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portada de la revista plaza

Adela Cortina: «En lugar de criticar a Vox deberían analizar por qué nace»

La catedrática de Ética conversa con Plaza sobre los populismos, la libertad de expresión, la aporofobia, el feminismo... y la democracia, que asegura que «está en peligro» por la imparable difusión de fake news

30/01/2019 - 

VALÈNCIA.-A Adela Cortina (València, 1947), catedrática de Ética de la Universitat de València, le llueven los reconocimientos en los últimos años: Premio Nacional de Ensayo con la obra ¿Para qué sirve realmente la ética? (2014); Alta Distinción de la Generalitat (2017); Premio Derechos Humanos de la Fundación Abogacía Española (2018); premio Antonio de Sancha de la Asociación de Editores de Madrid (2018) y varios doctorados honoris causa, los últimos, por las universidades de Deusto y Salamanca. Directora de la Fundación Étnor (Ética de los negocios y las Organizaciones Empresariales), que cofundó en 1994, Cortina es autora o coautora de una treintena de libros —si se leyeran más, el mundo sería mejor—  e 'inventora de palabras', que diría Camilo José Cela. En 2017 publicó Aporofobia, obra que analiza un defecto humano, el rechazo a los pobres, sobre el que venía trabajando más de veinte años bajo ese término que inventó al no encontrar ninguno válido en castellano. Ese mismo año, la Fundéu eligió 'aporofobia' como palabra del año y la RAE la incluyó en el Diccionario. La charla con la filósofa podría ocupar toda la revista, pero la limitación de espacio nos obliga a escoger algunos temas con sus más que interesantes opiniones. La primera de todas, por qué no tiene teléfono móvil. ¿No será una tecnófoba?

— No soy una tecnófoba en absoluto. Me parece que  la tecnología es una cosa fantástica y ojalá progresara muchísimo más. Es una apuesta por la libertad, o por una pequeña cuota de libertad. La verdad es que me molesta que me encuentren a todas horas y en todas partes; me gusta ir en el tren leyendo tranquilamente y sin que alguien me esté llamando. Ya con el correo electrónico me sobra para contestar. Así me ahorro una cantidad de interlocuciones que creo que me da una sensación de libertad. Ya sé que en ocasiones es un problema porque en este momento yo llamaría y entonces aclararía... pero haciendo el balance, tengo la sensación de que es mejor librarse de esa agresión continua que viene de fuera durante mucho tiempo y perder algunas oportunidades, que tampoco es tan dramático. Lo decidimos Jesús [Conill, su marido] y yo. Estamos desbordados por el correo electrónico y no damos abasto. Es vedad que cada vez mandan más cosas por whastApp, así que algún día acabaremos cayendo, pero de momento tenemos una cierta libertad. Creo que mucha gente se lo puede permitir, pero no se lo ha planteado.

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Libertad de expresión y delitos de odio 

— Los delitos de odio los hay con y sin redes sociales; siempre ha habido gente que ha insultado o dañado a otros a través del discurso y del lenguaje. Los discursos de odio probablemente sean tan viejos como la Humanidad, pero las redes sociales ahora les dan una difusión más rápida y llegan más lejos. Por otro lado, hay una polémica muy grande sobre hasta dónde se puede permitir un discurso de odio sin limitar la libertad de expresión, que es sagrada en una sociedad abierta pero no es incondicionada; tiene límites. Llega un momento en el que hay que proteger determinados bienes jurídicos y hay que limitarla. EEUU es mucho más permisivo que Europa, donde durante mucho tiempo ha habido problemas, sobre todo a raíz del discurso antisemita que llevó al Holocausto, por eso siempre se ha tenido más temor. Es una polémica desde el punto de vista jurídico: los jueces buscan criterios para discernir cuándo a un discurso se le puede llamar ‘de odio’. Pero es difícil saber cuándo alguien está movido por el odio y cuándo empieza a ser delito. También hay algo muy doloroso, y es que según la fuerza del grupo que recibe el daño también se le atiende más o menos. Hay una desigualdad bastante grande.

* Lea el artículo completo en el número de enero de la revista Plaza

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