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La vuelta a casa

Foto: THEN CHIH WEY / XINHUA NEWS / CONTACTOPHOTO
1/09/2022 - 

La primera vez que estuve en Tokio tuve una sensación curiosa al volver. Fue llegar al aeropuerto de Barajas y empezar a ponerme nervioso por el caos. Por la gente colocada de cualquier manera en las escaleras mecánicas interrumpiendo el paso de aquellos que tenían prisa. Por la entrada desordenada al metro, en ocasiones sin dejar que saliesen primero los que había dentro y, sobre todo, por el ruido en los vagones. De los móviles –pitidos, llamadas, alguien que ve un vídeo sin bajar la voz– pero también de las conversaciones a un volumen demasiado alto. La cosa no mejoró cuando en Atocha me senté en un bar para tomar un café mientras esperaba mi tren a Valencia. Lo primero, una colilla lanzada al suelo. Lo segundo, una mujer pidiendo dinero que se acercó a mí. Eso hizo que, accionado por un resorte, guardara en mi bolsillo el teléfono que estaba sobre la mesa. Un gesto que jamás había hecho en Tokio, donde nadie va a robarte.

Como lo oyen: nadie va a robarte. 

Ni a tirar nada al suelo. Si tienen algo que tirar y no hay papelera lo meten en el bolso hasta llegar a casa. 

Ni a molestar en el metro. El móvil en silencio y la conversación con el de al lado casi con un susurro. 

Supongo que es algo parecido a lo que ocurre cuando pasas unos minutos en el interior de una cámara anecoica: al salir afuera cualquier sonido es estruendo. De la misma manera, al volver de una ciudad tan ordenada, segura y limpia como Tokio, donde la gente es sumamente respetuosa con los demás, mi sensación fue de caos, suciedad y desconsideración allá adonde mirara.

Metro de Tokio. Foto: AMES MATSUMOTO / SOPA IMAGES VIA / DPA

Acabo de llegar de Singapur y de nuevo he sentido que tenemos mucho que aprender de algunos países. Lo he comentado en redes y rápidamente han contestado muchas personas diciendo que ellos también deben aprender muchas cosas de nosotros. Y rápidamente me han hecho un listado de todos los defectos de este pequeño país asiático. Como si fuese un asunto personal en defensa de España.

¡Por supuesto que no son perfectos! Japón es profundamente machista y hay un exceso de protocolos en las relaciones sociales, lo que deriva en cierta hipocresía en el trato con los demás. En Singapur puedes acabar con una pena de muerte por tráfico de drogas y, como en casi todos los regímenes ultraliberales, si eres trabajador inmigrante eres solo mano de obra sin apenas derechos. Pero yo no hablaba de copiar un modelo entero. Hablaba de imitar aquellas cosas que son mejores. 

Y sobre todo hablaba (y este es el verdadero tema de este artículo) de no creernos que vivimos en un paraíso de libertades y democracia. El gobierno de Singapur es casi una dictadura, me decía un amigo. Y es verdad que, aunque hay elecciones, solo ha gobernado un partido desde la independencia. Primero el padre y luego el hijo, como si fuera Corea del Norte (o el Castellón de los Fabra) pero nada que ver porque allí la gente se muere de hambre y Singapur está entre los diez primeros países del mundo en el PIB per capita

Singapur. Foto: BERND VON JUTRCZENKA / DPA

Acabo de recordar que a finales de los noventa visité Irlanda y alguien me dijo que no fuera, que era un país muy inseguro porque había terrorismo. En ese momento los atentados de ETA eran algo tristemente habitual. Me hizo gracia que esa persona viese un peligro en Irlanda pero no en España cuando ambos países tenían el mismo problema. 

Por alguna razón nunca somos capaces de vernos con la objetividad con la que miramos a los otros. Decimos que algunos países no son democráticos sin darnos cuenta de que el nuestro tiene muchas de esas faltas que señalamos. Empezando por los reyes. Podemos explicarlo como queramos (tradición, símbolo nacional) pero es un cargo que pasa de padres a hijos (como Corea del Norte, sí) y que está en manos de una familia a la que nadie ha votado. ¿Cómo creen ustedes que se ve esto desde fuera? Podemos buscar los argumentos que queramos pero tener una casa real choca de frente con los principios de igualdad y democracia. Y lo peor es que luego vemos a esos jeques árabes o a gobiernos como el Chino y los miramos con desprecio. Ellos no son democracia pero nuestros reyes (puestos por un dictador, que no se nos olvide) sí lo son. ¿Tiene algún sentido?

Tenemos libertad de prensa y de expresión, sí. Pero de nuevo nos encontramos muchos peros: gobiernos controlando (o pagando mediante subvenciones y ayudas) a medios de comunicación. Cantantes que van al juzgado por insultar al rey o a la Iglesia. Artistas cancelados por gobiernos de uno y otro bando porque no les gustan sus ideas o lo que defienden. Sin ir más lejos, yo viví cómo un par de huelgas de profesores durante el mandato de Font de Mora acabaron con un castigo contra todos aquellos que habían faltado ese día a clase: el curso siguiente no fueron aceptadas sus comisiones de servicio. Varios compañeros con hijos pequeños, mayores al cargo o enfermedades fueron mandados muy lejos de sus casas por haber hecho una huelga protestando por la gestión. 

¿Es eso libertad de expresión? ¿Qué diríamos si eso pasara en Singapur? Probablemente lo llamaríamos por su nombre, pero parece que los males, si son en casa, son menos graves...

Singapur. Foto: GILLES AYGALENQ / LE PICTORIUM AGE / DPA

Podríamos hablar del Tribunal Constitucional. Un ejemplo de que la separación de poderes no lo es tanto y hasta los jueces están politizados. Por eso el PP bloquea el cambio de magistrados: quieren que sean de los suyos porque hay demasiados casos Gürtel abiertos contra ellos. Y los veredictos al parecer dependen del color ideológico más de lo que parece. ¿O cómo se explica si no esta lucha de los gobiernos?

Por no hablar del enchufismo, de los contratos a dedo y demás prácticas que solo puedo tildar de mafiosas: ¡La famiglia!

La cuestión: Singapur tiene defectos, ok. Pero mirémonos al espejo. ¿Somos tan democráticos como nos creemos? ¿Por qué no somos capaces de medir a los otros con la misma vara con la que nos medimos a nosotros? ¿Y por qué siempre nos creemos mejores que los demás? 

Obviamente el bocadillo de jamón que me hice en Atocha fue insuperable. Y lo digo sin ironía. Me encanta España y creo que es un buen país para vivir. Pero no, no somos el mejor de los países posibles. Lo que pasa es que es el nuestro y desde dentro, como ya saben esos matrimonios desgraciados que al final se separan o esa madre de delincuente, no se ven las cosas con la suficiente perspectiva. Hace falta salir. Alejarse un poquito.

Y admitir que podemos aprender cosas de otros países. Aunque no sean países perfectos. Porque nosotros tampoco lo somos.

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