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'El prisionero', cautivo de sí mismo

El prisionero fue una serie vanguardista a todos los niveles. Por su estética, sus planteamientos, sus diálogos casi teatrales. Con ella nació un nuevo modelo narrativo en el que la lógica era lo de menos

13/04/2022 - 

VALÈNCIA.- A mediados de los años sesenta, el actor Patrick McGoohan se hallaba en una buena situación profesional. Hijo de padres irlandeses pero nacido en Nueva York, se estableció en Inglaterra donde hizo teatro, cine y televisión. El éxito le llegó en 1964 con la serie Secret Agent, que en Estados Unidos fue retitulada como Danger Man y en España fue estrenada como Cita con la muerte. Durante una estancia vacacional en el Hotel Portmeirion, un resort situado en la costa galesa, McGoohan se quedó prendado de las instalaciones que daban forma al lujoso hotel que casi parecía una recreación a pequeña escala de la población italiana de Portofino.

La construcción era obra de Sir Clough Williams-Ellis, un arquitecto galés que llegó a estar tan obsesionado con aquel trabajo que pasó casi cincuenta años perfeccionándolo. En el Portmeirion se habían alojado George Bernard Shaw, Bertrand Russell y Noel Coward. Fue allí donde, obsesionado con conceptos filosóficos y políticos, McGoohan desarrolló la idea que le llevó a crear El prisionero, una de las series más inclasificables de la historia de la televisión occidental.

El prisionero fue una apuesta arriesgada. Se estrenó en 1967 y constó de una única temporada compuesta por 17 capítulos. McGoohan fue su protagonista, aunque también anduvo metido en las labores de dirección y guion, casi siempre usando seudónimos. En pocas palabras, aquel era su show y desde el principio quiso tener el máximo control sobre él. Eso le llevó a pelearse en varias ocasiones con el guionista oficial, George Markstein, que estaba empeñado en que  fuera una serie de espías convencional.

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Pero McGoohan solamente contemplaba el espionaje como la excusa para crear una historia que le permitiera hablar de la libertad del individuo en la sociedad moderna. Esa era, básicamente, la temática sobre la que giraba El prisionero. Su planteamiento aparecía ya en los títulos de crédito y, por lo tanto, se repetiría cada vez que un nuevo capítulo llegaba a la pantalla.

Un agente secreto —más tarde se descubrirá que se trataba de John Drake, el protagonista de Cita con la muerte, un espía que podría haber sido compañero de James Bond— se presenta en la oficina de su jefe y presenta su dimisión irrevocable. Luego vuelve a su piso dispuesto a hacer la maleta y tomarse unas vacaciones. Pero en lugar de eso, es sedado y secuestrado. El espía despierta en un lugar llamado El Pueblo. Allí dejará de tener un nombre para convertirse en un simple número, el Número Seis, y habrá de responder a interminables interrogatorios acerca de los motivos que le llevaron a presentar su dimisión. ¿Lo han secuestrado sus enemigos? ¿Lo han secuestrado los suyos? Hasta el final no habrá respuesta a esas u otras preguntas.

* Lea el artículo íntegramente en el número 90 (abril 2022) de la revista Plaza

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