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ofendidita / OPINIÓN

“La parienta me amarga la vida” y otras simpáticas aventuras misóginas

1/05/2022 - 

Pasan las estaciones, los días, las modas, pero hay ciertos asuntos que se agarran al imaginario colectivo con la fuerza de mil millones de garrapatas. De esas cuestiones que trascienden décadas, generaciones e ideologías hay una que me resulta especialmente espeluznante: el humor de ciertos hombres heterosexuales centrado en lo mucho que odian a sus parejas y lo horrible que es vivir bajo su yugo. Ya sabéis las clásicas quejas jocosas en torno al campo semántico de “la parienta”.

Lejos de haberse quedado en una antigualla retórica, el discurso casposo de la esposa castradora que le amarga la vida al sufrido españolito medio sigue vivo y coleando. Lo tenemos en incontables obras de ficción, en sobremesas, en charlas de oficina, en gags cómicos… De hecho, hasta podríamos localizar un subgénero cinematográfico que básicamente se resume en “Tengo que ocultarle X (inserte aquí un asunto al azar, desde olvidar un aniversario hasta haberse apostado la casa y al perro en una timba de póker, da lo mismo) a mi mujer porque se mosquea por cualquier cosa y me manda a dormir al sofá”. Hay toda una tradición cultural basada en dibujar a las señoras como perros guardianes, siempre al borde del enfado, siempre con el ceño fruncido. Severas institutrices dispuestas a regañar a su novio ante la más mínima disensión. La mujer como una máquina expendedora de exigencias y reproches. La parienta te amarga la vida, te tiene atado en corto, te abronca y reprime. Con la parienta no se puede razonar porque ya sabéis cómo se ponen las mujeres, se lo toman todo a la tremenda.

También entran en este saco infecto esos comentarios que hablan del matrimonio (o, en su defecto, de una relación estable a largo plazo), como una prisión en la que una tía te tiene encadenado y a su merced. Si queréis descender a los infiernos visuales, poned en Google Imágenes “Te casaste, la cagaste” y dejaos perturbar por el numeroso merchandising de despedida de soltero que gira en torno a desdeñar a tu novia. “Aprovecha mientras puedas, que en cuanto te echan el lazo se acaba lo bueno”, muñequitos de la tarta de boda en el que el novio intenta escapar y ella le retiene. Graciosísimo. ‘La jefa’ a la que rendir cuentas, menudo carácter tiene.

Antes de seguir: ya sé que no todos los hombres piensan y actúan así, pero este artículo va de los que sí lo hacen y del marco en el que se ejecutan esos hábitos. Sí, José Antonio, seguro que tú cuidas mucho a tu mujer porque las mujeres son lo más bonito del mundo, no hace falta que me lo cuentes. Sí, también hay mujeres que critican a sus maridos, pero no existe una mitología humorística centenaria sobre lo horrible que es tener un esposo que te pida escucharle y compartir las tareas del hogar, mira tú por dónde. Venga, siguiente.

Cuando hablamos de esas estructuras que han conformado durante siglos la conversación pública, nada es casual. El tópico de la parienta carcelera se inscribe en la narrativa misógina que afirma que toda mujer (excepto tu madre) es, por definición, mala. Controladoras, perversas, manipuladoras, frígidas o ‘muy sueltas’, mentirosas, iracundas, irracionales, frívolas, caprichosas, volubles, irascibles. Culpables, en cualquier caso. La mujer como problema. Por ello, la intimidad con una fémina supone para estos señores una trampa encubierta. En cuanto se descuidan, ¡zas! caen en sus redes a base de pérfidos engaños femeninos y se ven abocados al horror de la pareja y el compromiso. De paso, se ridiculiza a la mujer que manifiesta su descontento. Sus protestas quedan invalidadas, convertidas en la enésima pataleta de “una histérica que te monta pollos por chorradas”.

Para esos sujetos, la mujer que todavía no han ‘conseguido’, la conquista pendiente, el objeto de deseo aún no alcanzado, es una promesa, un aliciente, un reto que azuza las ansias de sumar otra muesca en el cinturón del gañán genérico número 6. En cambio, una vez consumada la caza, cuando esa misma señora demanda, qué sé yo, responsabilidad afectiva, limpiar la cocina, que no la trates como a una versión sofisticada del Robot Emilio o que te encargues de alguno de los 670 recados pendientes en vez de pasarte la tarde de birras con los del pádel, se convierte en una bruja, un coñazo de pava, la policía. Cuidar a la persona a la que se supone que quieres y compartir la gestión de una vida en común es visto como un castigo, una carga que los señores llevan con resignación.

Y, claro, frente a esa mujer inmisericorde, la franca camaradería masculina se erige en espacio de salvación. El club de chicos, los colegas con los que realmente te lo pasas bien y no esa señora con la que decidiste tener dos hijos y ahora espera que los cuides de vez en cuando y, encima, que bajes la basura sin que te lo tenga que recordar. Menuda sargenta está hecha. La parienta te riñe y te coarta, los amigos son todo comprensión. Tus auténticos compañeros de vida, con ellos eres libre para ser tú mismo.

Tu novia te cae mal, admítelo

No tiene pinta de que vaya a pasar, pero en algún momento estos tíos deberían admitir que no les caen bien las mujeres en general  (como ya explicó Lucía Lijtmaer) y aquellas con las que mantienen vínculos románticos en particular. Las desean como trofeo, les encanta disponer de su cuerpo, les van bien cuando necesitan asistenta, terapeuta o enfermera gratuita y disponible 24/7. Pero no les gustan como seres humanos, no las admiran, no les interesan sus anhelos o frustraciones. Sus aficiones les parecen absurdas y ridículas, sus opiniones les resultan irrelevantes, consideran sus apetencias y sentimientos una condena. No quieren pasar tiempo con ellas.

No sé, si tanto asco le tienes a esa tía con la que cenas cada sábado, si tan constreñido te sientes en tu relación, si tan antipática y aburrida te parece tu novia, si en realidad ansías perderla de vista, déjala y trata de de encontrar a otra chica con la que te sientas más a gusto. Puedes romper con ella, no hay ninguna maldición que te lo impida. Y, si tanta envidia te dan tus amigos solteros, te voy a contar un secreto: no es obligatorio que estés saliendo con una mujer que te haga profundamente infeliz. Liberador, ¿eh?

A no ser que en realidad el problema no sea esa chica en cuestión, sino que tú eres un misógino de campeonato y vas a sentir el mismo desprecio hacia cualquier otra muchacha con la que logres aparearte. El ligue de hoy es la parienta de mañana, pobrecito, vaya sufrimiento.

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