la cabeza del negocio, y no tiene más empleados que él mismo.

“Cuando mi abuelo abrió el negocio, era ferretería y ultramarinos. Esta era la única tienda que había en todo el pueblo, excepto por el horno de enfrente” explica Jaime mientras atiende a sus últimos clientes, que han venido en busca de una botella de gas. “Pero luego llegaron los centros comerciales y los ultramarinos dejaron de tener sentido. Ahora somos una ferretería especializada en doméstica” expone, acerca de los cambios que su negocio ha tenido que enfrentar a lo largo de los años.

Sobre la fórmula del éxito, él lo tiene muy claro: constancia y mucho trabajo. “Mis padres no tuvieron vacaciones en su vida. Esto se ha mantenido a base de abrir hasta los sábados, si era necesario”. Y es que la vida del autónomo no era sencilla antes, como tampoco lo es ahora. “También ha habido que saber aguantar las rachas malas, porque las ha habido”.

Y, hablando de malas rachas, la última que hay que añadir a la lista es la del coronavirus: “hemos estado dos meses cerrados a cal y canto, pero las facturas han seguido llegando” lamenta. Aun así, en una nota más positiva, Jaime destaca que se ha sentido particularmente arropado por la gente del barrio. Y es que, los vecinos han empezado a frecuentar su tienda con mayor asiduidad desde que volvió a abrir la persiana: “Creo que ahora hay más sensibilidad con el comercio local. Yo intento que se queden satisfechos y que quieran volver. Lo más importante que tenemos aquí es el trato de tú a tú, y eso no lo encuentras en un centro comercial. Yo en mi tienda te ayudo a encontrar cualquier cosa que busques, y allí tienes suerte si ves a alguien en el pasillo a quien poder preguntar” concluye.

Carnicería Hermanos Bernabé: hacer el agosto en mitad de una pandemia

Un poco más fácil lo ha tenido la carnicería Hermanos Bernabé, el último establecimiento del triángulo invencible. Y es que, ser considerado un negocio de primera necesidad en medio de una pandemia tiene sus ventajas. Mientras que otros comercios han tenido que cerrar sin saber cuándo volverían a abrir, los establecimientos dedicados a la alimentación han hecho su agosto: abiertos cuando todo estaba cerrado y con los clientes sin poder salir del barrio. La fantasía personal de cualquier comerciante, vaya.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Y es que, después del momento de gloria puede venir el choque de realidad. “Nosotros no hemos conocido la crisis” comentan desde detrás del paraban transparente los encargados. “Durante todo el estado de alarma ha venido muchísima gente, pero ahora ya se empieza a notar que los centros comerciales han vuelto a abrir” lamentan. Al final, parece ser que el enamoramiento por la alimentación a nivel local ha durado lo mismo que el confinamiento: 57 días.

Aun así, a la carnicería Hermanos Bernabé siempre le quedará su núcleo duro de clientela, ese que valora la calidad por encima de todo y que no piensa renunciar a sus raíces. Tampoco es que necesiten mucho más, teniendo en cuenta que este negocio lleva abierto desde el año 1939: “el truco está en trabajar mucho, hacer cosas bien y apostar siempre por la máxima calidad” declaran los regentes, marido y mujer. Él, es nieto del primer fundador. “Aquí estamos especializados en embutidos, que elaboramos con productos del entorno y a partir de la técnica tradicional”. Y, al parecer, eso es más que suficiente para mantenerse en movimiento durante más de ochenta años. Aunque tampoco viene mal que, de vez en cuando, una pandemia decida sonreírte.    

Mercería Casa Fina: la última superviviente

Un poco más arriba, prácticamente a los pies de la Torre, se encuentra el que posiblemente es el negocio más especial y original de Paterna: Casa Fina. Fundada en el año 1947, esta es la única mercería que ha sobrevivido al paso del tiempo en el municipio.

Entre hilos, puntillas y botones nos recibe Fina, que nació en la trastienda del negocio y desde entonces no se ha separado de él: “Levantar esta persiana es mi vida entera. No me he tomado vacaciones ni una sola vez” explica. De hecho, estos dos meses de confinamiento han sido los primeros en los que la tienda ha estado cerrado durante tanto tiempo.

“Se ha notado mucho” lamenta “porque yo no he estado ingresando nada, pero las facturas han llegado igualmente”. Un desastre difícil de soportar y gestionar en el caso de los negocios tan modestos. Aun así, desde el primer día que pudo abrir, Fina ha notado una afluencia bastante considerable de clientes. Y es que una mercería de barrio se vuelve especialmente útil cuando quieres coserte tu propia mascarilla pero no encuentras ni un solo centro comercial abierto. “Ha venido mucha gente preguntando por gomas” comenta con un deje de diversión.

“Este es un trabajo precioso. Algunas clientas son ya amigas” concluye Fina. Además, desde hace dieciocho años la mercería también es un kiosko de golosinas para niños. Sin duda alguna, la vuelta de la infancia a las calles también ha ayudado a levantar el negocio y, por qué no, el ánimo de Fina y su sobrina, quien también ayuda tras el mostrador.

Floristería El Palau: reinventarse o morir

Las floristerías, aunque comúnmente relegadas al olvido, han sido una de las mayores víctimas de la crisis del coronavirus. A ellas no les hizo falta llegar al confinamiento para empezar a generar pérdidas: ya lo hicieron con la cancelación de las Fallas. Y de la Semana Santa. Y de las bodas primaverales. Y de las comuniones. Esta larga lista de eventos suprimidos ha supuesto una deficiencia escandalosa para el negocio, aunque también le ha brindado la posibilidad de reinventarse y buscar nuevos caminos.

Es el caso de la Floristería el Palau, donde han tenido que recurrir a la inventiva para poder sobrevivir. “Nosotros tenemos la suerte de pertenecer a Interflora” explica Arturo, el encargado de la tienda. “Es una plataforma online con la que puedes enviar flores a cualquier parte del mundo, y durante la cuarentena las ventas se han disparado un 300%. Al ver lo rentable que sale todo esto, nosotros mismos hemos decidido convertir nuestra página web en una página de venta” detalla. Y es que la tónica postpandemia es la siguiente: reinventarse o morir.

“También le hemos dado un impulso muy fuerte a las redes sociales” continúa. “El primer día que pudimos abrir, subimos una foto del escaparate a Instagram y vino un montón de gente que no había venido nunca a pedirnos plantas” detalla, con una sonrisa divertida. “Creemos que la gente tiene la voluntad de empujar un poco al comercio local, después de todo lo que ha pasado. Esperamos que perdure” reflexiona.

Aunque desde la Floristería el Palau tampoco se pueden quejar de la buena voluntad de los vecinos, ya que las comisiones falleras que se pagaron igualmente sus encargos. “No nos dejaron tirados en el momento más duro, y eso fue de agradecer” reconoce Arturo. Sobre el futuro del negocio, que abrió en 1996 de la mano de su madre, el encargado se mantiene positivo: “habrá que esperar al menos un año para ver qué pasa, pero creemos que podemos superarlo” concluye.

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