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padre vicente

El cura que no era lo que parecía

El escritor Salva Alemany recupera en su última novela —Lapsus— la curiosa biografía del cura Vicente, un sacerdote famoso en Nazaret por sus buenas obras y que se dedicaba al narcotráfico y la venta de armas, y al que conoció en persona hace unos años

13/07/2022 - 

VALÈNCIA.- Hay historias que no pueden ser inventadas. O son ciertas o no existen. Son aquellas que desafían nuestra capacidad para creer en lo increíble, para aceptar lo inaudito como premisa sobre la que asentar nuestras convicciones. Porque todos, en mayor o menor medida, necesitamos algunas certezas en las que confiar, algunos conceptos simples que resulten inamovibles, asideros para soportar el vértigo de una existencia cada vez más confusa. 

Hace varias décadas me topé con una de esas historias. Sucedió en el barrio de Nazaret, al sur de València, un lugar idílico aniquilado por la ampliación del puerto de la ciudad, por la desidia política y el neoliberalismo salvaje. Un barrio de pescadores que perdió el acceso al mar y sufrió la lacra del olvido, la marginación y la delincuencia. Y fue en ese lugar donde mi progenitor tenía un local comercial vacío a mediados de la década de los noventa. Una planta baja rodeada de huertos yermos y casas habitadas por gitanos. Siguiendo instrucciones paternas acudí al barrio a colocar un cartel anunciando su disponibilidad para el alquiler. El resultado: silencio. Pasaron las semanas y nadie llamó para interesarse. Urgido por mi padre regresé al barrio para comprobar que el cartel había desaparecido.

Coloqué uno nuevo y el proceso se repitió con idéntico resultado. Cansado de colgar carteles, y de sufrir algún que otro registro policial en mi vehículo, pregunté en las casas de los gitanos de enfrente si sabían algo de la misteriosa desaparición de los anuncios. Su respuesta me dejó perplejo. Eran ellos los que hacían desaparecer los carteles. La razón: yo no podía alquilarle ese local a cualquiera. Si me interesaba alquilarlo tendría que hablar con el padre Vicente. Yo jamás había oído hablar de él. ¿Quién era el padre Vicente? ¿Por qué tenía que hablar con él si quería alquilar el local? Por respuesta me dieron unas señas en las que encontrarlo. Una iglesia en el extremo sur del barrio, donde las casas dejan paso a las huertas.

Resultó que el padre Vicente regentaba un albergue en el que acogía a inmigrantes y una iglesia en la que oficiaba misas en latín. Y así fue como lo conocí. Un hombre muy joven por entonces, que apenas superaría por unos pocos años la mayoría de edad, enérgico, de espíritu entusiasta y sonrisa fácil. Llegamos sin dificultad a un acuerdo para el alquiler del local, que transcurrió sin incidentes durante algunos meses hasta que manifestó su voluntad de adquirir el inmueble. Tampoco tuvimos problema en ponernos de acuerdo en el precio.

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 Mi padre aceptó el pago aplazado, todo facilidades para un hombre que hacía el bien desinteresadamente, que ayudaba al barrio y a sus gentes, ambos castigados por una situación dramática de abandono y olvido. Con cada vencimiento de un plazo de pago yo acudía al barrio a cobrar, donde me recibía el padre Vicente en su casa, amable, sonriente. Charlábamos de esto y de aquello y me enseñaba de nuevo su iglesia y el albergue.

* Lea el artículo íntegramente en el número 93 (julio 2022) de la revista Plaza

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