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LOS DADOS DE HIERRO / OPINIÓN

El Biden Deal

Foto: EFE/EPA/Oliver Contreras/POOL
16/05/2021 - 

A estas alturas, Joe Biden ya ha superado sus 100 primeros días como presidente de los Estados Unidos, y se puede empezar a evaluar lo que su presidencia puede dar de sí. Y lo cierto es que ya ha salido con toda una batería de medidas bastante sorprendentes. Muchas son simples reparaciones tras el paso de Donald Trump cual elefante por la cacharrería, como volver a los acuerdos climáticos de Paris, volver a la Organización Mundial de la Salud, o mejorar las relaciones con México después de cuatro años de “Build the Wall”. Pero luego hay otras que quizás nadie se esperaba, como aumentar (tímidamente) el cupo de refugiados, la liberación de patentes de la vacuna de la covidia para que países del tercer mundo puedan producirla, o su intención de subir el salario mínimo federal a 15$ la hora. Pero aparte de todo esto tiene un plan enorme (para lo que se ha estilado desde que estalló la crisis de la covidia, otros economistas más heterodoxos creen que es insuficiente) de empleo e inversiones, de 4 trillones de dólares, a financiar mediante impuestos a “los ricos” (los que ganen más de 400.000$) y una subida del impuesto de sociedades a un 28%. Esto ha ido acompañado de una propuesta para un mínimo mundial del 21% en dicho impuesto (por comparar: en España nominalmente está al 25%, pero gracias a ingeniería contable y exenciones lo que pagan las grandes empresas es muchísimo menos).

Cosas similares estaban hace ya cinco años en el programa de Bernie Sanders, frenado en aquella ocasión por el partido con todas las jugarretas posibles. El partido temía que Trump pintase a Sanders como “socialista”, y prefirió poner a una moderada, Hillary Clinton. Una candidata que era puro establishment… en las elecciones más anti-establishment en décadas. Así salió la cosa. Ahora, ese mismo partido está viendo sin decir ni mu como el centrista Biden está sacando adelante esas mismas medidas “socialistas” (bueno, quizás dos tercios de las mismas, y por supuesto sin recortes al Pentágono ni nada similar). Los republicanos, claro está, sí están hablando de la llegada del comunismo, pero esta vez no está colando. Y además todos saben que dirían lo mismo si el presidente fuese el billonario Bloomberg.

En algunos aspectos, Biden recuerda a Franklin Delano Roosevelt, el presidente más progresista que jamás durmió en la Casa Blanca. Ambos han sido tanto tiempo los niños bonitos del sistema que prácticamente son el sistema, ambos se conocían todos los trucos, ambos siempre pusieron su supervivencia política por encima de cualquier otra consideración, y ambos tenían una idea muy clara y precisa de qué se puede hacer (y qué no) dentro del sistema. Por eso, que Biden a la chita callando esté yendo contra 40 años de Reagonomics es bastante significativo: lo hace porque cree que se puede hacer y que no le supondrá un coste político (o al menos anunciarlo, que de ahí a poder aplicarlo en el sistema americano hay un trecho). Esto, en cierto modo, también es un clásico del sistema americano: que un cambio de rumbo puede hacerse totalmente natural cuando lo lidera un político con impecables credenciales en contra. Solo un multimillonario aristocrático como Roosevelt pudo pasar un programa tan “socialista” y populista como el New Deal; solo Richard Nixon pudo ir a China y retirar las tropas de Vietnam; solo un moderado como Biden, un varón de raza blanca que ha sobrevivido a once elecciones desde 1972 alineándose siempre con el centro político, puede implementar una versión light de socialdemocracia europea multicultural y diversa (que no es poco, si tenemos en cuenta que en Europa eso ya ni siquiera existe como tal).

Foto: EFE/EPA/TASOS KATOPODIS/POOL

Otra razón de que Biden pueda tomar este rumbo es que dicho rumbo no encuentra ahora mismo una gran oposición. Parece que las élites estadounidenses le han visto las orejas al lobo con la presidencia de Donald Trump (lograda, no se olvide, en gran medida contra dichas élites, aunque luego estas hayan buscado su acomodo, como siempre hacen) y el asalto al Capitolio, y estarán dispuestas a hacer ciertas concesiones: ya no estamos en los alegres y neoliberales años 90, cuando Bill Clinton creó el NAFTA y centenares de empresas exportaron sus puestos de trabajo a las maquiladoras en el lado barato de la frontera mexicano-estadounidense. En contra de lo que se dijo (que esto elevaría el nivel de vida de todo el mundo), esta devaluación encubierta de la fuerza laboral americana ha resultado en el enriquecimiento de unos pocos y en el empobrecimiento de muchos, lo que ha metido el miedo en el cuerpo a bastantes más. Miedo al desclasamiento, al descenso social, a la marginación. Trump fue en muchos aspectos un payaso, la traslación a la política de las formas y el lenguaje de la televisión más chabacana. Pero demostró que se podía organizar políticamente dicho miedo hasta llegar a la Casa Blanca. Si no queremos que esto lo repita alguien más listo, capaz y peligroso, parecen haber concluido las élites, hay que dejarle vía libre a Biden para combatir los peores excesos.

Y Biden a su vez se conoce lo bastante el percal como para saber que las reformas gordas hay que pasarlas el primer año y luego resistir. El sistema político americano no es muy amable con los partidos en el poder. Bill Clinton perdió ambas cámaras a los dos años de ganar. Lo mismo Barack Obama. Con George W. Bush el predominio republicano aguantó seis años, 11S y burbujas financieras mediante, pero Trump sí perdió el Congreso a los dos años. Todo esto es en parte consecuencia de la polarización del sistema y de los votantes, algo a su vez bastante complejo y que tiene que ver con la economía y la evolución de los medios de comunicación en la era digital. Anteriormente, un presidente solía ser capaz de lograr acuerdos con congresistas y senadores del otro partido. Los demócratas tuvieron mayoría en el Congreso desde 1954 hasta 1994, pero eso no impidió presidentes republicanos como Eisenhower o Reagan. Incluso Nixon y Bush padre lograron pasar buena parte de su programa político, pese a que sus presidencias coincidieron de principio a fin con un dominio demócrata en ambas cámaras. Hoy las divisiones entre partidos están demasiado enquistadas.

Barack Obama. Foto: Europa Press

Parte del fracaso de Obama como presidente se debe a que quiso volver a ese mundo feliz, sin darse cuenta de que ya pasó. En 2008 Obama podría haber hecho sin problemas lo mismo que está haciendo Biden ahora. Incluso –tras George W. Bush y la Gran Recesión- podría haber ido mucho más lejos. Quizás nos hubiésemos ahorrado muchos de los problemas de los últimos doce años, pero Obama llegó obsesionado con “reconciliar” a América, tender la mano a los republicanos, y no pisar callos. El resultado fue que todo su capital político, y el control de los demócratas sobre ambas cámaras, se dilapidó en el Obamacare, una pacata reforma del sistema sanitario que dejaba “solo” a 28 millones de americanos sin seguro médico. Todo para nada, porque en el otro lado no había nadie dispuesto a tomar la mano de la reconciliación. En su lugar, una primaria tras otra encumbró al candidato republicano que más bramara contra la “sanidad socialista” y más pusiera en duda la propia legitimidad de Obama –inelegible por no ser estadounidense de nacimiento, como afirma el movimiento birther, y además supuesto musulmán encubierto- como presidente. Candidatos que luego eran elegidos al Congreso –gracias, gerrymandering- y que culminaron en Donald Trump, birther de primera hora. Y en la paranoia actual de que Biden “robó” las elecciones, que ningún republicano puede poner en duda si no quiere perder sus primarias locales bajo el bombardeo masivo de tweets de Bush y de los medios de comunicación de la derecha radical.

De la Historia siempre se puede aprender algo, y Biden se graduó en Ciencias Políticas e Historia. Y lo que no aprendiera en la universidad, lo aprendió a los pies de Obama, y parece haber sacado la siguiente conclusión: si no sirve de nada ofrecer la mano a los políticos republicanos, ofrezcámosela a sus votantes. Mejoras en los servicios públicos y las infraestructuras, así como subidas de impuestos a los ricos, son muy populares, también entre republicanos. Una huida de votantes hará bastante más por moderar a los republicanos que todas las manos tendidas.

(Y por supuesto, este retorno del estado a la economía también tiene otras razones: la iniciativa privada no va a revertir la erosión del prestigio y del soft power americano, ni va a parar el ascenso de China al liderazgo mundial. Para defender la hegemonía americana parece que ya hace falta meter mano más directamente. Que el libre mercado está muy bien… hasta que empiezan a ganar los otros).

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