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VOL 9. UNA RADIOGRAFÍA AL COMERCIO MÁS TRADICIONAL

Gandia: el comercio de siempre resiste al coronavirus

Recorremos diez municipios de la provincia de Valencia para que sus comerciantes nos cuenten cómo han enfrentado la crisis del coronavirus. Cada miércoles y sábado un nuevo episodio

29/07/2020 - 

GANDIA. La historia de Gandia habla de batallas que se libraron en el castillo de Bairen, tiene la impronta de la familia Borja, con edificios tan insignes como La Colegiata o el Palau Ducal, y está escrita por referentes indiscutibles de la literatura, como Ausiàs March, Roís de Corella y Joanot Martorell. Sus calles hablan de leyendas, como la Delicà de Gandia, recuerdan la época oscura de los bombardeos de la Guerra Civil —especialmente en el Grau— y han visto crecer a esta ciudad y sus habitantes. 

Es pronto, pero no dentro de mucho la historia de Gandia también hablará de la soledad que vivió la ciudad ducal mientras la ciudadanía permanecía en casa para frenar la curva del coronavirus y salvar vidas. Recordará cómo la vida volvió a brotar en el preciso momento que los comercios volvieron a subir la persiana y la ciudadanía a pasear por sus calles. Fue un parón para unos comercios que han visto pasar guerras, epidemias y crisis económicas; un punto y a parte en su día a día, marcado por el vaivén de una clientela que es casi de la familia porque ha crecido junto al negocio. 

Para conocer esa nueva página que escribirán los comercios más antiguos de Gandia y cuáles son las claves para resistir tantos años, hablamos con los propietarios de las cinco tiendas más antiguas —por edad no por salud— de Gandia.

Casa Colau: Una tienda de vinos abierta al barrio

El comercio más antiguo de Gandia lo encontramos en la Plaza de San José, en el barrio de Raval. Aquí lleva desde 1890, cuando Nicolás Ferri y su mujer Águeda Ferri vienen junto con sus hijos de Banyeres a Gandia. Fue su hijo, Nicolás Ferri Ferri, quien funda en 1905 Casa Colau almacén de vinos-cereales-aceites y taberna. Sin saberlo también  iniciaría una saga de artesanos destileros. 

Con el paso de los años la tienda ha pasado por distintas generaciones —la quinta ya está en camino— pero siempre ha tenido un mismo denominador común: servir al barrio del Raval. Y es que, su almacén siempre se ha cedido para cualquier acontecimiento social: subastas para lograr dinero para la construcción de la nueva Iglesia, lugar de ensayo para un grupo de teatro, centro de tertulias… e incluso hubo un tiempo en el que se dio misa en el almacén. 

Una historia que resume Vicente Rocher Ferri, la cuarta generación —es hijo de la tercera generación: Rosabel Ferri— con orgullo pues ninguna otra tienda puede presumir de haber ayudado tanto a un barrio. "Casa Colau siempre ha tenido las puertas abiertas para ayudar al barrio del Raval e incluso hacia 1953 el despacho era el coro de la iglesia de San José y en el almacén se celebraba misa", comenta. Una historia que también escribe él porque prácticamente aprendió a andar entre botellas de vino y licores. 

Hoy la tienda que vemos recuerda a esas tiendas de antaño, con los precios escritos a mano y los muebles de madera, pero lo cierto es que es fruto de una reforma realizada en 1987, cuando Casa Colau se transforma en lo que es hoy: una tienda con encanto especializada en vinos y licores; en la que se puede adquirir la marca Ferri – Brasiblanc – Buitral – Colau y otras tantas referencias. 

Más de un siglo de historia de vida que para Vicente Rocher es gracias al "esfuerzo, trabajo, lágrimas e ilusión, mucha ilusión, de toda nuestra familia". También porque se han adaptado a los nuevos tiempos y durante el estado de alarma crearon cajas de vinos y llevaron los productos a los clientes: "Han sido momentos de mucha incertidumbre y muchos de los pedidos se cancelaron porque nuestro principal cliente son los restaurantes y bares así que decidimos crear lotes y venderlos a un buen precio". 

Casa Sanchís - La Tulipa: Las tapas de siempre con sabor actual 

No hay que salir del Raval para encontrar otro punto de encuentro para los parroquianos del buen comer y beber: Casa Sanchis – La Tulipa. Abrió sus puertas en 1932, cuando era costumbre pasar por la taberna después de trabajar y tomar un xato de vino, unas cervezas y, como es costumbre en La Safor, una cassalla. En 1950 se convirtió en un bar 'de picaeta' y después de algunos cambios y tumbos que da la vida hoy está al frente la cuarta generación, Félix Sanchís, que ha decidido dar una vuelta de tuerca a lo de siempre: "En los últimos tres años le hemos dado un aire nuevo, conservando la esencia de la comida tradicional, con el respeto al producto, pero ofreciendo un mejor servicio". Félix cogió el relevo de su padre, Salvador Sanchís, cuando este decidió dejar el negocio: "Yo me licencié en Historia pero desde los dieciséis años siempre he ayudado en el bar y al final decidí dar un paso al frente", detalla. 

Como bien dice, es un restaurante de ‘picaeta’ en el que no faltan ensaladillas rusas, figatells, aspencat, coques, sang amb ceba… No hay lujos sino un restaurante donde se come bien y en el que siempre hay un hueco para uno más. Hasta ahora, que hay que mantener las distancias de seguridad. De hecho, Félix Sanchís no oculta su preocupación. Acostumbrado al bullicio de su barra, repleta de gente conversando y debatiendo sobre la política local, ahora tiene que lidiar con las medidas de seguridad impuestas por el gobierno: "No es el mismo volumen de personas que antes y el aforo es más limitado porque a penas tenemos terraza, pero estamos contentos porque viene gente y vamos manteniéndonos", comenta mirando la tranquilidad de su alrededor.

Tampoco oculta su preocupación a pocos días de volver a abrir: "Abrimos a principios de julio con bastante temor porque no sabíamos la reacción de la gente ni en qué condiciones podríamos abrir pero lo cierto es que estamos contentos porque la gente se va animando". ¿El secreto para seguir abiertos? "La ilusión y el esfuerzo", sentencia. 

Pero no podemos irnos sin saciar la curiosidad: ¿De dónde viene La Tulipa? Según explica, es fruto de una discusión pues el tío de su padre Salvador, Tino, decía que todas las pantallas de lámpara se llamaban tulipanes y los demás que el término solo se aplicaba a las que tenían la forma de la flor en cuestión. Tuvo tanto alcance la discusión que desde entonces y hasta ahora, todo el mundo conoce el bar como La Tulipa.

Joyería Cruañes: Un siglo de tradición 

En la calle Mayor de Gandia, muy cerca del Paseo de Las Germanías, se encuentra la Joyería Cruañes, uno de los comercios más longevos de Gandia y el más antiguo de esa vía. Abrió sus puertas en 1920, cuando Pascual Cruañes Catalá regresa de Barcelona después de aprender el oficio en una escuela de la ciudad condal. "Se fue allí porque era la mejor escuela en la que aprender", comenta Juan Monrabal, marido de la actual dueña, Alicia Cruañes. 

Según relata, por aquel entonces se fabricaban las joyas en la misma tienda y las puertas siempre estaban abiertas por si alguien necesitaba algo. Los tiempos han cambiado pero no ese trato cercano, casi familiar, que tienen con la clientela. "Son clientes de siempre, que venían sus padres y ahora vienen sus hijos; los conocemos desde hace muchos años”" comenta Marta Mira cuando una clienta se marcha de la tienda. 

De aquella primera joyería no queda nada porque en 1973 derribaron el edificio para diseñar la tienda que es hoy. Pero los cimientos de la hospitalidad, el compromiso con el cliente y el trato humano siguen intactos pues la quinta generación también pone esos valores por encima de cualquier crisis. "Lo que más feliz nos hace es que el cliente quede satisfecho y le damos todas las facilidades de pago que podemos para que puedan adquirir ese artículo que desean", explican Juan y Marta. 

Ambos reconocen que son tiempos difíciles pero esa confianza depositada en su nombre y en su joyería hace que sigan subiendo la persiana día tras día. "Vendemos muchos anillos de prometida y de boda, pese a que se hayan retrasado, y también accesorios como pulseras, pendientes…", comentan. El volumen de negocio ha bajado pero se comienza a ver la actividad en esta joyería familiar. 

Forn Santi: Una institución del panou 

El horno más antiguo de Gandia está en lo que se denomina el primer ensanche de la ciudad, que data de finales del siglo XIX. Un lugar de paso en el que los lunes de Pascua se llena de personas haciendo cola para comprar un panou (panquemado). De hecho, el forn de Santi es toda una institución en Gandia porque ha sabido mantener la tradición y conservar la receta tradicional de la mona de Pascua hasta nuestros días, sin dejarse llevar por las innovaciones. El panou de toda la vida, de color dorado, con el azúcar por encima.

Una tradición que heredó Vicenta Mayor, que hasta hace relativamente poco lo regentaba Vicenta Mayor pero que, a sus 91 años, ha tenido que dar un paso atrás para ceder el relevo. Lo hace después de cincuenta años atendiendo a los clientes, muchos de ellos ya amigos de la familia. "Es una clientela muy familiar, de toda la vida", explica Vicente Alandete, que sale del horno después de estar trabajando toda la noche. 

Santi heredó el horno de su marido José Alandete cuando este falleció y desde entonces lleva las riendas del negocio a pesar de las recomendaciones de sus hijos, que insisten en que se quede en casa y no se esfuerce. "Si fuera por ella seguiría viniendo", comenta. De hecho, Vicente representa la tercera generación que ha pasado por el establecimiento desde que se pusiera en marcha hace más de cien años, y no será la última. "Hay una nueva generación, pero lo cierto es que el trabajo de panadero es muy sacrificado", explica. 

La clientela va desfilando, comprando pan, algún panou… Han vuelto a la rutina porque el horno estuvo cerrado durante el confinamiento: "Decidimos cerrar porque la salud es lo más importante y, al ser un horno familiar, prefería anteponer la salud que el negocio". 

Farmacia Ignacio: Trato profesional y cercano 

Es la farmacia más antigua de Gandia y, además, puede presumir que en sus 141 años de historia todos los titulados de la farmacia son Ignacio Martínez. Concretamente, abrió sus puertas en 1879, en la antigua calle Tossal. Al frente estaba la primera generación de Ignacio Martínez, bisabuelo del actual farmacéutico. Según explica Ángeles Martínez, a los pocos años se trasladó frente al Palau Ducal dels Borja, donde estuvo hasta 1978, cuando se trasladaron a la actual ubicación, cercana al viejo hospital Sant Francesc de Borja —ya derribado—. "Claro que nos ha perjudicado que lo hayan derribado porque venía mucha gente que salía del hospital", comenta Ángeles, encargada de ventas de la farmacia, y hermana del actual propietario

Cuatro generaciones han pasado, todos ellos manteniendo el mismo nombre y apellido, como se pueden ver en las orlas de graduación del curso y el título de Farmacia de cada colegiado que cuelgan en la pared del despacho farmacéutico. Un detalle curioso es que cada uno de ellos está firmado por un rey diferente: El del bisabuelo Alfonso XII, el del abuelo, la de Alfonso XIII, el del padre Francisco Franco y el más reciente está firmado por el Rey Juan Carlos I.

Según explica, su padre nunca les obligó a continuar con la profesión. De hecho, su hermano es el titular de la farmacia, mientras que ella se decantó por estudiar Historia. Eso sí, la posible quinta generación de Ignacio Martínez continúa, al menos en el nombre, pues todavía es pronto para saber si seguirá los pasos de su padre. "Dice que sí que quiere pero el tiempo dirá", comenta. 

Ángeles comenta que el trato siempre ha sido el mismo y el cambio más significativo ha sido el de los medicamentos pues por aquel entonces las farmacias se distinguían por sus fórmulas magistrales. De hecho, enseña una foto en la que se ve un anuncio de Postrelax, un laxante a base de miel creado por su bisabuelo. "El laxante se comercializó en toda España y fue muy popular", detalla Ángeles.  

Igualmente, no duda en ocultar las dificultades que han tenido durante los momentos más críticos de la pandemia pues "había días que la gente hacía cola para adquirir mascarillas y era el único producto que se vendía". Además, detalla que "se agotaron las existencias de alcohol y no hemos tenido hasta hace poco". 

Cinco comercios centenarios pero todos con un nexo en común: su ilusión por seguir dando servicio a los ciudadanos y su proximidad en el trato. Con esas dos palancas seguirán resistiendo al paso de los años, las crisis económicas que vendrán y los cambios que se irán produciendo. 

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