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el callejero

Antonio, las maquetas y un negocio que caduca

Foto: Kike Taberner
11/09/2022 - 

VALÈNCIA. Nada más entrar en Modelismo Lara, una tienda de maquetas de la calle del Mar, a la derecha, hay una caja con un Titanic que no se hundirá. Una maqueta para construir, pieza a pieza, el mítico transatlántico a escala 1:400. Porque hay gente, cada vez menos, que le gusta modelar vehículos antiguos, desde barcos hasta aviones, pasando por tanques y coches, con sus propias manos. Es lo que se conoce como el modelismo, una afición en retroceso que, pese a todo, todavía cuenta con un notable grupo de adeptos que permite que, al menos en València, sobrevivan cuatro o cinco tiendas especializadas.

La de la serpenteante calle del Mar, que va desde la recién remodelada plaza de la Reina y sus encendidos debates hasta el viejo cauce del río, la lleva Antonio Lara desde hace tres décadas. El propietario, de 57 años, es el hijo y heredero de otro Antonio Lara, un hombre que hizo de sus aficiones, la montaña y los juguetes, su oficio. El antiguo dueño, que falleció en 2001, empezó el negocio en otro local, en la esquina de la misma calle con Comedias, donde ahora hay uno de esos sitios para hacerse las uñas. El montañero también era sastre y en su casa cosía sacos de dormir y tiendas de campaña que vendía en Deportes Lara, que aún existe en la calle Comedias. Al mismo tiempo sacó adelante el comercio dedicado a los jueguetes. "Hasta que descubrió las maquetas y entonces ya se enfocó hacia las maquetas", recuerda su hijo.

El tiempo pasó y el negocio paterno se dividió en dos partes. Su madre y su hermana se quedaron con los deportes de montaña y él tomó las riendas del modelismo. "Mi padre fue un hombre peculiar porque esas aficiones no eran muy comunes en la época. Él estaba en el Centre Excursionista de València y también estaba muy vinculado a aquello de los scouts, que ya no sé ni si existe. Fue presidente de la asociación valenciana de escultismo y le gustaba mucho todo lo relacionado con la montaña".

Antes de hacerse cargo del negocio familiar, Antonio Lara, el hijo, ya conocía de sobra el oficio. De adolescente, cuando no tenía que ir al instituto, muchos días de las vacaciones los pasaba echando una mano en las tiendas. "Así era la vida en aquellos tiempos, todos en la familia remábamos por el bien común". Al acabar en el colegio, hizo el servicio militar y, a continuación, ya se incorporó a la venta de las maquetas. "Es decir, que son 35 años en el negocio. Hoy en día parece muy extraño tirarse 35 años haciendo lo mismo".

Eran los tiempos en los que la familia Lara vivía en Monteolivete. "Yo acostumbraba a venir andando cada día, me gustaba el paseo hasta aquí", advierte Antonio, uno de esos hombres amables y educados sin llegar a resultar empalagosos. Ni siquiera con los clientes. El primero entra esta mañana preguntando por unos trenes. El hombre, que debe frisar los sesenta, quiere acabar con los cables y dar el salto a lo digital. Antonio escucha pacientemente su petición y después le aconseja lo mejor y las opciones más económicas.

El juguetero sin juguetes

A pesar de la afición de su progenitor, Antonio ni sus otros tres hermanos crecieron rodeados de juguetes. "A mi padre le gustaban, pero no había espacio. La casa estaba dividida en dos con una parte dedicada al taller. Allí había una señora cosiendo las camisas porque, además de las tiendas y los sacos de dormir, también hacíamos la ropa de los scouts". De adulto siguió el ejemplo y en su casa, a pesar de su oficio, no hay ni una sola maqueta. "No tengo nada ni colecciono nada. No me gustan las cosas materiales". Parece cierto. No se le ve un hombre ostentoso y viste con ropa común: una camiseta negra de algodón, unos pantalones Levi's grises y unas zapatillas que no son de Deportes Lara sino del Decathlon.

Antonio estuvo muchos años haciendo maquetas. "El modelismo me atrapó. Tiene muchas variantes: las maquetas para montar, el tren eléctrico, el radiocontrol, el coleccionismo... Yo ya no, pero antes, por aprender, durante muchos años he hecho muchas maquetas. Es una cosa muy entretenida. Se te van las horas sin darte cuenta". Su especialidad fueron las figuritas de plomo. Le gustaba pintarlas con detalle: las sombras, la expresión, los colores... "Sobre todo figuritas de fantasía y napoelónicas, y también maquetas de vehículos militares y civiles. He hecho un poco de todo".

Este vendedor es un hombre franco y habla con mucha sinceridad sobre el futuro del modelismo. "Yo creo que es una afición que tiene fecha de caducidad: el mundo cambia, las tendencias cambian y es una afición que se ha quedado para la gente de mi generación y la posterior. Más allá no creo que perdure. Aunque yo confío en que aguante ocho años y me pueda jubilar en el negocio al que he dedicado mi vida. Los jóvenes necesitan pantallas y botones, velocidad, acción. Una maqueta tienes que sentarte, trabajarla, estar muchas horas con ella. Un joven lo quiere todo inmediato. Todo tiene su atractivo. Creo que disfrutan de lo suyo pero se pierden la sensación de la creatividad, de sentirte orgulloso de lo que puedes llegar a hacer con tus manos. Es un mundo distinto".

Su clientela es mayor, por encima de los cincuenta años, pero fiel. Por eso, quizá, no necesita tener escaparate ni un cartel luminoso en la fachada. Los aficionados al modelismo ya lo conocen y acuden a tiro hecho. "Es muy extraño que entre alguno por debajo de los cuarenta años, aunque alguno hay, pero no es lo general. Lo general es una clientela masculina y mayor. Si queda alguno joven suele ser porque le viene de tradición familiar. Lo normal son los de mi generación, que venimos de una época en la que solo había un canal de televisión. Ahí veías la película de vaqueros y luego ibas a la 'paraeta' y te comprabas tus soldaditos. Hoy en día los jóvenes aún hacen algo con el Warhammer -un juego de estrategia con miniaturas- y el mundo de la fantasía capta un poco más a la gente más joven. Pero lo clásico ya no".

Lara se ha especializado en las maquetas y los libros de historia para documentarse. Lo mejor, dice, es que los clientes son tan fieles que acaba estableciéndose una relación de amistad. "Yo lo considero un negocio bonito porque al final no tienes clientes, tienes amigos. Han crecido contigo. Los conoces más de veinte años. Unos se lo dejan y luego vuelven. Es una relación muy entrañable".

Clientes nostálgicos

Su negocio mantiene un aspecto clásico. Allí puedes encontrar coches antiguos, máquinas de matar de la II Guerra Mundial y ejércitos de otra época. Todo metido en vitrinas cerradas con llave. Más al fondo, el techo baja -arriba hay una especie de buhardilla tapada-. Es la zona de las pinturas -de todas las que uno se pueda imaginar-, los libros, los pinceles y todos los utensilios necesarios para redondear la maqueta. Porque el modelismo no va solo de juntar las piezas. Luego está, y es donde se marcan las diferencias, el detalle que puede darle cada uno. La literatura ya apenas se ciñe a la historia. Hoy, en la era de internet, ya no tienen sentido los manuales con consejos para construir estos prototipos porque en YouTube existen miles de tutoriales.

Aunque lo antiguo tiene un gran poder de atracción. Y, en parte, de eso vive Antonio Lara. Sus clientes son, por lo general, tipos nostálgicos que les gusta recuperar el coche que tuvo de joven o construir la locomotora de vapor de la que hablaba su padre o su abuelo. "València es cuna de grandes modelistas. Yo tengo un cliente y amigo, Rubén González, que viaja por todo el mundo haciendo exhibiciones. El modelismo es como todo: tiene diferentes niveles. Hay maquetas que se montan en un fin de semana y ya está, pero hay otras que puedes tardar seis o siete meses hasta que le das el toque de la perfección máxima, como reproducir exactamente una fotografía. No es solo pegar piezas, también se trata de conseguir efectos con la pintura: óxidos, desgaste, mil cosas...".

Lo último que él hizo fue una moto, una Harley-Davidson. Eso fue hace diez años. Después, un buen día se cansó y aparcó la afición para siempre. "Ya no toco un pincel y, encima, no conservo nada porque todo lo que hacía, lo daba. El espacio es el principal problema del modelista. Si las maquetas son caras, más caros son los metros cuadrados necesarios para guardarlas. No todo el mundo se puede permitir un buen taller ni un sitio para almacenarlo. La mayoría lo saca un ratito y lo vuelve a guardar porque no tiene espacio. No es cómodo. Y con las revistas y los libros, lo mismo. Por eso está muy bien que hayan salido plataformas como Wallapop, que ayudan a vaciar los trasteros y nos permiten renovarnos".

Ninguno de sus dos hijos se ha entretenido con las maquetas. La mayor tiene 25 años y el pequeño, 22. A este, al menos, le gusta acompañar a su padre a Torrent, donde cada año se celebra uno de los mejores concursos de maquetas que se celebran en Europa. "Pero los dos han pasado de esto. Son más de Instagram y juegos on line. Les he dado mucha libertad en sus elecciones, no me gusta imponerles nada".

El cliente que le canta

La puerta rasca el suelo y así anuncia, cuando alguien abre la puerta, anuncia su llegada. Ahora aparece un hombre de una edad parecida a la de Antonio empujando una bicicleta. Le molesta, aunque no lo expresa verbalmente, no poder dejarla apoyada en una de las vitrinas que hay a la derecha, bajo el Titanic, y se arrima hasta que es tan evidente que el fotógrafo retira la bolsa con las lentes. Pone cara de diversión al ver que su amigo está siendo entrevistado y comenta, sin que nadie pregunte, que él está especializado en vehículos civiles. Se nota que quiere meter baza y antes de que nos demos cuenta ha empezado a cantar. Dice que es un himno que le han hecho los amigos a Antonio, quien, entre avergonzado y divertido, no puede contenerse: "Como veis, los aficionados a esto tienen un punto friqui. Aunque, eso sí, no hay dos clientes iguales". Luego, como para darle valor, explica que Federico, que es como se llama su amigo, cada día se pasa por la tienda y lleva el almuerzo.

Antonio, a pesar de su aire desapasionado, aún se emociona cuando nos muestra una escena militar, de un tercio de finales del siglo XV o principios del XVI, que ha hecho un cliente y amigo suyo, un gran especialista, y nos pide que nos fijemos en los detalles. Lo explica con la misma intensidad de quien cuenta los secretos de Las Meninas.

Porque, al final, haga o no haga maquetas, Modelismo Lara es su vida. Y allí pasa los días a la espera de una jubilación cada vez más próximas. Los clientes, ascendidos ya a la categoría de amigos, prefieren ir a verle que pasar la tarde en el bar. Y Antonio es feliz así, rodeado de amigos, trenes y cruceros que no se hunden.


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