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el callejero

Pere saca la naranja a la calle

Foto: KIKE TABERNER
27/12/2020 - 

VALÈNCIA. Ha surgido de la noche a la mañana. Un carrito se ha incorporado recientemente a la escena del centro de València. Un puesto de venta ambulante de zumo de naranja que se ha incrustado entre castañeras, los 'buitres' de la caridad de las oenegés y viajeros que entran y salen de la Estación del Norte. También están los oficinistas y los que van de tienda en tienda. Y Pere, en el tenderete, con esa sonrisa generosa del que acaba de abrir un negocio, espera a sus clientes ante el enorme tapiz -esto no está pagado- que forma la buganvilla, con sus florecillas moradas, que rodea el instituto Luis Vives, a sus espaldas

Pere Serra tiene 37 años y parece más un hombre de campo que un tiburón de las finanzas. Pero él le pega a todo. A lo uno y a lo otro. Acaba de pedirse un mes de excedencia en la empresa de Barcelona donde trabaja como EFPA (European Financial Planning Association) para lanzar al fin un viejo proyecto: la venta callejera de zumo de naranja. Porque siempre le había dado rabia que el cítrico no tuviera los mismos privilegios que la horchata, y que la única forma de tomarse un zumo en València fuera entrar en una cafetería y pagarlo a precio de Moët & Chandon.

Su proyecto se llama Suquet y, después de un largo parto por culpa de la burocracia, ya está en la calle -en concreto, en la esquina de la calle Xàtiva con Marqués de Sotelo-. Tiene contratados nueve emplazamientos más pero no piensa explotarlos hasta que reaparezcan los turistas y las cuentas empiecen a cuadrar.

Pere está en el puesto para vender y, de paso, hacer un estudio de mercado. Lleva varias semanas analizando a la clientela. A qué hora se vende más, qué envases o cantidades son los más solicitados y comprobar qué reacia es la gente en València y en España a pagar con tarjeta si el precio no alcanza los cinco euros.

Este emprendedor valenciano lo fía casi todo -más allá de la ubicación o los precios establecidos, que, por cierto, todavía están ajustando- a su producto. A las naranjas que salen de los campos de su municipio. Y, aunque no quiere decir cuántas hanegadas tiene su familia, concede que son muchas.

La teoría del abuelo Pepe

El abuelo Pepe cogía a su nieto, Pere, entonces un niño, y delante de un mar de naranjos, hasta donde alcanzaba la vista, le explicaba por qué sus naranjas, las naranjas de Tavernes de Valldigna, eran las mejores del mundo. Y le contaba que la clave estaba en que maduraban antes por las características geográficas de la Valldigna. "Al ser un valle abierto al mar y abierto por detrás, por el Portixol, cara a Alzira, los vientos del norte, que son los que castigan al naranjo, los protege la montaña de les Creus, que está al norte. Los vientos de poniente, que vienen por Alzira, chocan con los vientos de levante, desde el mar, y se crea como un microclima. Es tan singular que mi abuelo me decía que, en cien años que ha tenido él los campos allí, nunca ha helado. Siempre se mantiene la temperatura. Y si te vas diez kilómetros en cualquier dirección, ya cambia". 

Esta singularidad orográfica no es la única bendición de Tavernes, según Pere, que añade otra: "Por esto que digo, en mi municipio tenemos la suerte de que las naranjas maduran antes que en toda la Comunitat Valenciana. Pero, además, el Júcar, que pasa por Alzira y desemboca en Cullera, hace como un delta subterráneo que alcanza la Valldigna y nos deja unos acuíferos y un agua subterránea de muy alta calidad".

No es difícil imaginarse las bondades de ese valle naranjero en un día tan radiante como este. Cae un sol tan generoso que convierte el invierno en primavera. Pere achina los ojos mientras deposita unas cuantas naranjas en la máquina exprimidora que, segundos después, escupe pura ambrosía. Muchos viandantes ceden a la tentación y compran este zumo de las naranjas de Tavernes. Hay, en general, entre la clientela, un sentimiento de agradecimiento por haber sacado la fruta a la calle. Aunque Pere se queda con un chico inglés que, después de probar su producto, le hizo una confesión: "Estás haciendo mejor esta ciudad". Esa noche regresó a casa con una amplia sonrisa.

El puesto se inauguró el 15 de noviembre, un domingo. Vio lo que había que mejorar con urgencia, cerró y volvieron a abrir el siguiente miércoles. Ahora, ya a finales de diciembre, está terminando de calibrar el negocio. Y después de Navidad, lo dejará en manos de dos dependientes y volverá a las finanzas.

En ese mundo conectó con un cliente, Pablo Serna, que al final acabó siendo su socio en Suquet. Pablo le ayudó con los desesperantes trámites burocráticos. Porque Pere hubiera querido abrir hace tiempo, en 2017, cuando leyó en la prensa que se iba a permitir comercializar la naranja en las calles de València. El problema es que esa normativa no se firmó hasta 2019. "Al final el Ayuntamiento se ha portado bien con nosotros, aunque ahora solo nos permiten estar de noviembre a marzo, cuando la venta de zumo de naranja fresca se puede alargar hasta junio", advierte Pablo, que es ingeniero industrial y el responsable del diseño del carro.

Pere tiene una segunda pretensión: ampliar la venta de productos relacionados con este cítrico, desde la propia materia prima hasta veinte derivados: perfume, miel de azahar, mermelada...

30.000 euros de inversión

Cada poco tiempo se interrumpe la conversación. Algún cliente llega y pide un zumo. La mayoría se decanta por el vasito de un euro (200 cl). También hay un botella mediana (0,5 l) a 2,49 euros y una botella grande (1 litro), a 3,99. Y luego está el vaso grande (480 cl) a un precio, 1,88 euros, que tiene algo de superchería y algo de marketing (es una cantidad incómoda para pagar en monedas y quieren fomentar el pago con tarjeta). "Lo del 1,88 es porque es un número que me trae suerte", explica Pere haciéndose el misterioso.

No le gusta dar información. Ni explica el porqué del 1,88, ni cuántas hanegadas posee su familia en Tavernes, y hay que someterle a un tercer grado para que confiese que han invertido 30.000 euros en el negocio. Solo el carro, que esconde las baterías y sostiene una maquina exprimidora de 63 kilos de peso, cuesta 5.000.

Hay mucho plástico sobre el puesto, aunque juran y perjuran que esto va a cambiar y que, incluso, van a introducir la venta en botella de vidrio para rellenarla a un precio más económico.

Pere da una vuelta de tuerca más y asegura que esto no va solo de sacar su materia prima a la calle, sino de darle a los valencianos una naranja a la que no están habituados. "El 80% de mi producción se está vendiendo al comercio, especialmente a empresas exportadoras que van a Tavernes a comprar a través de los marquistas. Los que me compran la tienen a cuatro euros el kilo en un supermercado (él la vende a 25 céntimos el kilo). Y en Madrid son los que están vendiendo más caro. Pero la mejor naranja se suele ir fuera y muchos no prueban lo mejor de nuestra materia prima. Yo, con este proyecto, pretendo acabar de vender toda mi producción y, de paso, colocar en la calle naranjas 'premium' a un precio asequible".

Alrededor del tenderete hay siete cajas de naranjas, tres capazos con las piezas más perfectas y un cubo de la basura. Y sobre el mostrador, además de la máquina, una botella de gel hidroalcohólico, los recipientes con el precio y, colgando del techado, un tubo fluorescente para cuando anochece y una tira de espumillón plateado como todo alarde de decoración navideña.

El toque ecológico

Una chica llega y pregunta si les puede hacer una fotografía. La joven dicen que vive en el extranjero y que quiere enseñarles a sus compañeros de trabajo algo característico de València. Lo curioso es que lo característico, la venta de zumo en la calle, en realidad apenas tiene un mes de vida.

Luego aparece la conserje del instituto y dice que ella se lleva "un zumito" cada día. Poco a poco van fidelizando a la gente. Y muchos, especialmente a la hora del almuerzo, ya pasan casi a diario en busca de su ración de naranja cogida esa misma mañana. Pere también ha puesto en marcha suquet.es porque ahí sí puede vender las naranjas (sin exprimir) que quiera y mandarlas al domicilio del cliente. No para de explicar su idea de negocio mientras intenta disimular un ligero tembleque en las manos pegándolas a los codos, después de cruzar los brazos como si fuera a acunar a un bebé. 

Le gusta hablar de sus campos. De sus abuelos huertanos, de su padre médico y su tío maestro que siguieron cuidando de los naranjos, o de sus tres hermanos que se han desentendido del terreno, quedando él al tanto de esta herencia familiar. "No quiero que esto se pierda", exclama. Y cuenta entonces que han introducido un tipo de cultivo ecológico Que siegan la hierba y que luego, en vez de quemarla, la trituran. Que preparan infusiones o macerados con cola de caballo, una planta que lleva silicio, y ortiga para proteger el árbol de hongos e insectos. "Al final lo que hacemos es cultivar como cultivaba mi abuelo, pero con la tecnología de ahora". Y que así consigue perder menos del 5% de su producción.

Avanza la mañana y ya molesta hasta el jersey. Pero el frío volverá a la noche. Están abiertos al público desde las siete y media de la mañana hasta las nueve de la noche. Luego aún queda media hora de desmontaje, porque una de las exigencias de la normativa es dejar la calle libre al final del día. En Navidad tenían previsto abrir hasta las once de la noche porque comprobaron en el Black Friday que las ventas aumentaban cuando la gente salía de compras.

Cada puesto tiene una especie de tarifa de 400 euros. Ellos ya han pagado los diez con los que quieren llenar València de naranjas. Pero primero tendrá que volver el turismo. Si no, es inviable.

Mes a mes irá cambiando el tipo de naranja. Ahora están con la navelina, que, según Pere, tiene mala fama porque es más ácida, pero que él asegura que al madurar antes en Tavernes "ya tiene el dulzor que le gusta a la gente". Luego vendrán la navelane y la navelane late. Y antes del verano, la Valencia.

El negocio prospera despacio. Gota a gota. Vaso a vaso. Pero Pere está convencido de que, cuando todo vuelva a su sitio, triunfará. Porque la naranja es un manjar y, encima, es un distintivo de València que reconocerán, casi al instante, todos los turistas que llegan buscando la paella, la horchata y, ahora también, el zumo de naranja. De naranja de Tavernes, claro. 

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