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Batas blancas por la verdad

Foto: EDUARDO MANZANA
21/02/2022 - 

La vacunación masiva ha supuesto un gran experimento global, sin precedentes en la historia, decía Joan-Ramon Laporte, referente de la farmacovigilancia en España y agitador del sistema de creencias sanitario, hace un par de semanas en una Comisión en el Congreso de los Diputados. Más cierto es que su intervención ha servido para experimentar in vivo que la comunidad médica (y científica) no conforma el conglomerado macizo y homogéneo que invocamos a los comités de expertos y como desearíamos para nuestro alivio mental, porque bastante energía gris se desperdicia para entender si la Ley de Emergencias para atajar la protesta negacionista en Canadá es o no es constitucional.

Pocos especialistas comparten el privilegio de merecer protagonismo en el oligopolio de los verificadores mediáticos de hechos -Maldita Ciencia, Newtral, Verificaciones de Europa Press o EfeVerifica- tanto como lo ha sido el profesor Laporte a cuenta de su “bolo”, convocado por la gauche entrecote y la sinistra broccoli, en la Comisión de investigación sobre la gestión de las vacunas y el Plan de Vacunación, en la que dijo que los viales de ARN mensajero no se ajustan a la definición de vacunas que recoge la Real Academia Española, que los ensayos clínicos no demuestran que estos fármacos reduzcan la mortalidad o que no funcionan frente a la variante ómicron. Esta particularidad, la de ser ajusticiado por el fact-checking patrio, ha llamado la atención, entre otros, del ex colaborador de Cuarto Milenio, Juan Soto Ivars, que recrea en el catalán al insobornable Thomas Stockmann, el médico de Un enemigo del pueblo, uno de los héroes disidentes de los conflictos de interés, una analogía más acertada, por la cosa gremial, que la de Attichus Finch.

Sin embargo, la controversia en medicina nutre la almendra del asunto, por mucho que otros prefieran la cáscara, como es darle vueltas a si el farmacólogo emérito se ha vendido al discurso antivacunas para regalarles dosis de prestigio académico y distraer su ego en retiro. Pero la confrontación inter pares pertenece al nivel Premium de la discrepancia. Laporte, analizan los críticos, solo dice verdades a medias que llevan a confusión, mientras que para otros tantos, sin grandes matices, se equivoca gravemente en algunos puntos.

Foto: EDUARDO MANZANA

Laporte no es, desde luego, Luc Montagnier, el polémico virólogo francés que ha aportado sólidas pruebas de que ganar un Nobel no impide decir tonterías (ojo, algunas de ellas son ciertas, pero no todas), y que fallecía justo días después del cuestionado discurso del farmacólogo catalán. Laporte, debe reconocerse, mantiene un discurso sofisticado. En el inicio de su intervención, ponía la venda antes que la herida al declarar no tener conflictos de interés relacionados con la industria farmacéutica o de productos sanitarios. Aunque se trata de un mal extendido al que desde hace no tano tiempo se intenta controlar -véanse ejemplos como en Estados Unidos-, el carácter financiero no es el único problema en materia de conflictos de interés, concepto bastante más complejo de lo que suelen reducir los especialistas críticos que cuestionan el sistema sanitario.

No hay duda de que el alegato del farmacólogo no ha podido sorprender entre sus colegas, aunque hay un verbo que a los comentaristas de la comparecencia se les ha escapado. Laporte no venía a la Comisión a compartir sus diagnósticos, venía a aportar su verdad. “Se me ha convocado a opinar sobre problemas y dificultades que se hayan producido hasta la fecha en el proceso de vacunación […]”. Laporte es conocido por desplegar el catálogo de argumentos contra la industria, de la que viene alertando desde hace años que las autorizaciones de comercialización de nuevos medicamentos van a ser cada vez más prematuras o que las actividades de farmacovigilancia podrían ser financiadas con fondos privados y que los profesionales, investigadores académicos y los pacientes tendrán dificultades para acceder a los datos generados, ideas que acostumbra a deslizar en las entrevistas desde el comienzo de la pandemia.  “No hay que tratar el virus de la forma que sea, hay que tratar al paciente” (mayo de 2020); “No sabemos nada sobre los efectos de la vacuna” (enero de 2021); “Las agencias del medicamento son una invención del capitalismo neoliberal de los años noventa” (abril de 2021).

Criticar los intereses financieros de la pandemia no convierte a Laporte en negacionista, como tampoco lo son los creadores de Dopesickcrítica al imperio montado sobre la adicción a la oxicodona en Estados Unidos, una serie que viene a hacer la justicia que los tribunales no imparten sobre la codiciosa familia Sackler.

Foto: EDUARDO MANZANA

El farmacólogo, hijo de Josep Laporte, ex conseller de Sanitat de la Generalitat de Catalunya en tiempos de Pujol, sabía dónde estaba. Laporte no olvidó mencionar que “con el avance de la epidemia en España, se ha visto que las personas vacunadas tienen menos enfermedad grave” lo que no hace dudar de “la necesidad, como dice la Organización Mundial de la Salud, de poner por lo menos una dosis a todos los seres humanos que hay en el planeta. Y, si puede ser, dos”. También hizo bien en definir la transparencia, que “no consiste solamente en subir informes técnicos a la web, sino sobre todo en iluminar, en ayudar a dirigir la mirada y en ayudar a comprender. De lo contrario, se siembra el terreno para que proliferen la desconfianza y las suspicacias”.

A fin de cuentas, Laporte no está solo. A pocos se les escapa que, en la pandemia, como todo conflicto, hay ganancia de pescadores, y queda claro que, mientras los sanitarios de todo el mundo buscan curar y aliviar, la industria sigue a lo suyo, al balance de resultados. Lo peor no está en el contenido del discurso, sino en el tiempo escogido. Laporte no será antivacunas, pero le da alas al negacionismo hambriento de referentes en la orilla blanca, un gancho que puede causar adicción.

También se sigue añorando en los discursos de los expertos que dudan como Laporte un repaso a las condiciones de trabajo del personal y al deterioro de los servicios sanitarios para ahondar en la necesidad de reformar el sistema en su conjunto para que la medicina no se reduzca a una mera prescriptora de medicamentos. Sin reconocer esta urgencia global, las comparecencias de expertos solo servirán para llenar los verificadores de la verdad.

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