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La compañía La Catrina invita a un viaje al fondo, la forma y los prejuicios de la locura

Desirée Belmonte expone en La caja el estigma que sufren las personas con una percepción alterada de la realidad

20/04/2022 - 

VALÈNCIA. La nueva obra de la compañía La Catrina nace de una frustración, la de no poder compartir una vivencia íntima por los prejuicios con los que la sociedad encaja las enfermedades mentales. Tras despuntar como finalista en autoría y espectáculo revelación en los Premios Max con su anterior montaje, Homenaje a una desconocida, la directora Desirée Belmonte dedicó un año a profundizar en la que iba a convertirse en su próxima propuesta de teatro documental autobiográfico. La pieza iba a girar en torno a la experiencia de una mujer muy cercana diagnosticada con un trastorno psiquiátrico, pero en el momento en el que la dramaturgia empezó a materializarse, su protagonista dio un paso atrás.

La autora aparcó el proyecto con una dolorosa comezón: “Me pasé una larga temporada convencida de que no tenía sentido continuar sin ella, pero aquella investigación había despertado una necesidad social y poética de hablar sobre el universo de las personas que perciben la realidad de una manera distinta, porque he percibido que la idea de normalidad es un invento social para englobar ciertos comportamientos que conforman un orden establecido”.

Un encuentro fortuito reavivó aquella llama. Belmonte se cruzó con Mabel, una amiga que durante la adolescencia estuvo en boca de su entorno por sus brotes psicóticos. Al saber de su parálisis creativa, su conocida, hoy diagnosticada con un trastorno bipolar tipo 2, le dedicó unas palabras cruciales: “Si necesitas otra loca, cuenta conmigo”. 

Aquella invitación, tan cruda como autoparódica, reactivó lo que hoy es La caja (donde la realidad pierde sus límites), cuyo estreno está previsto el próximo 21 de abril en Carme Teatre, donde permanecerá hasta el 2 de mayo.

Dos locos sentados en un banco

El montaje cuenta con los testimonios de otras dos personas. Una de ellas es Víctor, un hombre al que Desirée conocía de vista en el barrio del Carmen por haberle llamado la atención sus largas faldas de colores. 

“Tiene tics y obsesiones de todo tipo. A veces cree que soy una enviada de su familia para que acepte cobrar una herencia. Vive en la calle y duerme en la playa; se ducha y se afeita en el mar. Lleva todas sus pertenencias en una bolsa, no quiere nada material”, explica Belmonte, quien cuida mucho sus palabras al referirse al sin techo, porque no quiere enmarcarlo.

Víctor nunca ha pisado un psiquiátrico ni le ha interesado etiquetarse. Su caso es uno de los muchos temas en los que ahonda la pieza, el de las personas que no quieren ser diagnosticadas.

A su lado, en el sentido real y figurado, la actriz y dramaturga ha descubierto la exclusión que sufren los y las aquejadas de desórdenes mentales. “Cada vez que me siento a su lado y veo cómo nos mira la gente, vivo en mis carnes el miedo que inspiran las personas que están fuera de los parámetros establecidos como convencionales”.

Su tercer sujeto de investigación se refería a menudo a ese estigma en sus grabaciones. Vicente Rubio era un productor audiovisual responsable de cortometrajes y documentales que acumuló horas y horas de material donde registró su experiencia personal con la esquizofrenia. 

En sus propias palabras, aunque los medios presenten a las personas con enfermedades mentales como potenciales asesinos, solo el 3 por cierto ha cometido algún delito.

Perspicacia y caos

El día que se estrena La caja se cumplen cinco años de la muerte de Rubio. El mosaico de caos y lucidez que fue su vida a partir de los 33 años, edad en la que sufrió su primer brote, está desgajado en la obra entre extractos de sus películas y los testimonios de su mujer, su hermana pequeña y su mejor amigo, Miguel Ángel.

“Sus palabras estremecen, es la verdad del loco. Vicente era una persona muy culta, muy inteligente y tenía una mente creativa brutal, que puso al servicio de la salud mental”, explica la directora, que destaca cómo el fallecido intentó tratamientos alternativos para prescindir de la química, su trabajo en la Radio Yananá (colectivo que participará en un coloquio el día 29) y su papel como portavoz de la Confederación Salud Mental España.

Miguel Ángel revela que Rubio tenía la capacidad de poner un espejo incómodo frente a las personas, “exigía honestidad y lamentaba que el ser humano, capaz de lo más maravilloso, estuviera convirtiendo el mundo en una ciénaga”. Belmonte no descarta dedicarle a Vicente por completo su próxima obra.

Tres estrellas y una astronauta

El título de la propuesta responde a varias lecturas. Por un lado al mito griego de Pandora y los demonios que contenía su caja, y por otro, a la idea de pensar fuera de la caja, “animamos a los espectadores a salir de su zona de confort y a coquetear con otras maneras de percibir”, avanza Belmonte.

El punto de partida, sin embargo, es el de un proyecto teatral que llevaron a cabo Miguel Ángel y Vicente. Juntos construyeron un gran recipiente donde el segundo recitaba La vida es sueño. Unas mirillas permitía a los transeúntes mirar lo que había en el interior y juzgar si el intérprete merecía salir fuera de aquella caja. 

En el escenario de Carme Teatre habrá cuatro instalaciones, una por cada uno de los retratados, y la última, al trabajo de documentación de Desirée, que orbita alrededor de Mabel, Víctor y Vicente, y reúne apuntes, cintas de ochos milímetros, medicación y objetos de todos ellos.

En su diseño y construcción la han ayudado Carlos Molina y Sebastián López, de LumiereScene y Space Circles, respectivamente. Estos artistas de la luz y la percepción han trabajado con materiales fotosensibles, vidrios dicroicos, luces y espejos para recrear los universos del trío protagonista. 

Rumbo a Venus

La presentación de cada uno de los personajes se plantea como un viaje espacial. El de Mabel, va desde el sol hasta su enclave favorito en el mar, la playa del Portixol. 

Cuando sufre episodios de desconexión con la realidad, baila con el sol. La entrevistada comparte con la cámara que a menudo le embarga la sensación de poder mover el astro rey con la mente. También entra en detalle en sus traumáticos ingresos en hospitales. 

Su brutal honestidad y el universo paralelo al que se transporta cuando percibe el entorno de una manera alterada han inspirado una instalación sobre el escenario plagada de luces y espejos.

El viaje para presentar a Víctor va desde su estrella favorita, la más brillante de la constelación de Tauro, Aldebarán, hasta la plaza de los Pinazo, “donde se sienta a ver la vida”. Y el de Vicente, desde Venus, por un viaje en el que partió en busca del amor, hasta el sanatorio de Santa Faz, donde acabó sus días.

“Nuestra caja aparenta ser algo que no tiene valor. De hecho, físicamente, es de madera, de contrachapado, pero por dentro es el universo que conforma la mente humana, desde lo más caótico hasta la lucidez más absoluta que nos habita a todos, no solo a las personas que perciben la realidad de una manera distinta a los demás”, describe Desirée.

Al término de cada función, la audiencia puede visitar esas cuatro instalaciones que han terminado conformando una galaxia onírica, de seres que como Rubio empleaba con sus hijos para describirse a sí mismo “sueñan despiertos”. 

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