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covid-19 / OPINIÓN

Bitácora de un mundo reinventado (día 55º)

Foto: KIKE TABERNER
11/09/2020 - 

Me atraganto de incertidumbre cada día, no domino el arte de la vida líquida. Para aquellos que lo logran y son hijos del siglo que acaba de nacer, Bauman cita: "La novedad es una buena noticia, la precariedad es un valor, la inestabilidad un imperativo, la hibridez es riqueza". Sin duda, el célebre sociólogo mostraría poca sorpresa al comprobar lo bien que se han adaptado los jóvenes a las leyes danzantes de la nueva normalidad.

El cole ha empezado, los chats de padres hierven, la maniobra se retransmite como si fuera la llegada del hombre a la Luna. El lunes, la televisión autonómica se acerca a la puerta de un colegio como cada año y capta la serenidad cristalina con la que los pequeños digieren el nuevo escenario. "Es un poquito peor porque no puedes respirar del todo ─describe una niña con cara de primera de la clase─ pero… no pasa nada, eso es mejor que morirse". Su naturalidad se ha hecho viral y hasta instrumento de propaganda del buenrollismo que se prodiga y se necesita. Lo que nadie destaca es el punto de condescendencia (por no decir empacho) con el que la pobre se dirige al adulto que la interroga. "Siempre necesitan explicaciones", diría El Principito con mascarilla y mochila escolar. Nosotros, los mismos que no nos asustamos del dibujo de la boa digiriendo a un elefante, que necesitamos papel rayado para escribir o que apretamos por el final el tubo del dentífrico (diría Horacio Oliveira), estamos alarmados por cosas que remiten a un orden paralelo y oscuro. La niña nos recuerda lo que es mejor que morirse, pero ignora que es inmortal. Nosotros, mientras tanto, aspiramos a esquivar la muerte con una armadura de predicciones, curvas y líneas que remiten a un centro obtuso. Qué lata. Cuando lo importante es si te ha tocado en primero A o B, quién se sienta contigo en el autobús y cómo te cae la nueva de matemáticas. Mayores. Que "no comprenden nada por sí solos y es agotador para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones".

Otras explicaciones no son fáciles de obtener de un niño. Sigo estos días a Juan Simó en su blog Salud, dinero y atención primaria y me empapuzo sin pestañear de sus gráficas y referencias, de buenos salubristas, de su empeño por hacer visible la Atención Primaria y por denunciar la chapuza y la improvisación. Se lamenta de que todavía no tengamos regulado un permiso retribuido para los "responsables parentales" cuando Suecia lo reguló ya en abril. Y propone, no sin sorna, enviar al niño al ministerio de educación a las ocho de la mañana "para que lo cuide la ministra Celáa". Recuerda que no podemos tener a médicos haciendo trabajo administrativo (bajas "médicas") con la paliza que llevan encima (patología demorada, rastreo, llamadas…). Y que el 70 % de los empleados con rentas altas teletrabajan, pero sólo el 13 % de los mileuristas lo hacen según un estudio publicado en mayo en Madrid. Señores: el mayor determinante de la salud es social. Aquí Juan Simó se me antoja también un personaje de Saint Exupéry, recordándole a los burócratas y gestores las verdades esenciales con un hartazgo y una hondura cercana a la de su niño misterioso. 

Foto: KIKE TABERNER

"El chat de padres está en modo pelea", me espeta mi hija al bajar del autobús. Lo desmiento sin gran énfasis y sonríe complacida porque le he confirmado el cotilleo con mi torpeza para mentir. Estos días se ha discutido hasta la extenuación sobre ratios y filtros HEPA. En el mes de julio ya se nos informó del ritual y pudimos vivirlo en directo. Invitados por el colegio en sesión extraordinaria, los exhaustos profesores desplegaban sus power point acerca de las distancias entre mesas, ventilación, burbujas, itinerarios de entrada y otras lindezas mil veces oídas. Habíamos franqueado la entrada del gimnasio tras superar más barreras que un aeropuerto. Registraban nombre y temperatura, ofrecían mascarilla. Bajo la cúpula del espacio deportivo y sin aire acondicionado, sillas ordenadas por la extensa tarima en simetría perfecta. Megapantallas a ambos lados de los oradores. Una reunión tupperware en formato masivo. Quizá una encerrona marciana para ser abducidos hacia la nave nodriza. El director plantó una foto de los fundadores del cole y pensé que lo siguiente sería sofronizarnos antes del ataque marciano (porque ya estaba abducido por ellos). 

Ocupé un sitio lateral, no sin cierto bochorno por tener que cruzar filas y filas. Una profesora protocolaria atacaba ya su arenga en frases cortas. Pensamiento positivo, Mr. Wonderful y Nelson Mandela. No entendía el porqué de tanta justificación y autobombo, tanto argumento exculpatorio. Modelo híbrido, se oyó. Escenarios en los que combinarían la enseñanza presencial con la telemática, clases espejo, compartimentos. Todos somos ya híbridos, anoté, ya no se libra ni siquiera mi coche. La consulta médica también integra lo físico y lo virtual. Adiós pureza: todos seremos pronto seres fantásticos, unicornios, elfos, minotauros mecánicos. Las puertas abiertas filtraban apenas una corriente tímida y el calor me hacía perder la cabeza. Varias mamás se abanicaban impacientes, la exhaustividad con los datos de higiene parecía interminable y paseé la mirada por el auditorio. Un padre a mi lado repasaba sus mensajes de móvil y sentí alivio. Después me divertí examinando el nuevo color de pelo de la profe de inglés y me dije que también había picado el anzuelo de los tintes berenjena en el encierro. 

Me ahorré los ruegos y preguntas. Evitaría asistir a un posible machaque de los sufridos docentes. Además, nadie tenía que convencerme de que las clases tenían prioridad sobre cualquier cosa. Extraño país, todavía era el mes de julio y aún cabía todo, hasta la farándula y los bares. Pero los telediarios han trabajado todo el verano con partes de guerra y nadie puede evitarnos ahora un escalofrío al inicio del curso. El más incierto que se conoce.

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