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gastronomías de barrio

Comer de cara al mar, El Cabanyal

Asentamiento de pescadores, municipio independiente bajo el evocador nombre de Pueblo Nuevo del Mar, zona de veraneo de la alta burguesía valenciana, objeto de enfrentamientos políticos y estandarte de la lucha y la participación vecinales

Por | 13/05/2016 | 7 min, 33 seg

El Cabañal ha moldeado su identidad a base de no renegar de sus raíces, humildes y marineras, y de resistir ante los derribos y el abandono a los que ha sido sometido. Esa personalidad se ha trasladado a su gastronomía. Dicen que el Cabañal es el nuevo Ruzafa. Imposible. Los que tienen el privilegio de vivir a cinco minutos de la Malvarrosa lo saben. Ruzafa no tiene, ni nunca tendrá,mar.

Se debe empezar el día (o acabar la noche, según cada cual) desayunando en alguna mesa desde la que contemplar el horizonte azul del Mediterráneo. Hay que evitar, en lo posible, los espantosos locales que pueblan el paseo marítimo, pseudo restaurantes a la caza del turista de alpargata. Aunque nos salgamos de los límites estrictos del Cabañal e invadamos la vecina Patacona, una de las mejores terrazas es la de La Más Bonita. Allí uno tiene que dejarse llevar por el placer de un desayuno como mandan los cánones: tostadas, café y zumo natural, pero también huevos fritos, bacon, bollería casera, tortitas y algunas tartas soberbias. Para los que no puedan escapar a la dictadura de la báscula, también hay desayunos saludables a base de fruta, yogurt y cereales.

Otra opción más modesta, pero igual de válida es sentarse en la terraza de la heladería Glasol, no la que da a Eugenia Viñas, sino la que mira a la calle del Mediterráneo, más agradable y recogida. Hay que pedir pan tostado con tomate, un zumo de naranja y dirigir la mirada hacia el este tratando de imaginar cómo sería el Balneario de La Arenas a principios del siglo XX, con esa piscina coronada por un trampolín inmortal gracias al mítico cartel de Renau, con las casetas de baño en la playa y los merenderos que posteriormente se convertirían en los primeros restaurantes de referencia, como La Marcelina o a La Pepica. Hoy por cierto, sepultados, gastronómicamente hablando, por el éxito de antaño.

Antes de que la playa se abarrote, uno ha de aprovechar y pasear por la orilla, mojarse los pies y todavía con la arena pegada a la piel, dirigirse hacia el Mercado del Cabañal y detenerse a hablar con los dependientes de las paradas de pescado que abastecen de género a los bares y restaurantes de la zona. La otra joya del barrio es el Mercado del Grao, situado detrás de las Atarazanas, uno de los mejores ejemplos de los desmanes políticos que ha tenido que soportar el Cabañal en los últimos años y donde apenas quedan abiertas unas pocas paradas.

Al mismo tiempo que unos dejaban que el Cabañal se desangrara, otros trabajaban para que el antiguo barrio de pescadores siguiese latiendo. Buena muestra de ello es la calle del Cristo del Grao, pegada al citado mercado, donde han proliferado tres locales que han devuelto la vitalidad a la zona. La Bodega La Peseta es uno de los más concurridos, una tasca que ha sabido conservar el sabor de la bodega original fundada en 1906, donde quedar a la hora del aperitivo y degustar alguna de sus variedades de tortillas, desde la clásica de patata, calabacín o embutido.

En el bajo de al lado se ubica La Fábrica, un bar de estética industrial que ofrece comida tradicional y en la que los perros son bienvenidos. En el momento en que se escriben estas líneas, La Fábrica permanece cerrada por obras. A continuación, Nehuen, una tasca vegana con una propuesta muy interesante que ofrece un menú diario delicioso por 9 euros, pan, bebida y postre incluidos. Uno de los más veteranos en esta bendita costumbre del aperitivo es La Paca, uno de los primeros bares que apostó por la recuperación del barrio hace ya ocho años, con una oferta donde, una vez más, la tradición se mezcla con ideas más actuales y arriesgadas que lo han convertido en un lugar imprescindible. Aunque si hablamos de un emplazamiento legendario, hay que nombrar a La Pascuala, quintaesencia del esmorzaret valenciano con unos bocadillos kilométricos de carne de caballo ante los que caer rendido.

Si se quiere seguir de tapas sin olvidar la raíces cabañaleras, hay que encaminarse a Ca La Mar donde a uno le espera una cocina típica valenciana, con pocos artificios y buena calidad. Titaina de atún, buñuelos de bacalao o salazones y un plato del día, a base de arroces, guisos o pasta con una relación calidad/precio bestial. En esta misma línea trabaja la Taska La Reina, la última en abrir, una casa con una preciosa fachada de mosaico que ha sido rehabilitada y decorada con gusto para ofrecer platos marineros muy bien elaborados, desde fritura de pescado, cazón en adobo, clótxinas o uno de sus productos estrellas, el pulpo cocinado en sus múltiples versiones (a la brasa, seco o guisado).  Un detalle importante para padres, hay zona para que los niños pinten y jueguen mientras se disfruta de su estupenda cocina. Los fines de semana preparan brasas.  Es puro Cabañal.

Dejemos de lado la despreocupada informalidad de las tapas y pongámonos serios. Toca hablar de paella. Y ya se sabe que hasta el valenciano más pacífico del mundo puede terminar en la cárcel si algún imprudente se atreve a discutir la posibilidad de incluir guisantes o pimientos a nuestra aportación gastronómica más universal. Con la paella no se juega. Por eso, aunque la oferta es amplia y variada, hay que saber elegir  ya que los resultados en el barrio son muy desiguales. Dos aciertos seguros son Casa Carmela y De tot un poc. El primero es uno de los templos del arroz, lleva preparando paellas a leña desde 1922 y uno de sus clientes habituales era Vicente Blasco Ibañez. Manuel Vicent habla de este restaurante en ese viaje iniciático por la Valencia de los 50 en su Tranvía a la Malvarrosa. De Tot un poc es un pequeño local en el que el producto es el rey. A destacar su paella valenciana y alguno de sus arroces, como el del senyoret o el de boquerones y espinacas.

No se puede hablar de gastronomía en el Cabañal sin citar dos lugares míticos. El primero es Bodega Casa Montaña, probablemente uno de los locales con más encanto de la ciudad, que todavía conserva la esencia de la bodega fundada en 1836. A Montaña hay que volver de vez en cuando y dejar que sus paredes y bidones nos hablen de la historia de la ciudad mientras catamos sus patatas bravas, sus conservas o su montadito de brandada de bacalao.

Casa Guillermo es otra institución en Valencia. En su barra se puede disfrutar de unas anchoas del Cantábrico de merecida fama.

Las nuevas generaciones que habitan el Cabañal lo tienen muy claro. Entre conservar o derribar, entre recuperar o especular, eligen lo primero. Con esta filosofía nació La Fábrica de Hielo, una antigua nave donde se producía el hielo que necesitaban las barcas de pesca. El lugar se ha rehabilitado respetando su singularidad y en pocos meses se ha convertido en un espacio de vertebración del barrio. Se puede tomar una copa y asistir a cualquiera de las numerosas actividades que organiza, conciertos, exposiciones o exhibiciones  para adultos y niños.

  Cruzando Eugenia Viñas y bajo una discreta fachada se esconde el Atelier  del Bous, un proyecto cultural autogestionado con un acogedor patio que abre los fines de semana y que antiguamente servía como cobijo a los bueyes que se utilizaban para sacar las barcas de pesca del mar. Una estampa inmortalizada por el pintor Joaquin Sorolla, que dicen utilizó esta casa como almacén de algunos de sus cuadros. 

El Cabañal es probablemente el barrio con más personalidad de la ciudad. Tras años de olvido, parece renacer, aunque la realidad es que nunca llegó a morir del todo. Su propuesta gastronómica, basada en el respeto por sus orígenes marineros, es una de las principales responsables de que por fin Valencia, ahora sí, viva mirando al mar.

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